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¿Intolerancia a la intolerancia?

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La razón es uno de los rasgos distintivos de la humanidad, y es entendida como una potencia o una capacidad que se manifiesta de distintas maneras dependiendo del contexto sociocultural en un sentido tanto sociológico como antropológico, a dicha manifestación se le conoce como racionalidad, es decir, la racionalidad es la forma particular en que opera esa capacidad humana llamada razón, y el lenguaje es la forma en que se materializa de forma diversificada. De tal manera, el pensar, el actuar y el decir pueden ser entendidos como partes de un mismo proceso,  esto quiere decir que el lenguaje es fundamental para la comprensión no solo de las acciones humanas, sino también, en un sentido más amplio, de la cultura y la sociedad, toda vez que este materializa formas de ver y comprender el mundo en un sentido epistemológico y ontológico, dicho de otra forma, cada lenguaje manifiesta una idea por una parte sobre lo que es de hecho el mundo y por otra parte sobre cómo es posible conocerlo, explicarlo o interpretarlo.

Dicho todo esto, podemos decir que el mundo es una Torre de Babel, un mundo de diversidad lingüística, de distintas formas de visualizar el mundo, de simbolizarlo, de explicarlo y de interpretarlo, dicho de forma más específica, el mundo humano es “de hecho” cultural y lingüísticamente diverso. En ese sentido podemos decir que la ciencia, el arte, la religión y demás son juegos de lenguaje con reglas de uso particulares que conforman en un sentido más amplio, formas de vida, en el sentido que da Wittgenstein y posteriormente Peter Winch al término. De tal forma, la religión -por ejemplo- puede ser entendida como un juego de lenguaje particular que genera representaciones y explicaciones particulares del mundo, en consecuencia, dios existiría tanto social como lingüísticamente en la medida en que los sujetos, por un lado, actúan bajo ciertas reglas y, por otro lado interpretan y explican su mundo bajo los principios de dicha forma de vida.

Esta concepción se encuentra en tensión con las visiones universalistas de lo social, las cuales desde principios metafísicos y trascendentales asumen los postulados de igualdad y libertad, con todas sus implicaciones, como los ideales a alcanzar en todas las sociedades, dicho de otra manera, se comprometen con una visión teleológica del mundo; estas visiones son producto de la tradición liberal más clásica, la cual asume como puntos de partida las nociones de individuo y de libertad, tanto en un su dimensión analítica, como programática; en su dimensión analítica encontramos modelos filosóficos, económicos, politológicos y sociológicos que derivan en tradiciones como el utilitarismo, el pragmatismo, la elección racional, etc. Por otra parte a nivel de proyecto político tenemos al derecho positivo y a los derechos humanos como grandes ejemplos de la proclamación del individuo como punto de partida, como centro, del cual derivan principios jurídicos y políticos universales.

Las llamadas sociedades modernas occidentales operan -ontológicamente hablando- bajo el principio de la primacía del individuo en el sentido liberal del término,  en donde la concepción de libertad individual debe ser garantizada por el estado y el sistema jurídico. Asimismo, desde el sentido común o el conocimiento medianamente especializado se asumen las nociones de progreso y evolución como las principales cualidades de lo social, esto quiere decir que se concibe un principio teleológico del mundo, el cual es herencia de la tradición científica positivista del siglo XIX que concebía  lo social, históricamente hablando, como la superación de distintos estadíos (Comte) que tienen una direccionalidad concreta hacia cuestiones asociadas al bien social y económico sustentado en el ideal de conocimiento técnico y científico -acumulativo- como el mecanismo liberador de la sociedad.

Dicho principio teleológico es asociado al ideal de evolución entendido como una tendencia de lo social hacia la armonía, es decir, que el concepto de evolución es despojado de sus principios teóricos originales y es utilizado indiscriminadamente para referir a un ideal tergiversado de transformación social, que tiende a asociar causalmente el aumento y desarrollo del conocimiento científico y técnico con valores e ideologías progresistas referentes a la erradicación de los males de la humanidad; de ahí expresiones recurrentes como: “en pleno siglo XXI…” o “hay grupos o sociedades que deberían evolucionar y pensar… tal como lo hacemos nosotros”.

Es posible dejar de lado ese evolucionismo etnocentrista de occidente que piensa en términos de progreso -como si la direccionalidad de todas las culturas debiera tender hacia los valores y prácticas de la forma de vida occidental- y sustituirlo por un concepto científico que apunta, sí a la transformación, pero a una que no tiene direccionalidad, que opera como la probabilidad dentro de lo improbable, como evolución y complejización del sistema social en términos de su diferenciación operativa, dicho de manera más concreta, podemos optar por un concepto de evolución libre de teleología y preceptos morales, un concepto libre de humanismo tal y como sugiere Niklas Luhmann.

Desde este punto de vista observaríamos que la sociedad occidental es una sociedad altamente diferenciada tanto en términos sistémicos, como en términos culturales; es una sociedad en donde hay una tensión constante entre valores tradicionales e ideales de modernidad asociados a valores liberales y progresistas, dicho de otra manera, occidente está conformado por muchos mundos que convergen al mismo tiempo, esto deriva en que al mismo tiempo surgen diversas interpretaciones del mundo que pueden entrar en conflicto entre ellos.

