Ya me gradué… ¿ahora qué?

En 2018 terminé los créditos de mi carrera universitaria sin la preocupación de tener que conseguir un empleo al día siguiente. Desde hace más de un año tengo empleo estable, pero esa no es la realidad de la mayoría de mis compañeros de generación y de los egresados de este nivel educativo a nivel nacional.

Robert DeNiro ejemplificó esta armaga situación con su discurso en la Universidad de Nueva York a los recién egresados de la institución. Les dirigió unas simples palabras: “¡felicidades, lo han logrado! Están totalmente jodidos!”.

México no es Estados Unidos y tiene circunstancias y contextos muy diferentes. En Estados Unidos, un egresado de licenciatura tiene un salario promedio de 33 mil dólares, que equivale a unos 660 mil pesos mexicanos; por otro lado, un egresado mexicano en promedio gana 10 mil pesos mensuales, en el mejor de los casos: 120 mil pesos (o seis mil dólares) anuales. (Vía: Forbes)

La vida en Estados Unidos es más cara que en México, por ello mismo también los salarios. Sin embargo, la realidad de este ingreso está determinada por el valor adquisitivo que representa. Mientras que el salario mínimo gringo es de 10 dólares la hora en promedio (1 mil 600 dólares al día), en nuestro país es de cincuenta centavos de dólar la hora: 86 pesos.

El panorama de un egresado salarialmente no es la mejor. Pareciera que, en muchos sentidos, el sistema laboral de muchas empresas se construye de manera feudal, en el que se requiere de subir en una pirámide de sucesión para obtener mejores salarios. La paradoja que enfrenta el recién egresado es clara y hasta cómica: necesitas experiencia para conseguir trabajo, pero necesitas trabajo para conseguir experiencia.

Estudiar y trabajar en México no es sencillo. Los horarios de escuela y de jornada laboral muchas veces no pueden y, por supuesto, tienen ingresos menores a los trabajos que se dan para personas que tienen concluidos los créditos de su carrera universitaria.

Según el último estudio del INEGI al respecto, las personas con escolaridad media superior que están entre los 16 y los 24 años, perciben un salario de 30 pesos promedio por jornada de ocho horas. Trabajar ocho horas, más estudiar otras ocho (la jornada escolar promedio de un universitario) resulta complejo hasta de forma temporal, pues a esto hay que sumarle los tiempos de viaje. (Vía: INEGI)

Por otro lado, mientras más alto es el nivel educativo, más alto es el nivel de desempleo. Datos el mismo INEGI, muestran que entre la población que tiene nivel educativo medio superior y superior, el desempleo es del 42.3%. Por otro lado, la gente que solo tiene estudios de nivel básico es del 13% y las de la gente que no concluyó estudios de educación básica es de 3%. (Vía: INEGI)

Estos datos corresponden solo a la obtención de empleo y no refieren si ese porcentaje que sí es laboralmente activa de los que cursaron educación media superior y superior labora en un campo afín a lo que estudio.

Así mismo, la cantidad de empleos disponibles para gente con mayor grados de estudios es menor por la especialización que tienen dentro del campo laboral y el sistema empresarial. Para poner un ejemplo: mientras existen 10 vacantes para ayudantes de cocina en un restaurante, hay solo una para ser chef. (Vía: HispanTV)

La realidad es superior a esas promesas que los profesores hacen al dar el inicio del curso. Es un hecho: estudiar te hace un ser más apto y preparado para la vida laboral, pero no es una garantía para encontrar un trabajo ni tampoco para, al menos, tener empleo en el área de conocimiento que estudiaste.

Las carreras que más egresados empleados tienen, son al mismo tiempos las mismas que más desempleados tienen. Es comprensible, su oferta puede ser mayor, pero al mismo tiempos su fuerza de trabajo probable es igual de grande en proporción con la Universidades que dan esa carrera.

Esto demuestra una disparidad bastante amplia entre la cantidad de gente que ingresa año con año a las universidades y las necesidades del mercado y las industrias.

Esto es aún más notorio, cuando encontramos que al año, tan solo en la UNAM, ingresan aproximadamente 45 mil estudiantes y eso solo representa el 10% de los aspirantes que intentan entrar a esa Universidad. (Vía: El Universal)

Estamos de acuerdo en que la educación debería de ser para todos y de calidad. Sin embargo, la aspiración general de que la educación es la única forma de prosperar debe de encarminarse a otra visión: estudiar, sí, pero que no hacerlo no represente la incapacidad de tener una vida digna. Como todo, debería ser una elección y no una obligación.

La vida de un egresado está determinada por la presión de conseguir un empleo, para el que tal vez no está capacitado por falta de experiencia laboral, y la falta de experiencia por no tener oportunidades de empleo remuneradas de manera justa en relación a su formación académica.

Finalmente, el empleo y las labores dentro de las industrias productivas que se desprenden de carreras universitarias, no son más importantes que el trabajo obrero y de actividades productivas primarias o secundarias.

Ya terminaste la carrera, ¿ahora qué? Ahora, falta que el mercado laboral no te destruya, que tus padres no te corran de casa y que pagues la entrada completa en la Cineteca Nacional.

Por Freddy Campos | @Freddorific