La crisis del liberalismo

smith

“[…] el instante, de repente está aquí, de repente desaparece. Surgió de la nada y en la nada se desvanece. Retorna, sin embargo, como fantasma, para perturbar la paz de un momento posterior. Continuamente se desprende una página del libro del tiempo, cae, se va lejos flotando, retorna imprevistamente y se posa en el regazo del hombre.”

 

F. Nietzsche, Sobre las ventajas e inconvenientes de la historia.

 

Aunque nuestra percepción apunte hacia la idea de que el tiempo y la historia son procesos lineales y acumulativos, podemos decir que desde un panorama más distanciado podríamos observar que la historia tiene de cierta forma un carácter cíclico. Esto no quiere decir que los hechos se repitan tal cual, sino que es posible establecer paralelismos y ciertas simetrías entre sucesos y procesos; incluso muchas formas de pensamiento que creíamos extintas regresan del pasado, tomando nuevos sentidos y significados dentro de lo social.

Las visiones teleológicas de lo social carecen de sentido, ese falso evolucionismo social que supone que las sociedades se dirigen a un punto en particular en el espacio y en el tiempo, no son más que un producto de la imaginación utópica de algunas tradiciones de pensamiento. No existe tal cosa como el fin de la historia, tal y como lo pensaban Hegel con el espíritu absoluto y Marx con la sociedad sin clases o, el positivista Comte con los estadios de la historia, no, no hay direccionalidad, no tendemos ni al bien ni al mal, simplemente las ideas del pasado retornan, se mezclan con ideas del presente y se materializan en nuevos proceso socio-históricos; o posiblemente esas ideas siempre estuvieron ahí de manera latente para en cualquier momento volverse manifiestas.

Nuestro mundo parece haber tomado prestado los ropajes de los años previos a 1914 para iniciar un nuevo proceso histórico, si bien con particularidades muy distintas, también con grandes similitudes. Para el historiador Eric Hobsbawm, 1914 no solo fue el fin del siglo XIX, sino que fue también el principio de una fuerte crisis de los dos principales movimientos globalizadores,  por una parte del liberalismo de corte imperialista, y por otro lado del internacionalismo comunista representado en la Segunda Internacional.

Estos movimientos políticos fueron derrotados por los nacionalismos, que resultaron en un conflicto armado en donde liberales y comunistas marcharon a la guerra por igual motivados por la identidad nacional, es decir, antes que obreros o burgueses eran alemanes o franceses. Esos nacionalismos mutaron en los totalitarismos de la posguerra  que detonaron la Segunda Guerra Mundial, de ahí que las dos guerras mundiales puedan ser vistas como un solo proceso, ahí el liberalismo quedó contra la pared ante los embates del fascismo y del socialismo de la URSS, el segundo recordemos que renunció a la internacionalización y optó por instaurar el llamado “socialismo en un solo país”, es decir, un socialismo de carácter nacionalista.

Aunque en un contexto muy distinto, parece ser que los nacionalismos regresaron, pero ya no para enfrentarse entre sí, sino para replegarse hacia sí mismos, para cerrarse ante los otros, tanto cultural, como económicamente. Estos movimientos políticos han surgido como reacción y resistencia al sistema imperante de libre mercado y a la globalización que trae consigo, lo cual ha transformado de manera radical las formas de producción e intercambio en el mundo y, que ha traído como consecuencia no solo una intensificación en la circulación de mercancías al rededor del mundo , sino también un aumento en el flujo de la migración hacia grandes centros urbanos altamente desarrollados, ocasionada por la complejización de los sistemas productivos en términos de una fragmentación de las líneas de producción a nivel global.

Esto quiere decir que por ejemplo para producir un avión, hay partes de este que se producen en México, otras en Estados Unidos y otras en Francia, que al final terminan ensamblándose en Brasil y vendiéndose en Reino Unido. Es decir, en los antiguos centros industriales se redujo la producción y por lo tanto el empleo debido a que los centros de producción se trasladaron a otras partes del globo, provocando por una parte, que las personas tengan que migrar a otros centros urbanos tanto a nivel nacional como internacional, y por otra parte esos trabajadores desplazados tengan que incorporarse a otro tipo de actividades económicas, principalmente las del sector terciario, las cuales son las más comunes en las economías más desarrolladas. Estos fenómenos de desplazamiento y desempleo se deben también al desarrollo tecnológico el cual ha logrado automatizar la producción prescindiendo de la mano de obra humana.

Este tipo de economía globalizada trasciende a los estados nación tradicionales, para decirlo de forma más específica, el sistema económico ha adquirido tal complejidad y diferenciación que su operatividad es independiente a las operaciones de los sistemas políticos, tal y como sucedía en los modelos socialistas o liberales de tipo neokeynesianos. En ese sentido hay un debilitamiento de los márgenes de acción que puede tener el mundo de la política sobre las operaciones del sistema económico global, debido a que el flujo de capitales va más allá de los territorios ya  que han logrado generar su propia lógica operativa, la cual es independiente de la política.

