Parte II: El ejército en las calles, la ocupación normalizada

Las guerras inician antes de que se dispare la primera bala, antes de que la primera bota se coloque, firme, sobre el campo de batalla. Las guerras comienzan en el lenguaje porque dependemos de nuestras representaciones colectivas para aprehender la totalidad del conflicto— o lo que entendemos como “totalidad” desde nuestra propia perspectiva. Cuando, quien tiene el poder de imponer el lenguaje (por la presencia mediática, por el “mero” poder político), identifica una amenaza, la define y delimita, entonces se hace visible en las calles: mostrar la imagen de un monstruo lo hace real y, al hacerse real, se exige una respuesta contra él. Sin embargo, el monstruo contra el que el ejército se enfrentó no es uno para el que ninguna fuerza armada estaba preparado.

Es necesario entender que la utilización de las fuerzas armadas para la vigilancia y las operaciones policiales cotidianas no es una cosa normal, no puede ser normal. Que el ejército constantemente sea una herramienta política, como comentábamos en la entrega anterior, no la hace una herramienta correcta para enfrentar la violencia delincuencial o la corrupción de las organizaciones policíacas, no sólo porque carece del entrenamiento o la sensibilidad necesaria para esas tareas, sino porque su sola presencia en la cotidianeidad de las comunidades las fractura: una guerra forzosamente trae consigo una forma de leer el mundo en “bandos”,  nosotros contra ellos, buenos y malos, héroes y villanos, y si algo han evidenciado diez años de “guerra contra el narco” es que la cotidianeidad del narcotráfico no es algo dicotómico, no es ni blanco o negro, en las calles, en los barrios y el campo, más que “enfrentamientos” entre bandos opuestos, ésta es una de las muchas respuestas frente a una economía desarticulada y precaria, una comunidad deshecha por la migración y la violencia focalizada y, también, en el marco “empresarial” (porque también es necesario leer los cárteles como empresas neoliberales), es respuesta a la demanda constante de drogas por el mercado más grande del mundo y el más cercano.

No es normal, pero es. En cierta medida, la “guerra contra el narcotráfico” es  semejante a la “guerra contra el terror” que, al igual que la primera, lanzara Estados Unidos por el mundo: esta guerra no tiene bandos definidos, no hay forma de conocer realmente contra quienes se lucha ni en qué momento se debe de dejar de hacerlo, como escribe John Gibler en Morir en México:

La llamada “guerra del narco” en México es en realidad dos guerras: una entre organizaciones narcotraficantes disciplinadas, organizadas y sumamente bien financiadas en las que el Estado también participa, y un espectáculo mediático que presenta los combates y los arrestos como productos de operativos asiduos de aplicación de la ley.” (Vía: Gibler, Morir en México)

Cabría mencionar una tercera guerra: la que se abre en las ciudades ocupadas, la que impacta la vida cotidiana y militariza la sociabilidad, el lenguaje y las calles. Los retenes se convierten en normalidad no por su necesidad, sino porque siempre están ahí.

Slavoj Žižek, filósofo esloveno, divide la violencia en “niveles” que se interrelacionan y se complementan: la simbólica, que se encuadra en el lenguaje y en la forma como grupos sociales completos “imaginan” al otro, la sistémica, aquella que construye y sobre la que construye (adagio del “huevo o la gallina”) el sistema socio-político-económico, y, finalmente, la subjetiva y la objetiva, esa violencia “directa” que puede contar muertos y enfrentamientos. La diferencia entre las últimas dos es que, para Žižek, mientras que la subjetiva se piensa como “accidentes” dentro de una sociedad sin violencia: es producto de “facciones”, de “individuos” que fracturan la normalidad “pacífica”, la segunda considera que esta normalidad es inherentemente violenta, sistémica y simbólicamente, la violencia que existe en las calles ha sido siempre, ha existido siempre. (Vía: Žižek, Seis reflexiones…) La violencia en el lenguaje es la que desata la violencia en las calles: para que la presencia del ejército sea normalizada, es necesario que, desde el lenguaje, también se normalice la vida diaria atravesada por la presencia del ejército.

