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Cada proceso electoral en México está definido por la incertidumbre, los resultados son cada vez más apretados a raíz de la fragmentación de los partidos. Esto, aunado a la poca credibilidad que tienen los procesos electorales entre la ciudadanía debido a prácticas corruptas trae como consecuencia que la mayoría de los gobernantes lleguen al poder sin el menor consenso político y sin el mínimo de aprobación y legitimidad entre la ciudadanía.

Esto trae como resultado no solo el aumento del descontento social hacia el sistema político y electoral, sino que en términos prácticos los gobiernos entrantes son inoperantes a causa de que no cuentan con los acuerdos políticos necesarios para poder impulsar una agenda en particular. Lo que vemos es que los gobiernos entrantes son débiles, ya que no se puede esperar mucho de un gobierno que gana con un porcentaje de votos de un 30% a un 35%, que además gana a su contrincante más cercano por un promedio de 3 puntos.

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Estamos hablando que los gobiernos en México toman posesión con un margen de detractores que va del 65 al 70%, tomando en cuenta solamente el porcentaje de participación electoral que normalmente oscila entre un 50 y un 65%, ya que si tomamos en cuenta el voto nulo y el abstencionismo, el margen de ilegitimidad aumenta catastróficamente. Es decir, lo que vemos es que aproximadamente el 80% de la población  no votó por el gobierno en turno.

En ese sentido, aunque tenemos gobiernos instalados por mayoría en el estricto sentido del término, esa mayoría no ofrece certeza y legitimidad política, justamente por la fragmentación del voto que arroja resultados apretados y porcentajes muy bajos que otorgan la victoria. Esta forma de democracia resulta arcaica e insuficiente para la complejidad de nuestra sociedad y nuestro sistema político, de hecho, México es de los pocos países en el mundo que sigue manteniendo un sistema de elecciones a una vuelta.

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Esta problemática tiene varias soluciones, la más conocida es la implementación de segunda vuelta que básicamente implica que en el caso de que uno de los candidatos no obtenga más del 50% de los votos, se vaya a una segunda vuelta entre el primero y el segundo lugar de la elección. Aquí la votación obliga a hacer consensos y acuerdos con el fin de obtener el 50%+1 de los sufragios, otorgando mayores grados de certeza y legitimidad en los gobiernos.

En este sistema la primera vuelta es el momento en donde el electorado vota por la opción con la que más simpatiza, mientras que la segunda vuelta tiene que ver con un voto más razonado en términos de elección de un proyecto político. Aquí el votante al final elige entre dos opciones, las cuales compiten no a partir de la particularidad sino a partir de la construcción de la pluralidad.

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Otra opción es la implementación del voto obligatorio, el cual no es otra cosa que volver el sufragio una obligación ciudadana en la cual no puede haber abstencionismo. En este caso los ciudadanos que no voten estarían cometiendo un delito y por tanto tendrían una sanción, por supuesto, en este caso el voto nulo tendría un valor mucho más importante que el que tiene actualmente.

Como podemos ver, hay opciones para mejorar la legitimidad de los gobiernos electos, el problema es que este tipo de reglas son politizadas por sectores del sistema político ya que son tomadas como leyes promulgadas con dedicatoria, esto significa que hay actores que piensan que estas reformas están construidas para perjudicar políticos o partidos en particular. El modelo que más suena en México es el de segunda vuelta, pero, es muy poco probable que se implemente para antes de 2018, ya que tanto el PRI como Morena lo rechazan ya que prefieren ganar a una vuelta, ya que ambos tienen grandes volúmenes de detractores prefieren seguir fragmentando el voto y apostar por una victoria en una sola elección. 

 

 


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