En consecuencia, dicho funcionamiento del sistema económico ha producido una crisis en el sistema democrático debido a que los ciudadanos no solo se sienten cada vez más alejados de sus representantes, quienes en términos funcionales han reducido sus márgenes de acción institucional debido al repliegue de los estados frente al sistema económico, esto quiere decir que las funciones y los alcances del gobierno se han reducido considerablemente, produciendo que esa clase política se ha vuelva parte fundamental del sistema imperante y por tanto sean visualizados como responsables de los problemas sociales y económicos. Esta imagen de la política altamente sistematizada, acompañada de políticos alejados de los problemas cotidianos de las personas han generado una especie de desencatamiento hacia el sistema democrático, ya que la gente percibe que ha perdido el control sobre su mundo político y social, en el sentido de que ya no tienen el bienestar que tenían en antaño, los flujos migratorios han aumentado, la competencia económica es mayor, sus tradiciones culturales se confrontan con las tradiciones de otros, lo que lleva a transformaciones jurídicas que cambian totalmente las formas de interacción social, siguiendo al sociólogo Anthony Giddens podemos decir que la globalización:

“[…]es, pues, una serie completa de procesos, y no uno sólo. Operan, además, de manera contradictoria o antitética. La mayoría de la gente cree que la globalización simplemente “traspasa” poder o influencia de las comunidades locales y países a la arena mundial. Y ésta es, desde luego, una de sus consecuencias. Las naciones pierden algo del poder económico que llegaron a tener. Pero también tiene el efecto contrario. La globalización no sólo presiona hacia arriba, sino también hacia abajo, creando nuevas presiones para la autonomía local. El sociólogo norteamericano Daniel Bell lo describe muy bien cuando dice que la nación se hace no sólo demasiado pequeña para solucionar los grandes problemas, sino también demasiado grande para arreglar los pequeños.”

Las reacciones sociales ante estas problemáticas tienden a los llamados fundamentalismos, los cuales no son otra cosa que movimientos políticos que buscan la vuelta a los orígenes, a través de una especie de añoranza a un pasado enaltecido que se ha ido abajo a causa de las transformaciones económicas, políticas, sociales y tecnológicas causadas por la globalización. Estos movimientos pueden ser de tipo ideológico o religioso y pueden ser entendidos como la antítesis de la modernidad globalizada, como formas de resistencia ante la expansión de la cultura occidental o bien como la respuesta de occidente ante los fenómenos causados por su propio sistema, en donde ahora tiene que interactuar con culturas distintas, muchas veces provenientes de regiones que habían sido invadidas y colonizadas por ellos.

Estas emociones y fervores nacionalistas son canalizadas por movimientos políticos de corte demagógico y populista que utilizando construcciones retóricas que pueden ser de derecha o izquierda buscan ganar poder político prometiendo una vuelta al pasado enaltecido como mejor, ya que hacen ver a las masas que todo el estado de cosas está mal y está al borde del cataclismo. De manera mesiánica se autoproclaman como los únicos movimientos capaces de regresarle el control de la política y la economía a los ciudadanos, así como un estilo de vida previo y supuestamente alternativo al de la globalización y el mal llamado neoliberalismo, por supuesto a través de propuestas inmediatas que son irrealizables o perjudiciales a largo plazo.

Es decir, el siglo XXI enfrenta al fundamentalismo contra el cosmopolitismo, para decirlo en palabras del propio Giddens:

“El campo de batalla del siglo XXI enfrentará al fundamentalismo con la tolerancia cosmopolita. En un mundo globalizado, donde se transmiten rutinariamente información e imágenes a lo largo del planeta, todos estamos en contacto regular con otros que piensan diferente y viven de forma distinta que nosotros. Los cosmopolitas aceptan y abrazan esta complejidad cultural. Los fundamentalistas la encuentran perturbadora y peligrosa. Y ya sea en los ámbitos de la religión, la identidad étnica o el nacionalismo, se refugian en una tradición renovada y purificada—y, con bastante frecuencia, en la violencia.”

Esta batalla parece ser que la está ganando el fundamentalismo expresado en nacionalismo, demagogia y populismo, vemos a lo largo y ancho del planeta vemos que el liberalismo y la democracia se debilitan y triunfan opciones que buscan retornar a la tradición, al proteccionismo o al tribalismo. Estos movimientos, autoproclamados como antisistémicos (lo que sea que eso quiera decir)  utilizan al sistema democrático como un medio y no como un fin en sí mismo, esto quiere decir en un sentido aristotélico, que son formas desviadas de la democracia, es una enfermedad surgida de la democracia y una consecuencia no deseada de la globalización. De tal forma, podemos decir que de nuevo el liberalismo se encuentra en crisis, pero el enemigo viene de dentro y en realidad no es un enemigo que opere en términos ideológicos ya que esta solo es utilizada como fachada, como un medio para persuadir y no como un fin que resulte en un proyecto político ideológico que vaya más allá de lo pasional y lo inmediato.