Los múltiples rostros de la oposición contra Trump

Desde el primer día de su gobierno, a pocas horas de que fuera juramentado como el 45 presidente de los Estados Unidos, Donald Trump se ha enfrentado con una oposición que se ha resistido a sus órdenes ejecutivas, a las mentiras de su equipo de prensa, a sus ataques en Twitter y no sólo a la “avalancha” que ha representado su llegada a la Casa Blanca, sino, también, al impulso violento (racista y misógino) que ha aparecido a lo largo y ancho de Estados Unidos desde su victoria electoral el 8 de noviembre pasado.

Las protestas que se han dado en decenas de ciudades por todo Estados Unidos han acaparado los titulares de la prensa internacional, pues, a pesar de tener una sociedad relativamente activa políticamente, los mecanismos institucionales que existen en la democracia estadounidense, desalientan las protestas sociales habiendo métodos más “directos” -como el contacto constante con sus representantes en la Cámara de Representantes y el Senado, o la relativa facilidad con la que pueden proponer reformar legislativas. La multiplicidad de causas por las que se ha marchado, y la diversidad de manifestantes han dejado claro no sólo a Trump y a su gabinete, sino a la misma sociedad estadounidense, que la oposición social está presente y no requiere de líderes o jerarquías para coordinarse y exigir y hacerse ver.

Pero la resistencia a los deseos de Trump (o de quien esté detrás de él marcando el paso) no sólo se está dando en las calles: las cortes federales y locales, las ciudades “refugio” y buena parte de los demócratas en el Senado y la Cámara de representantes han dejado claro que no van a dejar pasar lo que han considerado una y otra vez, un ataque contra “los ideales” estadounidenses. Y de esos casos, de esa oposición, es de lo que se trata este artículo.

El viernes 27 de febrero, tras la firma de la orden ejecutiva que cancelaba las visas de todos los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, cancelaba el proceso para aceptar refugiados por 120 días (y lo dejaba “sin determinar” para los refugiados sirios), organizaciones de defensa de los derechos civiles, como la Unión Americana de Derechos Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), demandaron en una corte federal la orden y, tras un par de días, lograron que un juez federal de Nueva Jersey pusiera un alto temporal a su aplicación, sin embargo, en muchos aeropuertos las autoridades migratorias no obedecieron la orden del juez, lo que llevó a más procesos legales. Apenas ayer, un panel de tres jueces federales en el circuito de apelación del estado de Washington rechazaron los argumentos del Departamento de Justicia a favor de la orden de Trump, con lo que quedó bloqueada definitivamente. (Vía: Hufftington Post)

El sistema judicial estadounidense es complejo y funciona de forma muy diferente al mexicano: en él, la soberanía de los estados (y la soberanía de los condados en relación a sus capitales estatales) permite que haya leyes que no podrían ser aprobadas en algún otro estado o condado: desde regulaciones “peculiares” sobre los animales de granja o prohibiciones de ciertos códigos de vestimenta, hasta la legalización del consumo recreativo de la marihuana. Así mismo, hay leyes estatales y municipales que dificultan el voto a las minorías, que hacen prácticamente imposible el derecho al aborto, que buscan criminalizar y perseguir a los inmigrantes ilegales. La muy compleja forma como se “balancea” la relación entre las leyes locales y las federales son los jueces federales, las cortes de apelación y las supremas cortes estatales y federales y son éstos últimos los que han presentado una resistencia frente a la Casa Blanca que no se esperaba, y sólo han tenido que defender la Constitución estadounidense.

Hay una amenaza constante para los jueces: muchos están por retirarse en los próximos años, y depende del presidente la nominación de sus reemplazos y, si algo dice la presentación del candidato para la Suprema Corte, todas las nominaciones podrían ser jueces que aprueben sin chistar lo que la Casa Blanca envíe. Sin embargo, está en el mismo proceso de nominación otra posibilidad de oposición: cada nominado tendrá que enfrentarse a un comité del Senado y, luego, al voto del pleno para su confirmación y, justo ahí, está la posibilidad del rechazo.

Si bien el partido Demócrata perdió la mayoría (incluso una mayoría simple) desde las elecciones de 2010 y, con cada votación, pierde más asientos en las cámaras legislativas, la oposición que demostraron a la nominación de la secretaria de Educación, Betsy DeVos, y al Fiscal General, Jeff Sessions, marcan un paradigma de rechazo que obligó al partido republicano a utilizar previsiones que no habían sido usadas nunca en la historia de los Estados Unidos: que, por ejemplo, el vicepresidente rompa el empate entre los sí y los no, o que, en plena lectura de posturas respecto al nominado, el líder republicano mandara a callar a Elizabeth Warren, senadora por Massachusetts, por “violar las reglas del Senado” al leer una carta que, en 1986 cuando Sessions fue nominado como juez federal, escribiera Coretta Scott King, viuda de Martin Luther King, sobre el racismo del ahora Fiscal General. (Vía: The Hill)

Los senadores demócratas, divididos durante la campaña presidencial, ahora están encontrando formas de unirse alrededor de Bernie Sanders, Al Franken, Tim Kaine y Elizabeth Warren, quienes no han dejado de hacer preguntas incómodas para los nominados a llenar el gabinete de Donald Trump y han dejado en evidencia, una y otra vez, las redes de conflictos de interés, la nula preparación para el puesto o, simple y llanamente, la incapacidad de responder coherentemente. (Vía: The Guardian)

La oleada de órdenes ejecutivas y la votación por los miembros del gabinete de Trump ha llenado buena parte del proceso legislativo en Washington, pero no ha frenado la presentación de legislación más y más restrictiva de la protesta, de los derechos reproductivos, del reforzamiento de las leyes migratorias… Si bien la oposición a Trump se ha articulado de forma creciente, la oposición a las propuestas más extremas de los grupos reaccionarios por todo el país aún tiene que encontrar la forma de resistir y hacerse visible. (Vía: Vox)

Cuando se cuestiona la efectividad de la protesta social por “carecer” de articulación con un aparato institucional que haga presión política “acorde” al peso del opresor (ya sea #OccupyWallStreet, #BlackLivesMatter o las marchas por los 43 de Ayotzi…), no se visibiliza que, justo la mera existencia de una protesta organizada ha forzado la aparición (o la reaparición) de un discurso radical dentro de esas mismas instituciones. Si bien la historia del Senado o de las cortes estadounidenses no es uno inmaculado, la permanencia de los más grandes cambios en la sociedad y la política estadounidense han venido desde la sociedad y han encontrado un lugar dentro del Capitolio y de los juzgados. La oposición a Trump será una constante por el tiempo que dure su régimen.