La democracia directa no es tan obvia

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En el último año han habido dos grandes procesos electorales que hicieron uso de la democracia directa, específicamente del referéndum, para tomar decisiones trascendentales que no solo iban a tener un impacto en sus respectivas naciones, sino que también en todo el mundo. Dichos procesos fueron por una parte el llamado Brexit, en donde se consultó al voto popular si el Reino Unido debería permanecer en la Unión Europea y, por otra parte el referéndum llevado a cabo en Colombia en relación a la firma de los acuerdos de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP).

Los resultados de ambos comicios no fueron los esperados por los principales observadores y por las encuestas en donde parecía que iban a triunfar por un lado, el “NO” respecto a la posibilidad de que Reino Unido abandonara la Unión Europea; y por otro lado en donde pronosticaban una victoria del “SÍ” para la firma de los acuerdos de paz en Colombia. Los resultados fueron sorpresivos, ya que para muchos analistas o ciudadanos informados la respuesta correcta para los referéndums eran una mera obviedad, la cual, evidentemente no se cumplió, en consecuencia muchos empezaron a cuestionar la plausibilidad y la funcionalidad de la democracia directa para la toma de decisiones de tal importancia.

Los principales argumentos que cuestionan a la democracia directa sostienen principalmente que hay una imposición de las mayorías sobre las minorías, es decir que las minorías se ven sometidas a una especie de dictadura de las mayorías. En ese sentido, apuntan que dichas mayorías operan a partir de criterios basados en la desinformación que apelan a cuestiones mucho más emocionales que racionales, para decirlo en términos más formales, apelan al principio aristotélico de la demagogia como forma degenerada de la democracia para explicar la derrota de lo que según ellos es una decisión obvia. En síntesis, lo que se está afirmando, siguiendo estos argumentos, es que la ciudadanía no tiene ni el criterio, ni el conocimiento para el ejercicio democrático de la toma de decisiones, por lo que el sistema político representativo debe ser aquel facultado para resolver tratar esos temas y resolver dichas problemáticas.

En el fondo podemos observar que dichos argumentos por un lado muestran un profundo autoritarismo, basado en explicaciones que operan bajo el criterio reduccionista de la autoproclamación de pertenencia al bando de lo correcto, lo bueno y lo verdadero.  Por otro lado, podemos señalar que a nivel analítico resultan insuficientes los diagnósticos que ofrecen explicaciones simplistas sobre el análisis de la acción de los sujetos en el sistema social, político y económico, los cuales dejan fuera elementos que operan simultáneamente a la acción como son aquellos que refieren a nociones de estructura, agencia, cálculo racional, valores y contexto sociocultural.

Tales conceptos nos permiten generar observaciones mucho más distanciadas de lo que de primera mano parecería que son una obviedad, dicho de forma más específica, el uso de conceptos analíticos posibilita la construcción de observaciones de segundo orden, en el sentido fenomenológico que Edmund Husserl y posteriormente Alfred Schütz le dieron a dicha acepción, la cual, de manera muy sintética refiere a la generación de observaciones que ponen entre “paréntesis” el mundo práctico natural o mundo de vida cotidiana, esto quiere decir de manera muy simple que es posible tomar distancia analítica de los hechos a partir de la suspensión del “continuum” de nuestras propias acciones y observaciones cotidianas, que operan desde el conocimiento de sentido común intersubjetivo, con el fin de generar observaciones más especializadas con un mayor nivel de abstracción.

Dicho todo esto, tanto el Brexit como la firma de los acuerdos de paz en Colombia se nos presentan como fenómenos de alta complejidad que no son explicables a partir de obviedades que apuntan más a la descalificación a partir del “deber ser” que a las explicaciones desde el “ser”, esto debido a que más bien son fenómenos de alta complejidad que representan  una polarización social, más que la imposición de mayorías sobre minorías, ya que habría que recordar que las elecciones fueron muy cerradas y los ganadores lo hicieron por un margen mínimo. En ese sentido presentaremos algunos argumentos para explicar que las acciones y decisiones tomadas en los referéndums fueron racionales, por tanto pueden ser explicadas en términos de las motivaciones y expectativas que van de lo axiológico a lo instrumental; de tal manera, el hecho de que podamos estar de acuerdo o no con dichos motivadores a niveles ideológico-políticos, no quiere decir que la elección y la decisión tomada a través del voto carezca de legitimidad.

 

Tomemos el ejemplo de Colombia, que es el más reciente, ahí pudimos observar que hubo críticas -sobre todo de sectores de la izquierda progresista- hacia el triunfo del rechazo a los acuerdos de paz y a la baja participación de la ciudadanía en el referéndum, estos señalaban que triunfo del “NO” para llegar a una paz duradera era un retroceso histórico, acusando de estúpidos a los votantes que rechazaron los acuerdos. Pero hay que recalcar, el triunfo del “NO” nada tiene que ver con la manipulación conservadora o la estupidez ciudadana, no, tiene que ver con algo totalmente racional y fundamental que es la exigencia de justicia y el rechazo a la impunidad. 

Parece ser que esos críticos acérrimos del “NO” olvidaron los crímenes cometidos por las FARC en las últimas décadas que van desde el secuestro y el asesinato, hasta la protección de cárteles y el tráfico de drogas. De tal forma, muchos sectores de la población rechazaron ese ideal de la paz por sobre todas las cosas, de la paz sin justicia, es decir, de la paz con impunidad. Hay que decir que era insostenible la propuesta de armisticio del gobierno para muchos sectores, era inaceptable la amnistía, la asignación de recursos públicos y la legitimación política de un grupo criminal como las FARC-EP, esos argumentos nada tienen que ver con la ignorancia y la estupidez, todo lo contrario, tienen que ver con la memoria histórica, con cuestiones racionales relacionadas al estado de derecho, con valores de justicia.

En síntesis, la democracia debe ser observada de manera compleja, más allá de los valores del ideal de lo políticamente correcto, trascendiendo los simplismos de lo correcto/incorrecto, buenos/malos, que solo develan cuestiones obvias, meras apariencias producto de la ideología, diría Marx, cuando de lo que se trata es de observar el mundo de lo subyacente, de aquello que no se muestra a simple vista. Es necesario darle cierta agencia a los sujetos, esto quiere decir, cierta racionalidad y cálculo en sus acciones, no son simplemente títeres que actúan mecánicamente por la manipulación de estructuras de poder.

 

 

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