El feminismo indígena y la trata de personas, donde los conflictos se entrecruzan

En el marco del Día Internacional de la Mujer, mañana, el 8 de marzo, varios medios tratamos de construir una agenda informativa que haga lo propio: traer al frente los problemas a los que se enfrentan las mujeres en el país, los diferentes conflictos con los que se luchan a diario (que dependen y son atravesados por cuestiones de “color”, lenguaje y clase social) y la forma como han construido la resistencia a éstos. Si, como ocurre con el equipo de Plumas Atómicas, nuestras experiencias de vida y género no nos permiten conocer las formas como las mujeres se enfrentan a la violencia cotidiana, a la objetivización o a las microagresiones, no es nuestro papel dudar que existen, tampoco “educar” sobre feminismo ni catalogar uno de los muchos que son como “radical” (en el sentido peyorativo del término), como en últimas semanas ha ido ocurriendo a partir de varios acontecimientos y columnas de opinión.

En México (un país donde, diario, mueren siete mujeres al día en promedio; donde el feminicidio es uno de los crímenes más invisibilizados por las investigaciones mediocres y sesgadas de los Ministerios Públicos; donde buena parte de la violencia cotidiana contra la mujer -desde el acoso callejero hasta la violación conyugal- tampoco es vista), el feminismo es una práctica tan diversa y tan urgente como en cualquier otra parte del mundo. Estas mismas prácticas políticas y sociales dependen de las circunstancias y contextos desde los que se forman y con quienes se forman: si bien “el objetivo” en todos es la lucha por la igualdad para todos, los medios y el alcance de la misma idea de “igualdad” es tan diferente como es ser mujer en este país. (Vía: Gargallo, Feminismos desde Abya Yala)

La cotidianeidad de la vida indígena en México constantemente se ve atravesada por la violencia del Estado y del “crimen organizado”, sea éste aprobado o no por el gobierno (ejemplos sobran de refresqueras que secan ríos completos, o los cárteles, que fuerzan poblaciones completas a trabajar bajo sus órdenes). En esa mismo día a día, existen procesos de pensamiento feminista crítico de las formas de relación, no sólo con el Estado o dentro de la comunidad, sino, también, en diálogo con los feminismos urbanos y colonizadores criollos; estos “otros” feminismos se construyen a la par de la lucha por los derechos humanos y contra la violencia, y es un pensamiento colectivo que pasa por entre todas las condiciones que lo están configurando: clase, género, “raza”…

Ser mujer indígena, en este país, es, entonces, enfrentarse a una larga lista de “barreras” de manera cotidiana: la pobreza y exclusión histórica, la precariedad constante y el rechazo de los centros de poder tanto de la forma como se configura la sociedad indígena (que se reduce al “respeto” a sus “usos y costumbres”), como al descrédito constante -en algunas comunidades- por parte de los hombres de la misma. Sin embargo, en y por entre esa misma violencia cruzan mecanismos de resistencia: la defensa del pensamiento comunitario, de la acción horizontalizada y de la valoración del trabajo en conjunto, por ejemplo. (Vía: Gargallo, Feminismos desde Abya Yala)

Estos feminismos comunitarios se tienen que enfrentar, también, a la duda constante de otros feminismos: del académico, del urbano de clase media… Y ha sido un esfuerzo “nuestroamericano”, como lo nombra Gargallo, revalidarlo e ir escuchando, de verdad escuchando, las propuestas políticas y culturales que estas mujeres proponen: desde la defensa a ultranza de los derechos indígenas, ambientales y comunitarios, hasta su propia lucha por su supervivencia frente a grupos de poder armado, del Estado y del “crimen organizado”, como ocurre con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), las comunidades purépechas de Cherán y Tancítaro, o la lucha de las mujeres ñhäñhú por su liberación.

 

Esta lucha constante por los derechos de la mujer y de la comunidad indígena se cruzan en la vida cotidiana de millones de niñas y mujeres. Estas luchas permiten visibilizar sus resistencias y el trabajo que ellas mismas reconocen que hace falta: costumbres “arraigadas” y justificadas dentro de los “usos y costumbres” (por una autoridad del Estado que los respeta cuando implica que puede ignorar el problema) es, por ejemplo, el rapto con “intenciones de matrimonio”, como reporta una crónica de El Universal, en medio de la selva de Los Chimalapas, en la frontera entre Oaxaca y Veracruz.

Ciudades mexicanas completas, como Tenancingo, Tlax., son consideradas por diversas ONGs como “capitales” de la trata, y un buen porcentaje de las víctimas de ésta son adolescentes y niñas indígenas. Hombres buscan por los pueblos y comunidades por víctimas a las que seducen para convencerlas de dejar su casa y su comunidad y “huir” con ellos. Su condición de “invisibilidad”, casi de “cosa” para las autoridades, que no investigan el caso, de los clientes del comercio sexual y de sus mismos victimarios hace casi imposible su recuperación.

Raptos como el que narra Roselia Chaca, la corresponsal de El Universal, no son una caricatura revolucionaria, sino más complejos, pues involucra a la víctima saliendo voluntariamente de su casa, y tan reales como las miles de mujeres que, año con año, las redes de trata de Tenancingo “exporta” a los EE.UU. El caso de Priscila, la joven de 13 años, fue un caso extraño: no sólo fue liberada voluntariamente por sus captores, sino que pudo regresar a su hogar, aún con la estigmatización que podría sufrir de su comunidad.

El caso de Priscila, también, es extraño en una comunidad como la suya, un pueblo tranquilo en la orilla de la selva, donde toda su familia se ha entregado a la defensa de lo que queda de ella. Su abuelo, líder comunitario, y su familia completa se ha dedicado a buscar justicia por un hecho por el que el Ministerio Público y las autoridades locales simplemente lo creen “un rapto más” que se soluciona con “botanas y cervezas”, con una carpeta de investigación mal construida, ahora están luchando porque la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO) haga una investigación sobre los fallos y errores y omisiones judiciales. (Vía: El Universal)

En un país donde ser mujer pareciera ser un crimen; en un país donde ser indígena pareciera ser un crimen; en un país donde ser indígena pareciera ser un crimen, ¿quién investigaría un crimen cometido contra quien parece un criminal?