TLCAN: declaraciones concordantes, acciones contrapuestas

¿Qué hacer cuando alguien que personifica todos los males de una economía y una forma completa de vida concuerda contigo en temas centrales de tu propia ideología?, ¿cómo, por ejemplo, marcar la diferencia de la oposición que ha vociferado Trump a los diversos tratados de libre comercio con la que gran parte de la izquierda política y social ha articulado desde que empezaran a negociarse esos mismos acuerdos? Podría argumentarse, por un lado, que habría que dejar que Trump, ahora presidente en funciones de los Estados Unidos, desarme y rompa los acuerdos, pues, al fin y al cabo, es el mismo objetivo por el que han luchado sus críticos y opositores; se podría, también, tratar de construir una resistencia orgánica entre los sectores críticos no sólo de América Latina (de México en específico), sino también de Estados Unidos y otras regiones globales, pues los argumentos de Trump no son, en realidad, una crítica al libre mercado ni a la globalización, sino una máscara cínica de quien o no quiere saber cómo funciona la economía global, o quien quiere aparentar que no.

Muy temprano el 23 de enero, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva en la que ordenaba a su gabinete y al Congreso revisar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y cancelar la entrada de su país al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés). Ésta fue una de sus primeras actividades oficiales y fue en concordancia con mucha de lo que dijo durante su campaña: según su visión (o según su guión), Estados Unidos había sido el país que había perdido en los acuerdos comerciales firmados por administraciones anteriores, para él, la desindustrialización, la supuesta “crisis de desempleo” y la decadencia de la infraestructura de su país tienen sólo un par de responsables: China y el TLCAN. (Vía: Hufftington Post)

Desde el periodo de transición -en el que comenzó a hacer política a partir de tuits-, Trump ha atacado a las empresas que, de nuevo, según su lectura, han abandonado a los Estados Unidos: los gigantes automotrices, como Ford y General Motors (además de empresas como Carrier y la italiana Fiat) recularon de acuerdos comerciales con México por tuits del ahora presidente. Mucha de la discusión en nuestro país se convirtió en un espejo del nacionalismo simplón que se le critica a Trump: Ford y GM “nos traicionaron” y llevó, incluso, a alcaldes y gobernadores a declarar un boicot a estas empresas por “abandonarnos”. ¿De verdad esa es una respuesta crítica y articulada? (Vía: Reforma)

Se ha profundizado poco sobre por qué transnacionales como Ford y Carrier y GM y las centenas de maquilas en la zona fronteriza de Juárez ven a México como un lugar “ideal” para su producción. Se ha dejado de lado que, desde la entrada en vigor del TLCAN el 1 de enero de 1995, las políticas sociales y de desarrollo de México se han centrado exclusivamente en “hacer más atractivo” al país para la inversión extranjera y, para hacerlo, muchos de los derechos laborales, ejidales y sociales -que fueron ganados a partir de luchas sindicales, de la muerte y represión de miles- han sido recortados, reducidos o simplemente eliminados para garantizar una mano de obra barata, una disidencia “tolerada” pero controlada y, por sobre todo, “estabilidad” económica y política para la inversión extranjera. (Vía: Weisbrot, Failed)

El Financiero, en pleno escándalo por la cancelación de la planta armadora en San Luis Potosí, lanzaba un artículo sobre la disparidad en el pago de la mano de obra entre México y Estados Unidos: un trabajador en EE.UU. es pagado, por hora, 21 dólares, mientras que, por el mismo trabajo, uno en la que sería la armadora potosina, apenas hubiera recibido 2.5 dólares por hora. En términos macroeconómicos, dicen los economistas neoliberales, es un intercambio justo: se mantienen precios bajos, lo que facilita el consumo en los Estados Unidos, y, por ello, en México se garantizan trabajos para miles que, en otras circunstancias no lo tendrían. En el costo cotidiano de las familias, la historia siempre será otra. (Vía: El Financiero)

El gobierno estadounidense está haciendo un ejercicio esquizoide: al mismo tiempo que cancela tratados y enarbola una bandera de proteccionismo nacionalista, los titulares del gabinete son multibillonarios (o representantes políticos de trasnacionales) que han defendido en cortes internacionales su “derecho” de ampliar sus intereses económicos, aún a pesar del medio ambiente o la estabilidad política de regiones enteras; al mismo tiempo que, en el discurso, dice defender a las familias trabajadoras, su intento por cancelar Obamacare y el recorte que amenaza a Planned Parenthood impactarán, principalmente, a las familias con menores ingresos. En palabras de Aaron Benanav:

“Los niveles de inversión están declinando al mismo tiempo que las oportunidades de expansión desaparecen. Números enormes de gente no tienen un trabajo estable, aún cuando se mueven capitales enormes en los mercados financieros. La derecha siempre ha tenido una historia para vendernos: ‘En el pasado, las cosas iban muy bien para muchos estadounidenses blancos. Si los trabajos, hoy, están desapareciendo, entonces deberían de funcionar las normas de antigüedad: los que llevan más tiempo aquí se quedan, los nuevos se van. Cerrar las fronteras a las personas y a los bienes. Hacer sufrir a los trabajadores chinos y mexicanos, no a nosotros.’
La derecha siempre va a ser mejor para vender esta historia que la izquierda. Apelar al nacionalismo tiende a vencer al internacionalismo [en el inglés original hay un juego de palabras intraducible: ‘Appeals to nationalism tend to trump appeals to internationalism’] ¿Qué tenemos para ofrecer en lugar de eso? ¿Qué historia podemos decir que no siga las normas de malbaratar nuestra labor?” (Vía: Jacobin Magazine)

La apuesta del gobierno, de la iniciativa privada e, incluso, de buena parte de la izquierda política mexicanas es seguir apostando por una “forma diferente” de libre mercado: encontrar otros puertos u otras propuestas con el mismo EE.UU. para seguir la inercia de un sistema que se ha agotado en sí mismo, que vez tras vez, tras vez, tras vez ha demostrado que los únicos verdaderos beneficiarios son sólo unos cuantos.

¿Cómo argumentar contra alguien que, aún teniendo los mismos resultados en mente (la cancelación de los acuerdos de libre comercio), está buscándolo con motivos y por vías completamente opuestas? Aquí, en Plumas Atómicas, no tenemos la respuesta a una pregunta así, pero creemos que una buena parte del camino viene del diálogo y de seguir haciendo preguntas, a quienes tienen el poder, a quienes argumentan a su favor, a quienes no quieren ver (o les cuesta trabajo) los costos humanos, no financieros ni económicos ni políticoshumanos de políticas que, al mismo tiempo, están costándole al medio ambiente más de lo que podemos retribuirle.

La resistencia apenas empieza.