No, no hay que ser tolerantes con los fascistas: no es una cuestión de libertad de expresión, sino de justicia

¿El odio tiene derecho a la libre expresión? ¿las ideologías violentas, agresivas y asesinas, que siempre han tenido voz, hoy, después de Charlottesville, tienen derecho a un espacio para ser visibles… para ser más visibles? Toda democracia, retóricamente, se construye sobre un principio: la libre expresión, y es éste el que nos permite defender las diferencias y entrar en discusión y diálogo hasta entendernos, hasta que, entre todos, lleguemos a algún acuerdo (o compromiso) para construir cada día un lugar y una comunidad mejores… ¿y los neo nazis?, ¿y el Frente Nacional por la Familia?

Lo que ocurrió el fin de semana pasado en Charlottesville es el ejemplo más extremo de las voces violentas encontrando ecos y oídos; lo que ha estado pasando después, tanto en la Casa Blanca como en la sociedad en general, es la respuesta a un trauma que sólo existe si por primera vez (o por primeras veces) descubres que el racismo es real, está vivo y mata: es decir, si eres blanco, si no eres pobre, si eres heterosexual, si eres hombre.

La defensa “absoluta” de la libertad de expresión parte de un argumento que, en apariencia, es bastante lógico: el fascismo se alimenta de la censura, crece y gobierna a partir de ella; por lo tanto, “censurar” a los fascistas, en lugar de reducirlos y cancelarlos, les da la victoria moral… El problema, el enorme problema es que no siempre funciona así: no cuando un sistema democrático ha construido (como sociedad, más que como Estado) pesos y balanzas para que esa misma libertad de expresión sea respondida y confrontada.

Sólo podemos defender los derechos sin restricciones si creemos que vivimos ya en una sociedad igualitaria: si todos tienen los mismos derechos, si todos tienen la misma capacidad de disfrutarlos, si ninguna raza, género, sexo, etnia, lengua o clase es discriminada de forma sistémica. Pero no estamos en ese mundo, y defender una “libertad de expresión” irrestricta sólo alimenta el status quo existente: son unos cuantos, son unos muy pocos los que tienen el micrófono (y son los mismos que, antes, tenían la única voz).

Ya se ha vuelto un lugar común en estos días, pero quizá sea necesario regresar a Karl Popper:

La tolerancia ilimitada nos dirigirá a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos esa tolerancia incluso con los que son intolerantes, si no estamos preparados para defender una sociedad tolerante contra la violencia de los intolerantes, entonces los tolerantes serán destruidos, y la tolerancia con ellos. (Popper, The Open Society and Its Enemies)

En un artículo publicado en Medium, Julia Serano relata brevemente su experiencia como mujer trans creciendo en los 90, sobre el odio y el ostracismo que pudo haber sufrido si “salía del clóset”. Ella tenía todo el derecho de identificarse como mujer trans, de reclamar sus derechos, de ser, pero no estaba en un campo equitativo, no estaba en un lugar seguro.

 

Los racistas y los fascistas (y todos aquellos que los apoyan en silencio o a gritos, tuits y antorchas) se valen de los derechos que nunca les han quitado, de los derechos que nunca han visto peligrar.

¿Ser tolerantes con los fascistas? En pocas palabras: NO

 

Raúl Cruz V.