Confieso que hoy el café me supo a ceniza. No es una cuestión de baristas hipster de la Roma ni de la calidad del grano de Coatepec, sino un efecto psicosomático profundo: despertar este 3 de enero de 2026 con la noticia de que los gringos finalmente decidieron dejar de lado las sutilezas diplomáticas y las mesas de diálogo en Barbados para jugar a los soldaditos en Caracas deja un mal sabor de boca que nada te quita. La extracción de Nicolás Maduro, ejecutada bajo el amparo de la noche y la superioridad tecnológica del Comando Sur, no es el triunfo de la libertad que te están vendiendo en los cintillos de CNN o en los hilos virales de Twitter (que nunca me harán llamar equis); es la confirmación cínica y brutal de que la soberanía latinoamericana es un mito, una fábula para dormir a los niños que todavía creen en la autodeterminación de los pueblos.

EN RESUMEN: LA OPERACIÓN “RESOLUCIÓN ABSOLUTA”
Para los que viven en un algoritmo sordo y no entienden por qué el peso está fluctuando: Estados Unidos ejecutó una operación de extracción militar quirúrgica en Caracas en la madrugada de hoy. Comandos especiales, presumiblemente Delta Force, apoyados por ataques de guerra electrónica que cegaron los radares rusos en Venezuela, sustrajeron a Nicolás Maduro y a su círculo cercano. La justificación legal se basa en los cargos federales por narcoterrorismo presentados por el Departamento de Justicia en 2020. La narrativa oficial es “humanismo y justicia”; la realidad subyacente es geoestratégica: asegurar el control del Caribe y los recursos energéticos.
I. La Estética de la Invasión: Hollywood aterriza en Miraflores
Si algo hay que reconocerle al complejo militar-industrial estadounidense, es su impecable sentido del espectáculo y la narrativa. La operación no fue tosca; no vimos (hasta ahora) los bombardeos masivos de “Shock and Awe” estilo Bagdad 2003. Fue quirúrgica, aséptica, diseñada para el consumo masivo en pantallas verticales de TikTok e Instagram. Apagaron las luces de Caracas con un switch digital (porque la guerra moderna, la de quinta generación, ya no empieza con pólvora, sino con código binario y ataques a la infraestructura crítica) y entraron como fantasmas.
Pero no nos dejemos deslumbrar por los juguetes bélicos y la eficiencia táctica. Detrás de esa perfección técnica hay una podredumbre moral fascinante y aterradora. Ver a un mandatario en funciones, por muy tirano, incompetente o corrupto que sea (y vaya que el chavismo hizo méritos históricos para ganarse el repudio de su propia población y destruir el PIB nacional), siendo sacado en pijama de su residencia oficial para ser juzgado en un tribunal de Florida, es un deja vu de la Operación Causa Justa en Panamá (1989) que da escalofríos. Es la arrogancia imperial en su máxima expresión: “Tu ley no importa, mi fuerza sí”. Es la anulación del Estado-Nación como entidad jurídica intocable.
El mensaje para el resto del continente es claro y directo: no importa si tienes elecciones, constitución o ejército. Si te conviertes en una “amenaza inusual y extraordinaria” —el término legal exacto que usó Barack Obama en su Orden Ejecutiva de 2015 y que hoy cobra su sentido final—, tu soberanía es revocable. Es la aplicación práctica del “Estado de Excepción” permanente.

II. El Fetiche del Crudo Pesado
Si crees que esto es por la “libertad” o porque en Washington no pueden dormir pensando en los derechos humanos de los venezolanos, tengo un terreno en el Metaverso para venderte. La realidad es mucho más aburrida, técnica y tiene que ver con la viscosidad de los hidrocarburos y la configuración de las torres de destilación. Es una cuestión de Ingeniería Química, no de Filosofía Política.
El sistema de refinación de Estados Unidos, particularmente el gigantesco complejo industrial de la Costa del Golfo (conocido técnicamente como PADD 3), es extremadamente específico. Estas refinerías, operadas por gigantes como Valero, Chevron y ExxonMobil, fueron reconfiguradas hace décadas con inversiones multimillonarias (unidades de coquización o cokers) para procesar petróleo extrapesado y con alto contenido de azufre. ¿Por qué? Porque históricamente era más barato que el ligero.
Aquí entra la ironía del destino: Estados Unidos hoy nada en petróleo gracias al boom del fracking en la Cuenca Pérmica. Pero ese petróleo es ligero y dulce (bajo en azufre). Las refinerías complejas de Texas y Luisiana no pueden operar eficientemente solo con petróleo ligero; necesitan la “dieta” pesada para la que fueron construidas para mantener sus márgenes de ganancia. Como explica la propia Administración de Información Energética (EIA), la pérdida del suministro venezolano obligó a estas refinerías a buscar sustitutos más caros o mezclas ineficientes.
Si no aseguran el flujo de la Faja Petrolífera del Orinoco (la reserva de crudo más grande del planeta), la gasolina sube de precio en el Medio Oeste americano, la inflación se dispara y el partido en el poder pierde elecciones. Así de simple. La “libertad” es, en realidad, una necesidad industrial de mantener el flujo de caja. Venezuela no es un país para ellos; es una gasolinera con una gerencia hostil que acaban de despedir por la fuerza.

