¿Puedes decir honestamente que eres de clase media o de centro?

¿Qué es la “clase media“?, ¿qué es el “centro“ en términos de postura política? Estas dos etiquetas parecen expresar una negación, pero en realidad afirman un sistema político y una estructura económica sin darse cuenta.

Siempre llego tarde a los debates y eso quizá se deba a mi ignorancia. Pero pues llego, ¿qué no seguimos discutiendo cosas re viejas?

El debate de la famosa “clase media” en México puede ser revisado ampliamente si uno Googlea: “Bartra, Esquivel, clase media, proletariado”. Si resumimos casi al absurdo las posturas, una reza “si usted no se siente pobre, pero tampoco rico, pertenece a la clase media” y la otra que dice “que la clase trabajadora tenga más capacidad de endeudarse, no significa que pertenezca a la clase media”.

No quiero realmente confrontar a ninguno de los dos autores ya que eso también se ha hecho con abundancia. Existe sin embargo, algo escurridizo en la definición de la “clase media”. Baste leer:

La reciente polémica entre el economista Gerardo Esquivel y el sociólogo Roger Bartra parece confirmar una cosa: aun si ellos no se ponen de acuerdo respecto a si México es o no un país de clase media –y tampoco, como veremos, respecto a cómo definir a esta clase–, lo que es un hecho es que esta ha adquirido un enorme peso dentro del discurso político mexicano (más aquí)

Estaba leyendo Zizek y me encontré una cita pertinente que creo ahonda en los problemas de la definición de la clase media. Reproduzco el fragmento:

… la recurrente “clase media”, precisamente, esa “no-clase” de los estratos intermedios de la sociedad; aquéllos que presumen de laboriosos y que se identifican no sólo por su respeto a sólidos principios morales y religiosos, sino por diferenciarse de, y oponerse a, los dos “extremos” del espacio social: las grandes corporaciones, sin patria ni raíces, de un lado, y los excluidos y empobrecidos inmigrantes y habitantes de los guetos, por otro. La “clase media” basa su identidad en el rechazo a estos dos extremos que, de contraponerse directamente, representarían “el antagonismo de clase” en su forma pura. La falsedad constitutiva de esta idea de la “clase media” es por tanto semejante a aquella de la justa línea de partido que el estalinismo trazaba entre las “desviaciones de izquierda” y las “desviaciones de derecha”: la “clase media”, en su existencia “real”, es la falsedad encarnada, el rechazo del antagonismo. En términos psicoanalíticos, es un fetiche: la imposible intersección de la derecha y de la izquierda que, al rechazar los dos polos del antagonismo, en cuanto posiciones “extremas” y antisociales (empresas multinacionales e inmigrantes intrusos) que perturban la salud del cuerpo social, se autorepresenta como el terreno común y neutral de la sociedad. La izquierda se suele lamentar del hecho de que la línea de demarcación de la lucha de clases haya quedado desdibujada, desplazada, falsificada, especialmente, por parte del populismo de derecha, que dice hablar en nombre del pueblo cuando en realidad promueve los intereses del poder. Este continuo desplazamiento, ésta continua “falsificación” de la línea de división (entre las clases), sin embargo, ES la “lucha de clases”: una sociedad clasista en la que la percepción ideológica de la división de clases fuese pura y directa, sería una estructura armónica y sin lucha (En defensa de la intolerancia, 22-24) 

Habrá quien se queje con razón de que mi tendencia a la citación hace que uno sienta que mejor debería irse de este post a leer las fuentes y tiene razón, si se queda es por morbo, no porque vaya a encontrar aquí algo mejor. En resumidas cuentas, es la existencia de esa “clase media” la que hace que haya una lucha de clases y no sólo un sistema clasista armónico.  Es esa “falsificación”, esa escurridiza definición de la “clase media” la que hace tengamos tantos problemas.

Bien dice Adorno que “es característico del mecanismo de la dominación el impedir el conocimiento de los sufrimientos que provoca” (Minima Moralia, 60) y en este sentido pareciera que la “clase media”, o bien, aquellos que se consideran “clase media”, ni sienten que sufren los estragos del sistema, ni sienten que son responsables, en otras palabras, desconocen que en sus propias vidas haya sufrimiento imputable al sistema.

Pero claro que el concepto de la “clase media” es uno más que sirve para el control ideológico, es uno que ubica a cuanto quiera instalarse en él como inmune, como neutral, y es por ello que Zizek la identifica como falsedad encarnada.

La intersección en el “centro“

Quiero extrapolar particularmente la idea de “la imposible intersección de la derecha y de la izquierda”. Esto en cuanto a la postura que muchos individuos adoptan cuando comentan y se relacionan con los acontecimientos sociales. Esa idea de no ser ni de derechas ni de izquierdas, sino de ser de “centro” –esa intención de ser objetivo–, desde la perspectiva de lo anteriormente citado, parece sospechosa.

Tengo muchos ejemplos, individuos que considero mis amigos a menudo tienen una tendencia escapista hacia lo que ellos llaman “precisión”.  En este sentido, se desviven por analizar sesudamente el discurso de las demandas sociales, y con argumentos referentes a la ortografía, a la semántica, a la sintaxis y cuando muy sofisticados, a una lógica sofista, desprecian la construcción del discurso de la demanda así restándole validez.

