#Reseña: Roma, de Alfonso Cuarón: el espejo de un México infinito

Spoiler Alert: esta reseña contiene información de Roma que puede considerarse spoiler

Roma: al mismo tiempo que jabón para fregar pisos y lavar ropa y gran antiguo imperio, es la colonia tradicional de la clase media alta mexicana; al mismo tiempo es el espejo de “amor”.

Esta pieza de Alfonso Cuarón tiene una dimensión cinematográfica completa, pues logra establecer paralelismos entre la vida y la tragedia del México de finales de los sesenta y principios de los setenta, pero esta misma dimensión universal, llena de alegorías y metáforas visuales, atraviesa de lleno al espectador cuando es mexicano.

Roma (2018) narra la vida de Cleo (Yalitza Aparicio), empleada doméstica y Sofía (Marina de Tavira), ama de casa del inmueble de Tepeji 21, en la colonia Roma; así como la vida de una ciudad que crecía a pasos agigantados entre Juegos Olímpicos y un mundial de fútbol.

La historia está narrada desde Cleo, en un movimiento poco usual para la industria del cine mexicano actual, que insiste en centrarse en la visión única de la clase alta mexicana, en sus dramas, sus traumas, como si fueran los únicos con oportunidad de sentir, o como si se quisiera ocultar ese otro México que está siempre ahí, como espejo mudo.

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Cuarón, en su intento más emotivo, evocando el papel de la mujer en la sociedad mexicana, consigue mostrar esta forma de esclavismo moderno, en el que La Muchacha, sirvienta y proveedora afectiva, es más que una trabajadora, pero sigue siendo una persona de segunda categoría, invisible ante su espejo: la casa que cuida y procura no le pertenece más que cuando hay que limpiarla.

Pero también narra la complejidad de ser mujer en México. Madres, abuelas y nanas disputan sus derechos a vivir y a existir entre la obligación de criar hijos, mantener un hogar, ser proveedoras de afecto y, además, ser mujeres.

Cleo tiene una omnipresencia en la vida de sus patrones, tanto como lo es para la ciudad el sonido del silbato del afilador o del cartero, o el cantar del carrito de los camotes, los tamales y el pasar de los aviones.

Es parte de un cuadro que llena, al que le da vida, pero no existe en cuanto alguien más toma la palabra. Quien tiene el poder de hablar es el patrón, Cleo, y los demás, callan y llenan espacios que no se les permite ocupar.

Cleo sufre la imagen que le devuelve el espejo. Vive en los mismos lugares que los dueños de los ruidos, pero solo es capaz de tener los ruidos en sus manos cuando se encuentra con otras como ella. La clase baja mexicana es dueña de su ruido en los chismes de lavadero y en los gritos de los vendedores en los mercados, fuera de sus espacios solo son un adorno más que limpia y deja la vida precisa para que la disfruten los demás.

Por su parte, Sofía vive el drama del abandono de su esposo, médico reconocido y padre ausente, dueño del ruido que no ejerce, pero que siempre está ahí: el gran estruendo del motor de un auto o el grito inoportuno para demostrar quién manda en el lugar que no habita.

Finalmente, el drama del Distrito Federal, hoy Ciudad de México, que sufre de lo mismo que quienes la habitan. Sus sonidos cotidianos, de los marchantes, los ambulantes, la protestas, los aviones, los rezos, son siempre interrumpidos por su propia condición. El halconazo del 71 calló las protestas, el tráfico calla a los aviones, los sismos callan los rezos.

Roma es una pieza sumamente completa que no solo refleja la ambivalencia de México y su zona metropolitana; también recubre las heridas que crea el tiempo en sus habitantes. Los sonidos que no se olvidan son los que más silencio provocan.

Cuarón, en su primera experiencia como director de fotografía, no sufre por el poco dinamismo de sus tomas. Por el contrario, el contextualizar siempre su escenario nos lleva de la opulencia en casas de descanso de las clases privilegiadas a la miseria de Ciudad Nezahualcóyotl al oriente de la ciudad, donde sale el Sol y se oculta la esperanza. Ese espejo donde los niños juegan los mismos juegos, pero sobre tierra y no sobre asfalto, entre cerros y no entre edificios.

La forma narrativa de esta película se sirve siempre de su opuesto inmediato. El Teatro Metropolitan y la Alameda Central como símbolos de la burguesía mexicana, pero tomados los fines de semana en domingos de gatas. Roma, como colonia exclusiva y como jabón universal, como imperio rampante y espejo inmediato de la palabra “amor”.

Fotograma de Roma, de Alfonso Cuarón
Fotograma de Roma, de Alfonso Cuarón. (Imagen: Netflix)

Cuarón, al mismo tiempo, desmembra y revisa todas esas obligaciones que el reflejo del tiempo hizo en las mujeres que han transitado por el asfalto y la tierra. Cleo, principal vínculo afectivo entre la patrona y sus hijos, no desea ser madre, pero continúa con un embarazo a pesar del abandono del padre de su hija hasta el día del parto, en el que al ruido del tráfico hizo callar el llanto indeseado de un bebé.

Sofía se sabe sola, no por haber sido abandonada, sino por ser mujer. Su problema es ser esposa, es ser madre, ser ama de casa; la razón de sus problema es haber existido bajo una estructura que la doblega, que le quita su capacidad de ser dueña de sus propios ruidos, de su propia palabra hasta que en la familia que ella construye y en su vínculo con Cleo descubre la sororidad implícita entre dos personas víctimas de sus contextos.

Estamos frente a una película que trasciende a su audiencia porque es la vida que todos hemos vivido. Roma es su propio espejo, es la propia visualización del espectador en un clip que es bastante familiar, al mismo tiempo que es crudo y violento, sangriento y contrastante como un día normal en la ‘Ciudad de la Esperanza.

En cada herida del tiempo en que se calla o se grita, por las víctimas o por lo que quedan vivos, Cuarón regresa una caricia en forma de campana del carruaje de la basura,  ricos tamales oaxaqueños o el simple zumbido de un avión.

Por: Redacción PA.