Un Papa sin lenguaje explosivo

Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco se ha caracterizado por la utilización de conductas poco ortodoxas para la tradición del Vaticano.
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Desde que arribó el Papa Francisco a nuestro país todo ha sido políticamente correcto. El Presidente Peña Nieto recibió al pontífice en el hangar presidencial con sonrisas, música y bailes. El recién llegado devolvió la bienvenida y atenciones con expresiones de igual alegría.

La relación de empatía entre los Papas y México desde la llegada de Juan Pablo II, pasando por Benedicto XVI, hasta nuestro actual invitado – por lo menos hasta el día de hoy– han sido esplendidas, más allá de las situación diplomática entre los Estados (no existían relaciones cuando vino Juan Pablo II) o de lo accidentado de una parte de la historia religiosa en nuestro país.

Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco se ha caracterizado por la utilización de conductas poco ortodoxas para la tradición ceremoniosa del Vaticano y la Iglesia en general. De igual manera, el lenguaje que ha hecho relucir en distintos espacios internacionales (recordemos su intervención en la ONU o en el Congreso estadounidense) ha sido directo y crítico. A partir de estas formas y lenguajes poco comunes, el Papa (al final de cuentas jesuita) se ha percibido como un ácido crítico de las condiciones materiales desastrosas de las mayorías planetarias y de la voracidad económica de los dominantes.

En su columna de hoy en El Universal, Ciro Gómez Leyva advierte el inesperado giro discursivo del Papa Francisco en su visita en México: en lugar de una critica feroz al gobierno priísta y su política devastadora y excluyente para las mayorías, su discurso se ha caracterizado “por lo que dictaba la historia y el sentido común”: predicar el amor, la alegría y la esperanza.

El Papa “no vino a regañar” dice Gómez Leyva. Y tiene razón. El lenguaje mesurado y políticamente correcto del Papa Francisco sólo demuestra un hecho que muchos se les escapa en México: la Iglesia, el Vaticano, es una institución milenaria fundada en dogmas y ceremoniales que le dan certeza y estabilidad. Las palabras liberadoras (justicieras, igualitarias e incluso, ambientalistas) no son para este mundo.

Puede resultar cierto que la Iglesia católica desde su origen ha producido una narrativa de apoyo y solidaridad con los más necesitados, que se empata armoniosamente con su función de mediación con Dios y con la esperanza de una vida después de la vida. Pero eso no significa que en el mundo terrenal tenga que precisar a los perpetradores del mal y confrontar a los poderes fácticos, más aun si éstos se localizan en un país con tal fervor religioso.