Esta fascinación por la claridad, es un ejercicio de exhibicionismo intelectual en el que como analistas del lenguaje, se presume que pueden desmontar las mentiras o incongruencias de cualquier discurso. Lamentablemente, dado que la única agenda política que motiva esto es la de la negación misma de que este ejercicio obedezca a una agenda política, tiene como consecuencia la consolidación de la idea de “centro”; lo que en otras palabras, reproduce el modelo de la “no-clase”, vaya, de la no-pertenencia a ninguno de los polos, y por eso es importante mantener en la mente que esta intención está en una intersección imposible: esos análisis son un velo.

Foto: Brocco

También se les puede acusar de esencialistas, ya que estos ejercicios implican que la enunciación en sí misma no es una práctica llevada a cabo desde un punto específico con intereses particulares, sino que hay una “verdad” que debe ser defendida por medio de la “claridad” y en nombre de la “verdad” misma, por lo que se pueden desenmascarar las artimañas que darán en llamar “panfletarias”. Este desprecio por el contexto es sumamente peligroso.

El ejemplo más claro es el de la animosidad por los documentos políticos que, con el fin de extrañar al lector y recordarnos los problemas del sexismo, sustituyen algunos marcadores gráficos de género con la letra “x”, “e” o el símbolo “@”. Los argumentos más comunes es que eso se debe evitar porque “el lenguaje no es sexista, sino los usuarios” y que “aquello no se entiende”. 

Estos dos argumentos ejemplifican perfectamente el esencialismo y la pasión desbocada por la “claridad”. El primer argumento se invalida ya que el lenguaje existe como práctica, es usado por individuos, con él se construyen las hegemonías que nos rigen y pues el lenguaje no existe en el empíreo.  A la vez en sí mismo tiene la cualidad de la diferenciación y por lo tanto de la multiplicidad, el lenguaje puede ser (y en este caso es) usado para confrontar las prácticas hegemónicas del patriarcado que no es una invención del feminismo, como a algunos reaccionarios les acomoda creer (ya reconózcanlo chavos, ustedes saben quiénes son).

Foto: Sofía

El segundo argumento me pone siempre de malas porque, de hecho, esos documentos sí se entienden, ya que las sustituciones de los marcadores de género son sistemáticas. Lo que motiva la postura que critico, es la posición del letrado que defiende las herramientas que considera su patrimonio “la correcta escritura” por lo que anula y ataca a priori el texto político con una ortografía alterna. Tal defensa lo lleva incluso, a permanecer ciego ante el significado de tal texto, porque si es congruente con su sesuda conclusión, no lo podría leer, y si lo puede leer, entonces se contradice, pues el texto sí se entiende.

Esa actitud apologética de “la correcta escritura” lo ubica en un “centro”, pues por un lado es distinto de la masa ignorante y analfabeta, pero por otro lado conoce la belleza de la cultura a diferencia de esos neoliberales materialistas: es una reproducción más de la dinámica de la “clase media”.

Ya no digamos por ejemplo,  cuando se discute el significado de una palabra en el contexto de un debate político. Viene a mi mente el famoso episodio de Vargas Llosa, Paz y México como la “dictadura perfecta”. Este ejemplo me invita a volver a citar a Zizek cuando comenta cómo distintos bandos usan la palabra “honestidad”:

Si pensamos que no es más que una “clarificación semántica” podemos no percibir que cada posición sostiene que “su honestidad” es la auténtica honestidad. La lucha no se limita a imponer determinados significados sino que busca apropiarse de la universalidad de la noción (17)

Reemplacemos “honestidad” por “dictadura” que es el término que nos interesa: la operación es la misma. Esa invitación a hacer claro lo que se considera confuso,  es siempre una reinterpretación y una apropiación que desecha o apoya un discurso político. En este caso Paz señala que México no puede ser una dictadura porque carece de un dictador y de un estado militar, y si bien la figura de dictador como tal en efecto no existió, lo del estado militar es pura ideología porque habría que matizar entonces con cómo se ha utilizado el ejército para controlar a la población y mantener en pie las estructuras.

Ambos escritores coinciden sin embargo, en la existencia de un poder hegemónico partidista: Vargas Llosa calificaba México de “dictadura perfecta” porque aparentemente carecía de una cabeza, de una persona; por oposición, también calificó al resto de las dictaduras latinoamericanas como imperfectas, como burdas, por lo que México sería una manifestación de una dictadura más sutil, pero no por eso menos cruel; a Paz le interesa deshacerse de las connotaciones negativas de la dictadura, según él, no para reivindicar el priismo mexicano, sino en nombre de la “precisión”.

En ese movimiento de Paz, no se alcanza a notar una burda defensa de la derecha, pareciera más bien una apasionada apología de la moderación. Pero si esto reproduce, como he propuesto, la dinámica de la “clase media” como una no-clase, tiene las mismas consecuencias: encarnar la lucha de clases, vaya, alimenta el aspecto problemático de un sistema clasista.

Es así que estos movimientos al “centro”, esta “clase media”, son un instrumento más para mantener las estructuras neoliberales. Escapar de la toma de postura no es un ejercicio neutro, es ayudar a difuminar las líneas entre clases. Sentirse inmune a las dinámicas de la explotación es engordar la ideología que justifica la misma explotación. La “clase media”, el “centro” político, son intersecciones imposibles pero necesarias para el mantenimiento del capital. Es más, son sus propios constructos ideológicos.

Adam Vázquez, @Nethanamo