La estrategia política detrás de la comparación AMLO-Trump

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Las recientes declaraciones de Donald Trump respecto a la posición que tomará si no se ve favorecido en los resultados de las próximos comicios de noviembre han tenido un fuerte impacto en México, tanto que se han intensificado las comparaciones, generadas desde hace tiempo, entre el actual candidato republicano y el eterno aspirante a la presidencia Andrés Manuel López Obrador. Esta problemática es observable desde distintas aristas, por una parte desde la discusión respecto a la posibilidad de hacer dicha equiparación, es decir, desde el análisis de las probables similitudes y diferencias entre ambos personajes.

Por otra parte, también es posible establecer observaciones que tengan como objetivo la reconstrucción de la coyuntura en términos de las agendas que están en juego dentro de la opinión pública. Este tipo de observación nos llevaría a analizar problemas que nada tienen que ver con si “de hecho” hay similitudes entre Trump y AMLO, más bien nos llevaría a preguntarnos sobre el sentido, las intenciones y los intereses implícitos y no implícitos que tienen dichas comparaciones, para de ahí poder hablar de las formas en que se están construyendo entornos y ambientes dentro del contexto particular del sistema político mexicano para generar estrategias hacia la campaña presidencial de 2018.

Hasta ahora, gran parte de las comparaciones entre Trump y AMLO se refieren a acciones (dichos sobre todo) y dejan de lado los contextos y la estructuras en que estas acciones se llevan a cabo. De tal forma, dichas construcciones tienen cierto grado de simplismo, ya que es necesario observar el problema desde modelos más integrales que reconcilien el enfoque estructural y el de la acción social, estas propuestas sugieren que la acción y la estructura deben ser entendidas como parte de un mismo proceso, es decir, ambas dimensiones de lo social se afectan mutuamente y son parte de un mismo fenómeno, de una misma cosa, por tanto, la división que se generada es artificial, producto de cuestiones analíticas y no propiamente empíricas.

En ese sentido se debe tomar en cuenta la noción de contexto para poder así comprender las acciones en un marco en donde se presentan elementos institucionalizados. De ahí, es posible observar a las  instituciones en términos de su desarrollo y solidez a lo largo del espacio y el tiempo, puestas en relación con las distintas acciones que al mismo tiempo las afectan, actualizan y solidifican.

Dicho todo esto, es posible establecer diferencias sustanciales en el caso de las instituciones políticas de México y Estados Unidos, particularmente las que operan en sus respectivos sistemas  electorales, esto quiere decir que la solidez institucional es distinta para cada sociedad, de ahí que sus actores políticos calculen y operen de forma distinta, con base en las expectativas generadas por el sistema.

De tal manera, puede resultar problemático hacer una comparación lineal y simplista entre Trump y AMLO basada  simplemente en las declaraciones formuladas por el candidato republicano en relación a la descalificación de las elecciones, en donde alega un complot y una conspiración de las corporaciones, los medios de comunicación y la clase política en su contra para inclinar la elección a favor de su contrincante.

Particularmente este caso parecería ir, en apariencia, en la misma línea a lo hecho por AMLO durante casi dos sexenios, pero no es del todo preciso si situamos cada declaración en su debido contexto; hay que aclarar de antemano que esto no elimina la posibilidad de establecer otro tipo de comparaciones que van más allá del contexto, es decir, equiparaciones más abstractas y mucho más tipificadas. Sería un error grave asumir que la observación del contexto es la única posible, o peor aun sostener que es “el” elemento determinante para la observación y comprensión de lo social.

Fuera de eso, la contextualización nos permite observar que hay distintos grados de legitimidad en lo dicho por Trump y en lo dicho por López Obrador en su tiempo.

Es innegable que las instituciones democráticas y políticas de México son mucho menos sólidas que las de Estados Unidos (con esto no afirmamos que el sistema norteamericano no tenga problemas), debido, no solo a que nuestra democracia es mucho más joven, sino también a que el sistema social y político mexicano tiene un problema anómico de corrupción, el cual vuelve legítimo el cuestionamiento a las instituciones.

De esta forma, las declaraciones de Trump resultan absurdas si observamos al mismo tiempo las estructuras e instituciones políticas y electorales norteamericanas, las cuales están bien sedimentadas, han sido históricamente estables, han sido funcionales y no sufren de problemas anómicos que permitan sospechar que no se respetará la voluntad popular. Por otro lado, AMLO opera dentro de instituciones y estructuras más endebles, menos sedimentadas y con graves problemas de corrupción a niveles anómicos.

De ahí que resulten legítimos algunos de los cuestionamientos que ha formulado contra los resultados electorales, en otras palabras, las dudas de López Obrador son razonables si tomamos en cuenta que las prácticas al margen de la ley son recurrentes en el sistema electoral de nuestro país, de ahí que sea posible dudar de la fiabilidad de procesos en donde hay  compra de votos, así como presión de grupos con intereses particulares como el crimen organizado, los movimientos y organizaciones sociales, los sindicatos y las cúpulas empresariales, en donde cada uno moviliza sus recursos disponibles para incidir en los procesos.

Por otra parte, es innegable también que en la opinión pública no solo hay un interés de tipo analítico en el hecho generar esas comparaciones, sería ingenuo pensar solo de esa manera, sino que hay intereses políticos de por medio. Tales intereses buscan afectar el entorno del sistema político con la finalidad de construir una especie de ambiente turbio, que genere sensaciones de incertidumbre y polarización, en donde quien sea que compita contra AMLO pueda ser visto como la opción más viable -gran estrategia si es pensada desde la realpolitik-.

Dicho todo esto, es necesario dejar claro que el objetivo es complejizar el problema de las comparaciones entre AMLO y Trump, es decir, salir del simplismo del análisis superficial que ha promovido la opinión pública.

No obstante, no hay que confundirnos, no se trata de victimizar a AMLO, ni de alimentar su discurso  de complots y la conspiraciones, ya que también es posible observar  atributos autoritarios, demagógicos y populistas, en la forma que opera políticamente, que hace más sencillo establecer esas comparaciones para sus contrincantes.

 Esto quiere decir que tampoco es posible sostener que el contexto del sistema político mexicano justifique y dote de legitimidad a todas las acciones de AMLO, no justifica declaraciones como “al diablo las instituciones”, acciones como el plantón de Reforma o la ocurrencia de autoproclamarse “presidente legítimo de México”, acciones y declaraciones que ponen en tela de juicio una intención genuina de mejorar y fortalecer las instituciones democráticas.

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