¿Por qué desobedecer la ley? Pensar nuestro tiempo con Walter Benjamin

A 124 años de su nacimiento, el pensamiento político de Walter Benjamin sigue vigente.

En el principio de los tiempos todos éramos salvajes. No había ninguna regla a seguir; lo único que debíamos seguir era nuestra voluntad. Podíamos tomar cuanto deseáramos, sin restricciones. Decían que no podía existir ninguna forma de justicia, pues era una guerra de todos contra todos. Nada teníamos seguro, ni siquiera la propia vida.

Así, iluminados por la chispa de la razón, decidieron reunirse y pactar una tregua. Todos prometían que ya no recurriría a la violencia para satisfacer sus deseos. Sin embargo, el acuerdo tenía un problema; no tenían otra garantía de que los demás cumplieran más que la palabra. Eso no era suficiente, se necesitaba de algo que obligara a todos a mantener su promesa.

Para evitar conflictos, crearon reglas que todos estaban obligados a obedecer. Al mismo tiempo, se instauró una autoridad que debía juzgar. Pero no sólo debía emitir juicios de aprobación o de rechazo. Se debía premiar a quien cumplieran el acuerdo, y castigar a aquellos que rompieran su promesa. Este es el relato con el que Thomas Hobbes nos revela que es la fuerza y no la verdad la que instaura la ley.

Decían, que los tiempos modernos habían desterrado los mitos. Sin embargo, este es el gran mito en el que descansa el Derecho. En los orígenes del Estado moderno se encuentra la figura mítica del Leviatán, que, repite sin cesar, no hay poder en el mundo que se le compare.

Tuvieron que pasar casi tres siglos, para que Walter Benjamin nos mostrara que el mito está más vivo que nunca. Que la violencia que había fundado la ley, ahora se necesitaba para conservarla. La violencia originaria impulsada por el deseo, se había vuelto racional.

Sin embargo, como diría el propio Walter Benjamin, la distinción entre violencia legítima e ilegítima no se deja aprehender inmediatamente. Actualmente, las diferencias están más marcadas, cuando menos, existe una entidad, el Estado, que puede decidir sobre la vida de los demás. La forma más burda de ejemplificar esta condición asimétrica es la pena de muerte. Las autoridades estatales son las únicas a las que se les permite asesinar, sin cometer un delito.

Este mito parecería tan paranoico como los conspiracionistas reptilianos. Que olvida las bondades de la ley, las buenas intenciones de los derechos humanos y las garantías individuales. Si bien no se puede negar el carácter protector del Derecho, tampoco la asimetría implícita.

Además de esta contradicción, Walter Benjamin detecta otro problema en el Derecho, que podría ilustrarse con el verbo “grillar” –“grilar”-, en portugués. En Brasil, se convirtió en una práctica muy común falsificar títulos para despojar a las comunidades indígenas de sus territorios. Para envejecerlos, se colocaban en una caja de madera, repleta de grillos. El documento apócrifo, se dejaba en la caja el tiempo suficiente para que los insectos comieran el papel y pareciera viejo. Se trataba de una legalización de la mentira, del robo.

Muchos podrían argumentar, era otra época. Ahora existen muchas instituciones que transparentan la labor de gobierno y evitar estas arbitrariedades. Pero, cualquiera que vea las noticias, difícilmente podría negar que este mecanismo sigue operando. En la política mexicana sobran ejemplos, tantos, que a veces nos gustaría dejar de enterarnos.

El único medio que tiene el Derecho para relacionarse con la justicia es el proceso, un conjunto de reglas dispuestas para evitar abusos de quienes ejercen el poder, pero el problema no es la torpeza con la que han hecho alguna ley en particular, sino la ley en sí misma, si algo distingue al Derecho es su racionalidad y su coherencia.

Se debe aceptar que hay cuestiones que la racionalidad no puede resolver. Tal como afirma Walter Benjamin, no hay documento de cultura que no sea, al mismo tiempo, un documento de barbarie. La racionalidad es incapaz de separar la violencia del Derecho, por el contrario, los ha hermanado desde su origen.

La razón moderna ha comprendido el mundo como un plano cartesiano, que puede disponer de él a voluntad. En cada trazo que hace, pretende generar orden, siguiendo patrones geométricos. La misma relación que tiene un arquitecto con su edificio, la pretende el Estado con sus ciudadanos; sólo que el Estado ha remplazado el juego geométrico por un conjunto de códigos y normas.
La voluntad particular debe ajustarse al bien común. Ese es, justamente, el paso más extraño de todos. De algún modo extraño, los deseos particulares, que se oponen unos con otros, se convierten en una armónica voluntad general. En un espasmo metafísico, aparece el pueblo. No se trata de ninguno de los individuos que componen la comunidad, sino un principio superior a todos y cada uno de nosotros, en el que una entidad, el Estado, funda su autoridad.

El Estado funciona como una maquinaria que, si bien no cualquiera puede operar, tampoco es tan importante quién lo haga. Para su mala fortuna, Walter Benjamin vivió en carne propia esta sentencia. Mientras escribía una de las críticas más duras que se le han hecho al Derecho, aparecía la Constitución de Weimar, uno de los cuerpos jurídicos más avanzados que supo encarnar la voluntad popular, o al menos, eso parecía.

Pasaría poco más de una década para constatar que ese cuerpo jurídico y esa “voluntad popular” permitirían el ascenso del nacionalsocialismo. Los nazis no tomaron el poder por la fuerza, serían elegidos en las urnas, pero, no por su aberración por los judíos, sino por su discurso del “bien común”.

Justamente en el nazismo se hace evidente la contradicción fundamental del Derecho. La ley sólo tiene sentido si hay una fuerza que lo respalde. La máxima del siglo XIX, en la que se funda el estado de Derecho, decía que no podía haber algún castigo que sea válido sin una ley que lo respaldara. Pero también se puede leer al revés, no hay ninguna ley válida sin un castigo que la respalde.

No es casualidad que el primer acto, antes de deportar a algún judío a un campo de concentración, era retirarle la nacionalidad. Así, no había ninguna fuerza estatal que apelara por estas vidas. El proceso jurídico fue respetado siempre y, sin embargo, alguien, difícilmente podría pensar que existió alguna forma de justicia.

Tal vez, sea en este punto, donde aparece el lado más escabroso de la ley. Ninguno de los funcionarios es responsable de sus actos, sólo se limitan a seguir reglas. Durante los juicios de Nüremberg, este argumento fue calificado de cínico. Nadie podía creer que no pudieran darse cuenta de la magnitud de su crimen y, sobre todo, se negaran a hacerlo, estas mismas palabras han sido repetidas tantas veces, en tantas masacres, por los funcionarios de ley, incluso podríamos empezar a darles crédito.


Cuando se construyó este raro vínculo entre la justicia y el Derecho, la autoridad estatal se convirtió en un respaldo moral. Al parecer tan clara la línea que distingue lo correcto y lo incorrectos, no había necesidad de reflexionar las consecuencias de nuestros actos y, mucho menos, asumir alguna responsabilidad. Al obedecer órdenes, la responsabilidad se fragmentaba. No veían mayor problema firmar una orden de deportación, se trataba sólo de una hoja, o de activar la cámara de gas, era un botón.

Sin embargo, si Walter Benjamin nos ha enseñado algo, es que hay cierta virtud en cuestionar la ley, que siempre es urgente leer a contrapelo.