Desde esta concepción de evolución y diferenciación es posible explicar -sin caer en absurdos morales- distintos códigos que son calificados por el sentido común y por discursos progresistas medianamente informados como de retrógradas, medievales, del pasado, poco evolucionados y demás adjetivos que caen en la paradoja de la intolerancia a la intolerancia. Un ejemplo actual para explicar esta problemática tiene que ver con las críticas de grupos progresistas hacia las marchas y manifestaciones en “defensa de la familia” organizadas por grupos religiosos y conservadores que se oponen al matrimonio igualitario entre la comunidad LGBTTTI, con el argumento de de que dichas ideas son inconcebibles e intolerables por retrógradas, intolerantes  y medievales.

Hay que dejar claro que aquí no vamos a defender el contenido particular de las ideas de los grupos conservadores, simplemente se va a criticar la posición progresista de consigna que defiende a ultranza la libertad y la pluralidad, pero en el fondo reproduce prácticas y discursos de intolerancia y autoritarismo similar al de los grupos que critican. Esto quiere decir que hay un punto de contradicción en las acciones y discursos de estos grupos progresistas, ya que la defensa de la libertad implicaría también la libertad a disentir, estemos o no de acuerdo con el punto contrario, sea o no políticamente correcto, o, sea tolerante o no, siempre y cuando no viole el derecho y la libertad de otros, es decir, es contradictorio exigir libertad por un lado y censura por el otro.

La resolución del conflicto no se encontraría en la confrontación y la censura contra los grupos conservadores, sino en la exigencia al Estado respecto al respeto al derecho a la libre asociación entre particulares, lo cual aclararía que el matrimonio civil es una asociación y no una institución. Esto quiere decir que a partir de la diferenciación y evolución del sistema social en occidente, se puede no solo distinguir entre lo público y lo privado, sino entre la diferenciación operativa entre el sistema político, el sistema jurídico y el sistema religioso, de ahí que resulte absurdo defender el argumento de que el código que autorregula al sistema religioso, regule a los sistemas jurídico y político, lo que implicaría una des-diferenciación social, es decir, una reducción de la complejidad funcional y sistémica y un aumento de la contingencia y la complejidad social.

Por otra parte, habría que decir también que los principios progresistas que defienden los matrimonios igualitarios no atentan contra la libertad de los grupos conservadores y religiosos a contraer matrimonio y a formar familias como sus creencias y representaciones del mundo les dicta hacerlo. En síntesis, la discusión está en el plano de lo público, por lo que es necesario poner en la mesa los distintos argumentos de las partes, dicho en otros términos, es necesario apelar al diálogo racional (Habermas) que es un principio fundamental de todo sistema democrático; por tanto es mucho más funcional poner en juego distintas tesis y argumentos con la finalidad de que sean validados o falseados por la comunidad (ahí los conservadores se verían muy limitados en términos de la validez de sus principios), y no al terreno de las consignas, propias del activismo y la militancia, que solo reducen problemas de interés público a meras descalificaciones.

En conclusión, debemos de ser congruentes y consecuentes con la defensa a la libertad, ya que a pesar de que en términos de la actual configuración sistémica de la sociedad el argumento de los grupos conservadores es rebatible fácilmente, resultan contradictorios algunos argumentos autoritarios e igual de absurdos en sentido contrario, que buscan callar a las voces que disienten con lo políticamente correcto, con la libertad -como sea que ellos la entiendan- y con el progresismo evolucionista, teleológico y moralino más ramplante. La libertad, como señalaba Kant, está limitada por los límites de la libertad del otro, hay que entender que las manifestaciones en defensa por la familia  tienen ciertos  grados de intolerancia, pero, las respuestas en el sentido político también los tienen, por lo tanto, el límite se encontraría en la dimensión de los jurídico en función de garantizar de libertad de todos, esto quiere decir que se debe, sí, garantizar el matrimonio igualitario como un derecho, pero también se debe garantizar la libertad a disentir sobre éste, respetando la libertad de culto, que lleva consigo la libre expresión de puntos de vista y explicaciones basados en la doctrina religiosa de cualquier índole.

De tal forma, lo congruente es cerrar el círculo recursivo de la intolerancia frente a la intolerancia  que deriva en el proyecto de “obligar” a todos a ser libres -es decir obligar a que todos adopten un ideal de libertad-, es solo mediante las observaciones de segundo orden como es posible romper con esos discursos de militancia -en ambos bandos- de sentido común, dicho de otra forma, las observaciones científicas son aquellas que nos permiten tomar distancia frente al fenómeno, de ahí la posibilidad de observar y reflexionar sobre las paradojas surgidas de problemas como este, todo esto por el carácter epistemológico de la ciencia para generar meta observaciones, y no por la falsa ideal de neutralidad valorativa y de evolución moral. Asimismo, tanto las manifestaciones por la defensa de la familia tradicional, como las que respaldan el matrimonio igualitario y la adopción entre personas del mismo sexo, son saludables para nuestro sistema democrático, es importante que el estado garantice la libertad de la ciudadanía a expresar públicamente sus ideas, por supuesto siempre dentro de los marcos de la ley.