Made In Mexico: ¿por qué un pésimo ‘reality’ causa tanto revuelo?

Finalmente se estrenó el viernes pasado Made In Mexico, el primer “reality show” producido en México para Netflix. La premisa era bastante sencilla: nueve jóvenes socialité que tienen sus problemas y que conviven en escenarios que parecerían de fantasía en la Ciudad de México… o más bien, sus zonas más exclusivas. Con conflictos de telenovela de las tres de la tarde pero una producción millonaria, el programa no aporta nada a un mercado saturado de programas similares, sin embargo, las reacciones que ha provocado levanta muchas dudas.

La serie, a pesar de que se presentó desde un principio como un “reality” no tiene en ningún momento una sensación de realidad: ni la morbosa de Big Brother, ni la realidad ‘artificial’ de The Hills o las Kardashians, menos el morbo que provocan las múltiples versiones de Jersey Shore.

Las pésimas actuaciones de los nueve miembros del cast, lo estudiado de cada toma y la escenificación tan cuidada chocan todo el tiempo. Las personalidades de los nueve personajes son tan similares que se mezclan entre ellas y los espectadores dependen de vicios fallas o estereotipos para identificarlos: el borracho, la mitómana, la gringa…

La serie se presentó a sí misma como un intento para “romper” los “estereotipos” y “paradigmas” de la clase social que retrataba. Sin embargo eso no ocurre y, más bien, se vale de esos mismos ejercicios de performance de la riqueza mexicana. Nadie pensaba que fueran perfectos, que tuvieran vidas de ensueño o que no fueran pusilánimes, cobardes, alcohólicos, arriesgados, necios, flojos o casos perdidos; pero la insistencia de Made In Mexico de convertir problemas de telenovela de las cuatro en arcos argumentales que logran ‘superar’ estos muchachos bonitos sólo los deja en el ridículo, como menciona la crítica de cine Fernanda Solórzano:

Estos ejercicios de performance de la élite mexicana se cuela en decisiones de dirección y fotografía, no tanto en los personajes. Por ejemplo, el juego doble de invisibilización y estatus que representan las trabajadoras domésticas. Narrativamente no tienen ningún papel: aparecen a cuadro, uniformadas y siempre atentas a las órdenes de los protagonistas, pero su presencia no es nada más que un adorno, cuando mucho una herramienta de casa como lo sería un gadget.

A diferencia, justamente, de las telenovelas, donde los personajes de las sirvientas ejercen (las más de las veces) el mismo tipo de papel que el de los bufones en el teatro barroco: generan tensión para los protagonistas, se pueden burlar de reyes y señores y son, a veces, la voz del público. Aquí no dicen nada… pero, al mismo tiempo sí: las empleadas domésticas “de planta” son una marca de estatus inevitable en ese México.

Una marca de estatus barata: de acuerdo al informe Hacer visible lo invisible, de Marta Cebollada Gay, publicado por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), la UNAM y su Instituto de Investigaciones Jurídicas (IIJ), 72% de las trabajadoras domésticas ganan menos de dos salarios mínimos.

Más allá de que esté bien o mal que sigan produciéndose este tipo de programas que glorifican la riqueza en un país con profundos problemas de desigualdad, pobreza y marginación; más allá de que se represente un México que “no es real” (aunque sí lo sea para una mínima parte de la población a costa de muy buena parte de la población mexicana), el problema con  Made In Mexico es mucho más sencillo: es un pésimo producto.

La serie no sabe a ciencia cierta a qué se quiere parecer: ¿una telenovela, un reality como Aca Shore o una revista de sociales “con vicios”, como The Hills? Sin una respuesta clara, en sus ocho episodios pasa lista a todos los clichés de los subgéneros; sin una respuesta clara, los personajes nunca son personas pero tampoco llegan a ser caricaturas.

¿Por qué será que Netflix insiste en producir historias de ricos?

Sin duda, los personajes dicen frases risibles (porque se dicen seriamente), se enfrentan a situaciones ridículas que presentan como decisiones de vida o muerte y toda la temporada no es más que un triste ejercicio de contenido que “se ve bonito” pero que no aporta nada: ni rompe esterotipos, ni ofrece algo diferente ni nos habla de algo que no conozcamos ya ni de ese México ni de este, que vemos sus ridículos.

Por: Redacción PA.