Cuando el ejército entró, en 2006 en varias ciudades del país, lo hizo desde una estrategia que entendía la violencia que corría libre en las calles como el problema mismo que había que enfrentar: pensados como violencia “subjetiva”, los conflictos entre cárteles eran sólo eso y frente a bandas criminales que, en palabras de Felipe Calderón, son delincuentes que buscan corromper a la juventud, el ejército podía ser una respuesta para recuperar el “monopolio de la violencia del Estado”. Sin embargo, tratar la violencia en las calles como el problema y no como síntoma de una violencia simbólica  y sistémica, de problemas profundos que se personificaban en las calles, generó más enfrentamientos, escaló las formas como esa violencia se representaba (cuerpos colgados en puentes, masacres de civiles, ciudades completas sitiadas…). (Vía: New York Times)

Además del ejército, ha habido todo un aparato institucional que ha alimentado el discurso y la “condición” de guerra hasta el grado de convertirla en la norma. Según David Barrios en Ciudades imposibles, no sólo son el gobierno (local, estatal y federal) y las fuerzas armadas los interesados en normalizar la guerra, también el empresariado, también las fuerzas económicas (legales, o con vínculos invisibles con el empresariado ilegal) se benefician de un “estado de excepción” normalizado. El peligro cuando se normaliza la guerra es que ésta se deja de ver o se encuentran las formas para justificar la ocupación: las constantes violaciones de derechos humanos, las ejecuciones extrajudiciales, los toques de queda (tácitos o impuestos por autoridades castrenses), los cateos y retenes, aún cuando son mecanismos para regular y vigilar a la población completa—que trata a toda una ciudad como sospechosa y no como civiles—todo se enmarca en una “situación excepcional” que es necesario romper, si la renuncia de ciertas libertades traerá consigo el regreso de un “estado de Derecho” que (dentro del discurso oficial) existía antes de la llegada del crimen organizado, entonces será un sacrificio válido. Barrios insiste en este punto:

la guerra es una cuestión de definición, es decir, que puede haber situaciones en las que esta clase de procesos no sean reconocidos socialmente, entre otras razones por la obturación de éstos que puede operar desde las estructuras gubernamentales y mediáticas[…]. A partir del proceso reciente, en el que es el propio Estado mexicano el iniciador de las acciones bélicas abiertas, cabe recapitular sobre las anteriores para señalar junto con Flabián Nievas que “las guerras pueden haber existido y no haber sido observadas” (Vía: Barrios, Ciudades imposibles)

Aún cuando, muy famosamente, Felipe Calderón se haya retractado de su “declaración de guerra”, ésta existió, ésta existe y sigue existiendo en tiempos de Enrique Peña Nieto, quien ha cedido el puesto de “hombre fuerte” que el anterior presidente buscaba llenar él mismo. Durante los cuatro años de gobierno de Peña Nieto, no se le ha visto a él visitando cuarteles ni “dirigiendo” a las tropas vestido con casaca verde olivo, como su antecesor, sin embargo sí hay alguien que ha llenado ese puesto, su secretario de la Defensa Nacional, el general Salvador Cienfuegos.

La normalidad de la guerra no son operativos, ni estadísticas ni toneladas de droga decomisada. La normalidad de la guerra tampoco está en los enfrentamientos ni en los retenes ni en el patrullaje incesante de convoyes militares dispuestos a disparar ante cualquier amenaza. La normalidad de la guerra es el dolor y la muerte y el aislamiento y el silencio. Y esa normalidad se rompe de a poco, con los rostros y los cuerpos de los dolientes que exigen sea reconocido su dolor y la muerte de sus amados; la normalidad se rompe con el reconocimiento del otro en todo su dolor, el reconocimiento de todo el dolor del otro. Como escribe Cristina Rivera Garza en Dolerse:

El dolor no solo destroza sino que también produce realidad: de ahí que sus lenguajes sociales sean sobre todo lenguajes de la política: lenguajes en que los cuerpos descrifran sus relaciones de poder con otros cuerpos. Es con frecuencia a través de la religión y la reproducción social que el lenguaje del dolor se convierte en un productor de significados y legitimidad. (Vía: Rivera Garza, Dolerse)