#DíaMundialDeLasCiudades: un mall no es una ciudad

Cómo se planifica una ciudad deja en evidencia lo que las autoridades (o la iniciativa privada) piensan de sus ciudadanos, de cómo utilizan el espacio público y como ellos mismos se relacionan con ella. ¿Qué dice la CDMX de la idea de Mancera y su gobierno?

Los parques, los monumentos, las plazas públicas de cualquier ciudad son símbolos a partir de los cuales imaginamos (y planeamos) la convivencia diaria, son espacios desde los que se puede construir la organización colectiva o que representan luchas comunitarias de largo aliento que siguen vigentes. Así, la planificación de estos espacios se convierte, forzosamente, en un acto político que define cómo pensamos (y qué pensamos) que es la ciudad.

Hace un poco más de un año, el gobierno de Miguel Ángel Mancera se enfrentó a uno de sus mayores retos para su idea de ciudad (en particular su “marca”: CDMX): la resistencia generalizada que vecinos, organizaciones y especialistas opusieron al proyecto del “Corredor Cultural Chapultepec” (CCCh) (vía: Horizontal). La discusión fue más allá de la viabilidad de una plaza comercial sobre una de las avenidas principales de la ciudad, sino que llegó hasta el centro de toda la política de urbanización del dr. Mancera: ¿cuál es la idea de ciudad sobre la que se va a planear el espacio público? Si bien esta resistencia provocó que se frenara el proyecto completo del CCCh, eso no ha hecho que decenas de centros comerciales monumentales que están en desarrollo por toda la ciudad sigan siendo construidos, planificados y abiertos.

Complejos comerciales, como Reforma 222, Oasis Coyoacán o Parque Toreo, son, al mismo tiempo, espacios públicos y privados, pues si bien les ofrecen a sus visitantes un lugar de convivencia, basan esta exclusivamente en el consumo y, al hacerlo, cualquier lógica de trabajo y colaboración comunitaria dentro de estos se cancela. Al mismo tiempo, contrario a un parque o una plaza, dentro de estos centros opera una lógica de exclusión apenas oculta: puede entrar cualquiera, siempre y cuando tenga la capacidad económica de costearlo (o que dé la apariencia de ello, pues el sesgo de clase pasa, constantemente, por el de raza).

Zonas completas de la ciudad operan ya como plazas comerciales: el desarrollo completo de Santa Fe y la última remodelación de la avenida Masaryk en Polanco son ejemplos sonantes de una política pública pensada hacia la privatización implícita del espacio público. Estas áreas se diseñan explícitamente para que operen como focos de atención: imanes turísticos y de inversión para una ciudad que, desde siempre, ha estado marcada por una planificación dispar.

Las grandes “remodelaciones” de las ciudades han operado siempre bajo una intención última: “recuperar” el espacio de la ciudad de quienes no la “respetan”: desde el París del barón de Haussmann (que, para construir la imagen que hoy en día tenemos de París, derruyó barrios completos), hasta las políticas de ocultamiento y “transporte” que, durante las olimpiadas de Río de este año, impidieron a miles de turistas y competidores ser molestados con la vista de las favelas paulistas. Ocurrió en México, desde el trazo de la avenida Paseo de la Reforma hasta la actual gentrificación desbocada de colonias como la Roma, Condesa y Centro.

Pareciera que, quienes tienen derecho a la ciudad no son los que la viven, sino los que la compran, los que pueden darle valor por lo que compran mientras la cruzan. Pensar la ciudad como una tienda, como una marca comercial que tiene que competir con otras en un mercado enorme de ciudades icónicas, lleva a dejar de pensar en políticas públicas que puedan hacer esa ciudad habitable en el día a día, que defiendan las particularidades identitarias de sus barrios y colonias, para cubrir con una sola manta, con cuatro letras enormes en sus sitios de mayor interés, con el fin de atraer inversionistas, de ser un hashtag fácilmente viralizable.

La ciudad no sólo es el espacio en el que trabajamos, o sólo el espacio en el que nos movemos; es también el lugar desde el que construimos nuestra propia identidad, nuestra idea de sociedad y, por tanto, nuestro lugar en el mundo. Es nuestro derecho un espacio público que, de serlo de verdad, enriquezca nuestra comprensión del mundo a partir del encuentro de todos, a partir del diálogo y de ver el rostro de otras personas con las que y gracias a las que y desde las que construimos comunidad.

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