En días recientes ha empezado a campear en redes sociales el fantasma que recorre cada elección en México: el fantasma del abstencionismo. Como una forma de protesta o como una expresión del desdén, en cada elección miles de votantes registrados no acuden a las urnas. La gran duda ante los nombres no tachados en los padrones es, ¿a quién le conviene que no votemos?

En días recientes periodistas de todos los periódicos han especulado con una de las posibles estrategias del PRI para cooptar votos en el Estado de México: la destrucción de credenciales de elector por medio de compra, donde se ubica a los posibles votantes de la oposición cuadra por cuadra. La estrategia parece exagerada, no así los números que necesita el PRI para ganar la gubernatura. (Vía: Milenio y Animal Politíco)

Sin embargo, una estrategia tan directa como ésa es poca cosa comparada con el devastador daño que puede lograr hacia los adversarios de Alfredo Del Mazo que los votantes simplemente no acudan a las urnas por desdén: según números presentados por Carlos Puig, Del Mazo necesita un millón 700 mil votos para llevarse la elección. A ese número asciende el voto duro del PRI en el Estado de México. (Vía: Milenio)

Con 11 millones posibles electores registrados en el padrón del Estado de México, para Delfina Gómez o Juan Zepeda es imprescindible que vote más del 50%. Mientras más baja sea la cifra total de votantes, más amplias son las posibilidades de Del Mazo. 

Para Jorge Castañeda, provocar el abstencionismo entre los electores menores de 35 años ha una estrategia clave para los partidos de derecha al rededor del mundo en las últimas elecciones: desde Trump hasta May, cuando los votantes no acuden a los comicios ganan los candidatos más reaccionarios. (Vía: El Financiero)

Para que una democracia, que de por sí recibe ayuda ortopédica, pueda seguir caminando es imprescindible ejercer el derecho al voto. Anularlo, por ejemplo, es una forma válida de mostrar el desacuerdo con el sistema político pero evita directamente que nuestro nombre sea utilizado por alguien más.

Combatir el fantasma del abstencionismo es el primer paso para pasar de una democracia representativa a una democracia participativa.


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