Sin los desnudos en Playboy, ¿qué queda?

A estas alturas ya todos sabrán que Playboy dejará de publicar desnudos. Varios tuits y notas de humor irregular levantaron el dato, a pesar de que sus autores no conocían gran cosa de la revista. Si han sido un poco curiosos también han visto análisis en los que se repite casi como un mantra: “Playboy no solo era sobre mujeres desnudas“. Tienen razón, en parte, pero no menos cierto es que solía ser conocida (aunque no leída) precisamente por ese rasgo softporn.

Playboy y el “nuevo“ hombre moderno

Cuando Playboy apareció en 1953, la sexualidad y la noción de lo masculino estaban a punto de cambiar radicalmente. El bienestar económico, la extensa divulgación de la cultura y el crecimiento de las ciudades hacían posible una “revolución sexual“. Los hombres de los cincuenta se sentían atraídos por un estilo de vida abierto a la sexualidad casual, al lujo y al “estilo“.

Se sentían atraídos por ello, pero eso no quiere decir que así es como vivían. Playboy se convirtió en el escaparate para esos deseos. En sus páginas los hombres podían sentirse un poco más cultos, un poco más cerca de los pisos altos de Nueva York y casi en la puerta de una amante atraída por el refinamiento y abierta al sexo sin ataduras.

playboy desnudos

De alguna manera, la revista ayudó a que la masculinidad en los cincuenta, los sesenta y los setenta ampliaran su abanico de deseos. Nunca se trató sólo de vouyerismo, sino de una participación mucho más activa. En el mundo de las aspiraciones, cualquier podía sentirse un dandy con una copa de cognac en la mano, una lengua sagaz y el brazo alrededor de una diminuta y firme cintura. Nunca se vendió solo el cuerpo femenino, junto a rubias casi desnudas, se comerciaba con alcohol fino, relojes, trajes, política y cultura literaria. No vendían pornografía, vendían una fantasía mucho más compleja.

El sexo… ¿ya no vende?

El argumento principal para eliminar la desnudez de las páginas de Playboy es que la competencia en el mundo de la pornografía es demasiado grande y demasiado intensa. La revista solía distinguirse de otras publicaciones “para adultos“ en los setentas porque usaba una máscara de refinamiento. “Sí, tenemos modelos desnudas, pero no somos vulgares“. Hoy es bastante fácil acceder a todo tipo de pornografía, un alto número de fantasías sexuales encuentran satisfacción en línea (algunas en los bordes de lo ilegal o lo reprobable moralmente). De igual manera podemos acceder a lo vulgar que a lo refinado, a lo “sucio“ o a lo que tiene “buen gusto“.

Eso no es culpa de Playboy, por supuesto. Lo que sí es culpa suya es que dejaron de promover algo más que genitales. La imagen de hombre moderno que promovía en su tiempo era atractiva para un conjunto de aspiraciones masculinas. Ya no lo es. Las nuevas formas de ser hombre ciertamente consideran al sexo, pero no de la misma manera.

Neo-masculinidades

No han faltado comentarios de un optimismo casi conmovedor que aseguran que la decisión de Playboy responde a una masculinidad que ya no tolera la objetivización de las mujeres. A pesar de su clara ingenuidad, tienen una razón de ser. Los hombres jóvenes que trabajan y tienen aspiraciones de cultura y una aparente actitud abierta respecto al sexo han cambiado. En otras palabras, su target ya evolucionó.

Esos mismos hombres que en los cincuenta satisfacían su deseo de “refinamiento“ al ver a Marilyn Monroe desnuda, hoy creen que ese tipo de desnudo es vulgar. Y no precisamente por un tema de equidad de género, sino por que sus aspiraciones apuntan a otro lado. Estos hombres no necesariamente tienen una visión más crítica de los medios de comunicación o de la objetivización de las mujeres, simplemente no quieren ser identificados como consumidores de pornografía.

El mercado es distinto ahora, y la pornografía se ha normalizado en gran medida. Muchos medios de comunicación siguen teniendo políticas restrictivas al respecto precisamente porque quieren mantener “cierto nivel“ de calidad. En suma, ver pornografía, de cualquier tipo, no puede ser considerado un signo de distinción. Es vulgar en su sentido más primigenio: pertenece al vulgo, está al alcance de cualquiera.

 

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Al joven milenial le gusta pensar que su concepción de la mujer es distinta a la de los cincuenta, aunque no siempre lo sea. Recordemos que estamos en el mundo de los deseos y en este mundo importan más las apariencias que la verdad. El lector al que Playboy quiere seducir prefiere un erotismo moderado, como el de Instagram. No quiere que su sexualidad entre en crisis por imágenes eróticas provocadoras o transgresoras, no quiere que la vieja “conejita“ de papel se convierta en una mujer en carne y hueso capaz de retar su idea del sexo y la sexualidad.

La nueva Playboy, en fin, cambiará un mundo de aspiraciones por otro. El reto que enfrenta no es competir con la industria del porno, ni siquiera el de crear contenidos interesantes (eso siempre lo ha hecho), sino construir un nuevo mundo de deseos, apto para el hombre del siglo XXI. Sus deseos podrán no ser más inteligentes o más transgresores que los deseos de los viejos lectores de la revista, pero sí demandan nuevas formas de transmisión, un empaque nuevo para cubrir la misma masculinidad de siempre.

¿Hacia donde brinca el conejito?

La marca Playboy ha logrado posicionarse en el mercado como ninguna otra. Las orejitas son reconocibles incluso en países en que su revista no puede entrar (como en China); pero no hay duda que la importancia de su revista ha menguado. En los viejos tiempos, la revista era un escaparate para las mejores plumas de la cultura estadounidense.

Jack Kerouac publicó ahí un texto precuela para su novela insignia On the Road, Ray Bradbury dio a conocer la primera versión de Fahrenheit 451, y Gabriel García Márquez llevó a la literatura latinoamericana al mercado estadounidense con la primera versión en inglés de su cuento The Handsomest Drowned Man in the World. No sólo eso, por sus páginas han pasado plumas como la de Kurt Vonnegut, Margaret Atwood, Joyce Carol Oates, Norman Mailer, Henry Miller y Truman Capote; entre muchas otras.

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¿Playboy dejó de hacer esto? No del todo, más bien la cultura dejó de ser la misma. Al caballero distinguido de mediados de siglo le interesaba ser capaz de hablar de los escritores del momento, de jazz y de alcoholes finos. Ahora la cultura pop se inmiscuye mucho más en sus deseos de cultura, así como otras formas (más extravagantes, más exóticas) de literatura y arte. Pero en literatura como en pornografía, tolera cierto nivel de reto, pero no aquello que destruya su concepción del mundo ni lo muestre como el sujeto frágil y deseante que en realidad es.

Para que Playboy sobreviva y vuelva a ser relevante, necesita seducir la buena consciencia del hombre milenial. De ahí que hayan optado por un erotismo menos producido y más íntimo, como el de Instagram. Las apariencias para el deseante comprador ya no soportan la pornografía directa, la distinción para él está en un erotismo que se perciba como más “distinguido“ y de buena consciencia. Aunque solo y en secreto sea fanático de la pornografía más común y corriente.

Por: Redacción PA.