Las marchas nuestras de cada día

Todo indica que en México conocemos de sobra el fenómeno de las marchas como mecanismo de protesta y de inconformidad. O, al menos, podemos hablar de ellas como uno de esos pocos fenómenos masivos que constatamos, mínimamente, dos veces al mes. Tan sólo en la Ciudad de México, durante la semana que concluye, fuimos testigos de tres importantes movilizaciones: la del personal médico –que se reprodujo en 82 ciudades del país–, la XXXVIII marcha LGBTTTI –sobre la que fuentes oficiales calculan una asistencia de 200 mil personas–, y la marcha de este domingo convocada por los padres de los 43 alumnos normalistas desaparecidos en Ayotzinapa y la CNTE. Es muy probable que en alguna de ellas haya participado activamente un familiar, un amigo o nosotros mismos. Casi tan probable como que alguno de los mismos se haya visto afectado por dicho suceso.

Pero más allá del testimonio, del cuestionamiento o el repudio abierto a las marchas multitudinarias, hay una historia que parece avalar la esperanza o la promesa que las sostiene.

Una de las marchas más significativas de la historia fue la Marcha sobre Washington –el 28 de agosto de 1963– organizada por A. Philip Randolph y encabezada, entre otros, por Martin Luther King, quien pronunciaría su famoso discurso Tengo un sueño. Una marcha con la que la comunidad negra de Estados Unidos presionaría a los congresistas a votar las leyes necesarias para combatir la desigualdad racial y la discriminación a la que por años había estado sometida. La Marcha sobre Washington pasaría a los anales de la historia como la marcha más concurrida hasta entonces en los Estados Unidos –en la que, según el New York Times, asistieron más de 200 mil personas, y el motivo fundamental de que al año siguiente se aprobara la Ley de los Derechos Civiles.

Teniendo lugar en la India durante el año de 1930, La marcha de la sal también ha quedado registrada como una de las más exitosas. Dirigida por Mahatma Gandhi, la marcha recorrería cientos de kilómetros –desde el 12 de marzo hasta el 5 de abril– concluyendo en la costa del Océano Índico. La de Gandhi sería una movilización absolutamente pacifica que buscaba romper con el monopolio inglés que se mantenía sobre el uso de la sal –estipulado en la Ley de la sal– y, por supuesto, independizar a su país. Tras la protesta, dicha ley se derogaría y el proceso independentista iniciaría.

En el caso de Latinoamérica, la marcha De los Cuatro Suyos, efectuada entre el 26 y 29 de julio del año 2000 en Perú, expresó un repudio absoluto a las prácticas dictatoriales del presidente Alberto Fujimori, quien tres días más tarde juraría como presidente por tercera vez consecutiva. Una “reelección” que se realizó en un clima lleno de dudas y que provocó que centenares de peruanos de todo el país marcharan ante el Congreso de la República para repudiar el fraude de su gobierno. Y aunque los resultados de la movilización no fueron inmediatos, ésta se convirtió en el principal símbolo de la resistencia y la inminente caída de Fujimori.

Sin embargo, sería ingenuo pensar que esta modalidad de protesta sólo ha registrado éxitos, pues en la mayoría de los casos las demandas de los inconformes no son resueltas, las problemáticas se agudizan y frecuentemente las divisiones internas llegan más pronto que el cansancio. Lo peor de todo es que, además, una buena parte de ellas concluyen con formas variadas de represión gubernamental o con una simple recomposición de intereses turbios. A pesar de ello, siempre parece haber alguien dispuesto a salir a las calles, a sostener un cartel y a gritar consignas apostando a esa solidaridad catártica que sólo es posible encontrar en el codo a codo de una multitud que comparte el reclamo.