Propaganda en la era de las “Fake News”

“La Verdad” es una mentira constante. Voy a atenuarlo: “la verdad” es, en realidad, muchas capas diferentes de interpretaciones de fenómenos y procesos complejos y que vienen desde quién sabe cuándo; “la verdad” es un momento que podemos (que debemos) leer por nuestras historias personales, por nuestros contextos socioculturales y desde -siempre- nuestras posiciones de privilegio (porque el mero hecho de que estés leyendo esto, implica ya una larga serie de privilegios que no todo mexicano tiene). Como medio, nuestra labor muchas veces es revisar otras publicaciones, estar al pendiente de “los hechos” y, más que reportarlos, analizarlos, contextualizarlos, tratar de introducirlos dentro de esos mismos procesos y esos mismos fenómenos complejos para que tú, lector, dialogues con lo que sabes, con cómo ves el mundo; hacer esto implica, forzosamente, tomar una línea editorial, asumir una postura política y, por lo mismo, muchas veces esas mismas decisiones llevan a oscurecer ciertos temas o a preferir otros.

Con la elección del presidente de los Estados Unidos y el último asalto a Aleppo, el papel de Rusia en el plano internacional se ha convertido en central: el apoyo constante y “secreto” (porque no hace mucho, tampoco, por ocultarlo) que el Kremlin ha dado a los partidos radicales de derecha por toda Europa y la candidatura de Donald Trump, las campañas militares en Siria apoyando a las tropas de Bashar al-Ássad por aire y tierra; la presencia cada vez mayor de la cadena noticiosa oficialista RT y de la agencia Sputnik en América Latina… Esta posición del Kremlin, de estar en todos lados, de dominar una forma de “interpretar” la actualidad y los conflictos sociopolíticos y electorales que, en cada país, tenemos que desentrañar e interpretar, ha llegado, incluso, a la forma como nuestra propia producción es leída por nuestros lectores.

La narrativa de RT y otros medios cercanos al Kremlin ha sido un ataque constante a las “democracias occidentales”, y esa misma narrativa es la que le ha ganado, en nuestro país y en toda la región latinoamericana, una base de seguidores amplia: México y América Latina completa no somos extraños a los constantes abusos diplomáticos, económicos y hasta militares de las potencias mundiales, desde la “Operación Cóndor” (en la que la CIA articuló una red de apoyo a las dictaduras militares de Sudamérica contra “la amenaza comunista”) pasando por la actual “Guerra contra el Narco”, y las imposiciones de políticas neoliberales por el Fondo Monetario Institucional (FMI) y el Banco Mundial (BM), hasta la constante criminalización de los migrantes que huyen de sus países por las mismas políticas económicas impuestas por EE.UU… La crítica a todo un sistema que, ahora, se ha nombrado a sí mismo como “defensor” de los valores “liberales y democráticos”, es urgente: no sólo porque es necesario visibilizar las fallas sistémicas que ese sistema ha provocado en sus países “satélites”, sino, también, por los daños y fallos que dentro de su misma sociedad han provocado una desigualdad devastadora y nos han dejado, hoy, sin mucha idea de hacia dónde movernos después de décadas de dependencia. Sin embargo, hay una diferencia entre la crítica y la propaganda. (Vía: The Guardian)

Cada que usamos el lenguaje, incluso cuando no nos damos cuenta, hacemos política y reproducimos una ideología: cuando hablamos de nuestro día a día; cuando criticamos alguna política pública o algún actuar de un compañero de oficina o de salón; cuando nos quejamos de la forma como otros piensan y cómo expresan aquello que piensan… Cuando hablamos, también, hacemos “cosas” con cómo decimos y lo que decimos; como medios, tenemos la responsabilidad ser conscientes del alcance y del uso que esas palabras y eso que hacemos con lo que decimos puede tener, y el alcance de esa conciencia es la diferencia entre la crítica y la propaganda. (Vía: Austin, How To Do Things…)

RTSputnik son medios que sistemáticamente (y planificadamente) construyen una “crítica” en momentos críticos: en los momentos cuando la encuestas apuntaban hacia el “NO” en el “Brexit”, los medios rusos lanzaron una campaña sobre migración “ilegal” y el clima de “terror” en Europa a causa del “Islamismo radical”; cuando la campaña de Clinton estaba a punto de asegurar una distancia cómoda con Trump, fueron filtrados por Wikileaks (y fue publicado, primero, en RT) los mails de varios miembros centrales del Partido Demócrata, y, conforme se incrementa el número de civiles muertos por las tropas de al-Ássad en Siria -a veces en incursiones fallidas, a veces en bombardeos rusos, pero siempre alimentados por la inteligencia del Kremlin-, su discurso buscó centrarse en la “radicalización” de las tropas rebeldes. (Vía: Vox)

Hacer evidente estas conductas políticas no es renunciar a la denuncia de los problemas que reportan, y quizá ese es el problema más complejo a la hora de hablar de propaganda y “noticias falsas”: hasta dónde es (una) verdad, hasta dónde (y por qué) lo que se reporta le habla a una sociedad abierta a noticias falsas o a noticias parciales.

Los medios siempre han sido un vehículo para legitimar posturas políticas: desde, incluso, antes de que se creara el mismo concepto de “medios”. Porque tener la palabra, hacerse  de la palabra es hacer política, es tomar el espacio público para hacer algo. De nosotros, de todos nosotros, medios, público y críticos, desarticular lo que se dice de lo que se quiere hacer con lo que se dice, no sólo para no ser manipulados, sino para -también- entender que, incluso en medio de la vorágine de información en la que estamos, es necesario detenernos y escuchar. Detenernos y escucharnos. (Vía: New York Review of Books)

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