Mientras se acerca el fin de año, hay que estar allí, en lo profundo de los Balcanes, y ver con los propios ojos a los kukeri, para sentir todo el peso y el misterio de una cultura que persiste a pesar de los siglos de impronta judeocristiana, escribe el periodista y fotógrafo Esteban González de León en su crónica publicada por Gatopardo.
Razlog: el escenario de una tradición milenaria
Razlog es una ciudad de poco menos de 20 mil habitantes en el suroeste de Bulgaria. En apariencia, los días previos al Año Nuevo transcurren con calma: familias pasean por el centro, los niños juegan futbol y la decoración navideña marca el ritmo cotidiano. Sin embargo, al caer la noche, el silencio se rompe. A mitad de la noche, en el último tramo hacia el Año Nuevo, el sonido de campanas, tupanes y zurnas […] así como el bullicio de la gente, rompen el silencio
, detalla González de León en su texto.
Ese momento marca el inicio del Nakachane, una palabra que en búlgaro significa “ponerse las campanas”. Se trata de una serie de procesiones organizadas por los seis barrios que conforman la ciudad y que funcionan como antesala de la Surva, considerada la festividad más grande y alegre de Bulgaria.
Los kukeri, figuras centrales del ritual
Los protagonistas del Nakachane y de la Surva son los kukeri. Visten trajes confeccionados con piel de cabra o borrego, portan máscaras o gorros, colas de caballo y enormes campanas sujetas a cinturones de cuero.
El autor señala que estos personajes están al centro de esta tradición pagana que tiene al menos dos mil años de historia y, se presume, sería la tradición viva más antigua de Europa
.
El origen y el significado de los kukeri siguen siendo motivo de debate académico. En la crónica se explica que forman parte de culturas paganas asociadas con rituales de fertilidad y con la supervivencia de comunidades precristianas
en Europa oriental, mucho antes de la consolidación del cristianismo en la región.
El joró y la protección de la comunidad
Durante las procesiones, los kukeri no marchan solos. Los habitantes de cada barrio se toman de las manos y bailan en círculos una danza conocida como joró. Este círculo representa a la comunidad y, de acuerdo con la tradición descrita en el reportaje, debe ser rodeado por los kukeri, quienes “simbólicamente los protegen de los malos espíritus”
.
El artista local Assen Botev, citado por González de León, explica que estos rituales responden a una visión del mundo en la que los límites entre lo material y lo inmaterial se diluyen. Especialmente estos días, del 21 de diciembre al 6 de enero, consideramos estas barreras entre los diferentes universos […] como una red
, afirma Botev en la crónica.
De los tiempos paganos al siglo XXI
Aunque Bulgaria es hoy un país mayoritariamente cristiano ortodoxo, la Surva y los kukeri se mantienen al margen de la tradición cristiana. El texto recuerda que estas prácticas provienen de culturas paganas anteriores a la formación del Estado búlgaro, con antecedentes que se remontan a pueblos como los tracios, que habitaron la región desde al menos el 3000 a. C.
A lo largo de los siglos, la tradición sobrevivió a imperios, ocupaciones y regímenes políticos. Incluso durante el periodo socialista del siglo XX, cuando el gobierno prohibió la Surva por su raíz pagana,
la comunidad continuó celebrándola de forma clandestina. Lo tribal es más poderoso que cualquier Estado. La identidad es clave para cualquier sociedad
, recuerda Assen Botev en el reportaje.
Tradición viva frente a la mercantilización
González de León también documenta las tensiones actuales alrededor de la Surva. En años recientes, el crecimiento del turismo y la difusión en redes sociales han impulsado festivales de kukeri en lugares donde históricamente no existían. Para muchos habitantes de Razlog, estas versiones representan una banalización de la tradición. No se mide en dólares o euros”
, señala una de las voces citadas en el texto, subrayando que la Surva no es un producto turístico, sino una práctica comunitaria profundamente arraigada en la vida local.
Memoria, identidad y continuidad
La crónica concluye con escenas que muestran la continuidad generacional de la tradición: jóvenes que heredan el rol de kuker, familias que se reúnen año tras año y participantes que,
aun viviendo fuera de Bulgaria, regresan cada primero de enero para la Surva. Vestirse de kuker, explica una de las protagonistas, despierta merak, una pasión que mantiene viva la costumbre
porque, como se afirma en el texto, “los malos espíritus no cambiaron”
. Así, la Surva y los kukeri no sobreviven solo como vestigios del pasado, sino como una expresión activa de identidad, memoria y resistencia cultural en la Bulgaria contemporánea.
Fuente:
Nota basada en el artículo “La resistencia de una tradición pagana en Bulgaria”, texto y fotografías de Esteban González de León,
publicado en Gatopardo el 23 de diciembre de 2025.
