Cuando 8 tienen lo mismo que la mitad de la humanidad, ¿alcanza llamarlo “desigualdad”?

Hace un año, la ONG Oxfam lanzaba un estudio en el que concluía que alrededor de 65 personas reunían la misma riqueza que la mitad de la población mundial. Menos de cien tenían lo de 3.5 mil millones de seres humanos. Ahora, a principios de 2017, el estudio se actualizó: ocho hombres (porque todos son hombres) tienen lo que 3.5 mil millones. Cuando la diferencia es tan amplia, tan grosera, ¿de verdad se puede seguir defendiendo un sistema económico que incrementa esta desigualdad?, ¿de verdad hay alguna forma de encontrarle sentido?

Hace un año, tras la publicación de la investigación -dirigida en México por Gerardo Esquivel-, el principal accionista de Tv Azteca, Ricardo Salinas Pliego, publicó en El Financiero un breve artículo que responde que sí, sí hay formas de encontrarle sentido, sí hay formas de defender un sistema como el actual, aunque sus argumentos se desarmen apenas se leen. Para Salinas Pliego, la riqueza está satanizada, y estudios como los de Oxfam sólo se producen a partir de la envidia de quienes no tienen, porque no tienen talento (o lo han desperdiciado):

“La envidia es un sentimiento corrosivo que destruye a quien la promueve y a quien la padece. Basar nuestras políticas públicas en este nefasto sentimiento sólo nos llevará al fracaso. De la misma forma, me queda muy claro que atacar a los empresarios, lejos de resolver la pobreza, nos hundirá en la miseria.” (Vía: El Financiero)

Si bien esta nota no es sobre las palabras de Salinas Pliego (que Gerardo Esquivel desarmó en un artículo en respuesta), es necesario regresar a la pequeña polémica que se desató para no caer en los errores del presidente de Fundación Azteca y pensar que la crítica a un sistema político-económico es lo mismo que atacar a una persona.

Demonizar y tachar de criminales a los ocho que apunta el estudio de Oxfam no sólo es caer en el mismo error de Salinas Pliego, sino que es cancelar toda posibilidad de leer esta diferencia como un problema sistémico: hay todo un sistema de leyes, de gobiernos, redes de amistades y familiares que han permitido que esa distancia siga acrecentándose, lo mostraron los #PanamaPapers cuando el consenso internacional fue que no había delito que perseguir porque cada una de las transacciones, cada uno de los dólares y los pesos que las empresas elidieron fueron legales. En palabras de Mark Goldring, economista de The Guardian:

“Entonces, ésta no es una pieza de denuncia contra ocho personas, lo es contra un sistema económico roto. Para reducir la distancia entre los más ricos y el resto, tenemos que tomar un reto más grande que pedirle a estos ocho que cambien su conducta. Necesitamos, para lograrlo, crear una economía más humana, una que no termine produciendo un 1% de la población teniendo la misma riqueza que el otro 99%. Una que promueva y recompense el emprendedurismo  y la innovación, sí, pero que también ofrezca a todos, sin importar su origen, una oportunidad justa en la vida y que asegure que, cuando los individuos y los negocios triunfen, lo hagan en beneficio y no a costa de otros.” (Vía: The Guardian)

Para que haya un sistema legal que permite protecciones como las evidenciadas el año pasado, es necesario que se construya una forma particular de pensar la riqueza y la pobreza: como fruto del esfuerzo, de la “visión” y “talento” de ciertos individuos que, comenzando con nada, han logrado construir emporios que, hoy, están valuados en miles de millones de dólares. Así, la riqueza no sólo es una “recompensa” por el trabajo de años, también es algo “natural”, el manido argumento de que “siempre ha habido ricos y pobres”.

Bajo la misma lógica, entonces, ser pobre, no tener nada, es un fallo moral y personal: la pobreza, la desigualdad se solucionan con medidas filantrópicas, con altruismo y discursos desde Davos, la pobreza no es un producto sistémico, ni el incremento de la brecha de desigualdad es parte de ese mismo sistema que continúa reproduciéndose no a partir de “la mano invisible del mercado”, sino a partir de decisiones de intereses económicos con un pie firmemente plantado en lo político (no visceversa). (Vía: Jones, Chavs)

Esta brecha de desigualdad es un problema para la reproducción del mismo sistema que la produce: la competencia en países como el nuestro, por ofrecer menos regulaciones laborales, ambientales y de salario a las empresas podría resultar en un incremento corto (quizá a mediano) plazo: como se vio en los primeros años después de la firma del TLCAN: plantas automotrices y maquilas traían empleos a regiones con tasas de desempleo crecientes, “desarrollo” industrial que era acompañado de mejora de servicios y una pequeña y mediana industria que, al mismo tiempo, sostienen a las grandes empresas transnacionales establecidas en la región. Pero, como apunta el premio Nobel de economía, Joseph E. Stiglitz en La gran brecha, la reducción de los salarios hasta niveles debajo de lo vivible cancelan el comercio interno, terminan estancando a la economía de todo un país, pero favorecen a las empresas, que logran, año con año, ganancias multimillonarias partir de “producir barato”. En esa situación estamos ahora: cuatro mexicanos tienen la riqueza que media población nacional, mientras que hace mucho que el salario mínimo dejó de ser suficiente para una vida vivible. (Vía: Stiglitz, La gran brecha)

Sin Embargo, en septiembre del año pasado, reportaba cómo varias empresas pagan menos impuestos (en cuanto al porcentaje que dan al Sistema de Administración Tributaria de sus ganancias) que sus mismos empleados; contrario a la idea de una tasa impositiva que cobre más a aquellos que ganan más (sean personas o empresas), la principal carga impositiva la reciben quienes les afecta más. Contrario a lo que Salinas Pliego defendía en sus artículos para “defender a los millonarios”, éstos lo son no por sus esfuerzos, sino por sus redes de poder económico y político que han construido gracias al contexto en el que crecieron y fueron criados y, también, por un Estado que, en palabras de José del Tronco Paganelli, en entrevista para Sin Embargo:

“En una democracia, uno de los principales instrumentos por medio de los que los Gobiernos pueden reducir la desigualdad o redistribuir el ingreso son los servicios tributarios y, en principio, esta primera fotografía, esta noticia, lo que nos dice es que lejos de redistribuir la riqueza, la política tributaria de este Gobierno lo que hace es concentrarla más, porque dejamos de cobrar impuestos a quienes se benefician de negocios millonarios, y la carga impositiva se aplica sobre los pequeños contribuyentes” (Vía: Sin Embargo)

Hoy, ocho hombres tienen lo de 3.5 mil millones, y en 20 años, según Oxfam, heredarán más de 40 billones de dólares a sus herederos. De nuevo, más que “satanizar la riqueza”, más que condenar a aquellos que la reúnen, lo que es urgente, como sociedad, es repensar los marcos legales, económicos y políticos desde y a partir de los cuales se regula (y legitima) la riqueza.

Lo más “curioso” de todo, es que estos marcos, estas regulaciones y esta “otra” forma de pensar la relación entre pobreza y riqueza ya ha aparecido antes: tras la Gran Depresión del 29, no sólo el gobierno de los Estados Unidos, también a nivel internacional una ola de nuevas reformas exigieron y regularon a los magnates, proveyeron una red de apoyo para las comunidades pobres y dejaron de pensar que su condición era natural, ya fuera por cuestiones de raza u origen, sino que, en muchos países, se reconoció el fallo radical del sistema que abandonó a millones. 

¿Será que, como repite constantemente Ernesto Laclau, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?

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