¿INEGI puede borrar de un plumazo la realidad? Los niños en pobreza extrema

La semana pasada el INEGI presentó un nuevo modelo para medir los ingresos que tienen los hogares en México. Esta nueva metodología ha causado polémica por dos razones: no hay una justificación técnica de la nueva forma de medición y, además, los datos que recopila ya no son comparables con los anteriores, lo que vuelve inservible la base de datos de los últimos 30 años.

El Coneval, la instancia encargada de medir la pobreza, se queja de no se dio aviso de manera oportuna y que la decisión se tomó unilateralmente, pues nunca se discutió la conveniencia técnica. EL INEGI argumenta que no pretenden mostrar falsos crecimientos, sino mejorar los instrumentos de medición.

Entre 2008 y 2014, los ingresos de los hogares más pobres nunca fueron superiores a $2 mil. De repente, en tan sólo un año, alcanzan hasta $3 mil. El aumento de los ingresos creció en promedio un 2% anual en ese periodo, pero, en este año, sin mayor respaldo que la nueva metodología las cifras indican que el ingreso de los hogares más pobres creció 33.6%.

El INEGI ha aplicado una segunda encuesta solamente en los hogares más pobres, argumentando que, posiblemente haya ingresos que no se reporten inicialmente. Pero, de acuerdo a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) este fenómeno es más recurrente en los hogares más ricos. Sin embargo, no se ha dispuesto ningún instrumento para corregir los fallos en este sector.

Independientemente de la discusión técnica, hay una realidad en el país que es urgente resolver: de acuerdo a las cifras de la UNICEF, más de la mitad de los niños (53.9%, 21.4 millones) carecen de las condiciones mínimas para acceder a la educación, la salud, la seguridad social, a una vivienda digna e, incluso, a la alimentación. Uno de cada nueve (11.5%, 4.6 millones) se encuentran en una situación de pobreza extrema, es decir, no tiene las condiciones mínimas para tener una vida digna. La situación se agrava en municipios donde se habla alguna lengua indígena, pues 9 de cada 10 niños se encuentra en estas condiciones.

La problema de la pobreza no sólo implica la escasez de recursos económicos, más aún, cuando se trata de niños. En una situación de pobreza extrema no sólo falta dinero, también escasean los servicios básicos como el agua, la electricidad, el alcantarillado y las calles pavimentadas, indispensables para garantizar cierta calidad de vida.

La marginación puede ser una condición permanente que no sólo le afecte al infante durante toda su vida, también puede perjudicar a las siguientes generaciones, pues compromete el desarrollo físico e intelectual de los niños que viven en pobreza.

La UNICEF destaca que la brecha de desigualdad no se ha reducido. De hecho, el porcentaje de niños en pobreza extrema ha sido constante desde la crisis financiera del 2008. Aunque las carencias han mejorado en algunos aspectos, sobre todo, en lo que respecta en salud, en otros ha sido deficiente el trabajo.

A pesar de que se ha mejorado el acceso a algunos derechos sociales, mientras no se mejore el ingreso en cada hogar difícilmente se solucionará el problema de la pobreza. Por esa razón, no se ha roto el ciclo de la pobreza. Las personas en condiciones desfavorables, al estar desvinculadas del sector productivo, difícilmente pueden tener acceso a estos programas. Por eso, es muy posible que las privaciones que tienen el día de hoy, las sigan teniendo en el futuro. Peor aún, o más probable es que esta condición se reproduzca en las siguientes generaciones.

México, como participante de la agenda de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ha contraído el compromiso de reducir a la mitad la proporción de personas que viven en condiciones de pobreza. En esta medición sólo se toman en cuenta los indicadores nacionales. Pudiera darse el caso que, para cumplir con este compromiso, sería más sencillo cambiar los indicadores que crear políticas eficientes para disminuir los niveles de marginación.

El INEGI sostiene que la nueva medición no es para falsear las cifras, sino para obtener datos que permitan generar mejores políticas públicas. Sin embargo, no es posible negar que a estas nuevas mediciones se les ha dado un uso político. Por ejemplo, con la nueva metodología, Puebla pasó a ser de la entidad con mayor desigualdad al noveno lugar en este rubro.

Por más que el INEGI ha insistido en que no se pueden comparar estos cifras, Rafael Moreno Valle, gobernador poblano, asume que es un gran logro de su administración la reducción de la desigualdad. Pareciera que la pobreza hubiera desaparecido de un plumazo, aunque las condiciones de la población siguieran siendo las mismas. No hay nada que nos indique, además de la cuestionada encuesta del INEGI, que la situación del país ha cambiado. La credibilidad del instituto se ha puesto en duda y, además, se ha desechado una base de datos de más de 30 años que podría ayudar a crear políticas para disminuir la pobreza.