Racismo desde el que se fundó EEUU también se recuerda cada 4 de julio

Éste es el primer Día de la Independencia que los Estados Unidos pasarán con Donald Trump en la Casa Blanca. Como cada año, el discurso de Frederick Douglass, “The Meaning of July Fourth to the Negro” (“El significado del 4 de julio para el negro”) reaparece en este día, pero hoy tiene un significado diferente: cuando el racismo y la violencia y el odio son tan evidentes y demuestran que un país se ha construido desde una fachada, sobre una fachada, ¿qué significa “celebrar” la independencia?

Frederick Douglass fue uno de los más vocales defensores de la abolición de la esclavitud durante el segundo tercio del siglo XIX en los Estados Unidos, primero, porque la conocía plenamente: nacido como esclavo, logró escapar al Norte y desde ahí se convirtió en una voz para los millones de esclavos negros que no la tenían. En 1852, la “Sociedad abolicionista” de Rochester, Nueva York, lo invitó a “celebrar” con un discurso la independencia de los Estados Unidos.

El discurso que presentaría es de una claridad y  brutalidad que uno no puede sino imaginar el silencio de la sala una vez que terminó: denuncia la hipocresía de una sociedad que, diciéndose democrática, le niega la libertad a un sector; que diciéndose cristiana, trata a su prójimo brutalmente; que diciéndose “faro del mundo”, era poco menos que despótica e inhumana. El discurso de Douglass no era para sus compañeros negros, sino para los quizá cientos de personas que lo escucharon esa tarde en Rochester, era un discurso para incomodar a los oídos y las buenas consciencias blancas que se sorprendían (aún) con el maltrato y abuso del que eran sujetos millones de hombres, mujeres, niños y ancianos negros por todo Estados Unidos.

¿Qué es, para el esclavo estadounidense, su 4 de julio? Les respondo: un día que le muestra, más que cualquier otro día del año, la grosera injusticia y crueldad de la que es víctima a diario. Para él, su celebración es una estafa; su engrosada libertad, una licencia maldita; su grandeza nacional, vanidad inflamada; sus cantos de regocijo son vacíos y descorazonados; sus denuncias contra los tiranos, burda imprudencia; sus gritos de libertad e igualdad, burla desalmada; sus oraciones e himnos, sus sermones y acciones de gracias, con todo su desfile religioso y solemnidad son, para él,  mera pompa, fraude, engaño, impiedad e hipocresía —un fino velo para cubrir crímenes que traerían vergüenza a una nación de salvajes. No hay otra nación en el mundo culpable de estas prácticas sangrientas e impactantes como el pueblo de los Estados Unidos a esta misma hora. (Vía: PBS)

Cada año, el discurso de Douglass se repite porque el racismo sistémico sobre el que se construyó Estados Unidos sigue vivo y latente y se evidencia en las estadísticas raciales de pobreza, desempleo, adicción, encarcelamiento, ejecutivos, alcaldes, gobernadores, gente en situación de calle… Se hace visible, también, en el número de personas que son asesinadas por la policía.

Tan sólo en lo que va del año, la policía estadounidense le ha arrancado la vida a 492 personas, si la estadística se mantiene (que es lo más probable), 2017 será el tercer año con más de 1000 “incidentes fatales”, según el Washington Post. En esta atmósfera de violencia constante, para muchos ciudadanos afroestadounidenses incluso manejar se convierte en una situación de riesgo: Philando Castile, Sandra Bland y otros tantos nombres forman parte de la lista de casos de personas de color que fueron detenidas de forma rutinaria y perdieron la vida porque un policía temió (desde su ignorancia y su odio) por la suya.

La larga tradición musical afroestadounidense se construyó como una vía de denuncia de esa violencia racial: el apartheid (como lo nombró Angela Davis a partir del régimen racista sudafricano) en el que ha vivido siempre la comunidad negra y morena de los Estados Unidos se confronta con su espejo en la música. Desde las worksong (los cantos rítmicos del trabajo forzado) hasta la última reiteración del hip hop con Kendrick Lamar o el R&B de Beyoncé, son esas voces, junto con los miles en la calle, en redes y en la protesta organizada, los que se preguntan, hoy, qué significa celebrar la independencia de un país como los Estados Unidos.

A casi tres años de la formación de #BlackLivesMatter, siguen sin ser condenados los oficiales que han asesinado a Philando, a Sandra, a Trevor, a Erick… siguen sin ser procesados los mandos que les permitieron salir libres, pero, también, siguen en el poder los jueces, senadores, gobernadores y alcaldes que han apoyado y sostenido las leyes desiguales que apuntan sentencias más duras contra personas de color; sigue al frente del Departamento de Justicia un personaje como Jeff Sessions, que no en pocas ocasiones ha equiparado la cultura afroamericana con drogadicción y crimen, sigue en la Casa Blanca un “plutócrata autoritario racista” (como llama Chauncey DeVega a Trump)…

En México nos es muy fácil burlarnos del racismo estadounidense por obvio y grosero, porque “allá sí había esclavitud”, pero nos cuesta mucho comprender que aquí también: los latifundios, las tiendas de raya, las encomiendas y, también, la esclavitud plena (como Bartolomé de las Casas lo había recomendado, pues “el físico del indígena no soportaba el trabajo forzado como el del negro”). Nos negamos a ver que también un racismo institucional fue el fundador de México: del México independentista y del posrevolucionario y del porfirista y del Imperio.

Cuando se apunta hacia la hipocresía de un país que siempre ha sido dirigido por una sola raza y por una sola “clase en el poder” y respondemos que aquí no “porque México es mestizo”, ¿de verdad no podemos ver qué tonalidad de “mestizaje” consideramos válida?

En dos meses será nuestra celebración de la Independencia y nos tocará preguntarnos ¿qué significa el 15 de septiembre para el moreno?