III. El Espejo Negro: Historia de una obsesión recurrente
Para entender el presente hay que echarse un clavado en el basurero de la historia. Lo que vimos hoy no es un evento aislado ni una novedad de la era Trump/Vance, es la rima final de un poema macabro que llevamos escuchando más de un siglo. La intervención es cíclica y sus justificaciones siempre mutan, pero el sustrato material permanece inalterable:
- Guatemala, 1954 (Operación PBSUCCESS): La CIA, bajo la dirección de los hermanos Dulles (ambos accionistas y abogados de la United Fruit Company), derrocó a Jacobo Árbenz. El pretexto fue la amenaza del comunismo soviético; la razón real fue que Árbenz quería repartir tierras ociosas que la bananera no utilizaba. Documentos desclasificados de la CIA confirman que la prioridad era proteger el monopolio agrícola.
- Chile, 1973: Richard Nixon ordenó “hacer chillar la economía” chilena. El pretexto fue el orden y evitar “otra Cuba”; la razón fue que Salvador Allende nacionalizó el cobre, afectando a empresas estadounidenses como Anaconda y Kennecott. Las transcripciones de las reuniones de Kissinger no dejan lugar a dudas sobre la motivación económica.
- Venezuela, 2026: El pretexto es el narcotráfico y la crisis humanitaria; la razón dura es el petróleo, el gas natural y las reservas de minerales estratégicos (como el oro y el coltán del Arco Minero) en un mundo donde la energía es la única moneda de cambio real ante el ascenso de China.
Como diría Eduardo Galeano, nuestra riqueza natural ha sido siempre nuestra condena política. Somos el cajero automático del norte, y la historia nos enseña que cuando el cajero se traba o no quiere dar el dinero por las buenas, el usuario no llama al servicio técnico; llega con un marro a romper la pantalla.

IV. La “Pax Americana”, el Lawfare y el Derecho a la Carta
Lo que me revienta las vísceras, más allá de la violencia cinética, es la hipocresía legal. Estados Unidos ha perfeccionado el arte de convertir su sistema judicial doméstico en un arma de guerra transnacional. Los académicos lo llaman Lawfare (Guerra Jurídica), pero en español llano es el uso de la ley como instrumento de conquista.
El mecanismo es perverso y eficiente: Te inventan o te documentan un cargo en una corte de distrito (usualmente el Distrito Sur de Nueva York o Florida), emiten una recompensa millonaria (como los 15 millones de dólares que el Departamento de Estado ofreció por Maduro), y ¡pum!, ya tienen la excusa jurídica para invadirte sin necesidad de declarar la guerra formalmente ante el Congreso o la ONU. Se saltan el derecho internacional público y lo tratan como un simple operativo policial antinarcóticos a gran escala.
Hagamos un ejercicio de imaginación: ¿Se imaginan a fuerzas especiales iraníes o chinas extrayendo a un expresidente estadounidense de su rancho en Texas para juzgarlo por crímenes de guerra en Irak o Afganistán? El mundo ardería. Hablarían de “acto de guerra”, de “barbarie”. Pero como lo hace el autoproclamado “policía del mundo”, la comunidad internacional aplaude tímidamente o guarda un silencio cómplice. La ONU hoy ha demostrado ser un florero decorativo en una sala donde se están dando de balazos; una reliquia burocrática incapaz de contener la ley del más fuerte.
V. México: Tan lejos de Dios, tan cerca del desastre y en medio del fuego cruzado
Y aquí estamos nosotros, el eterno jamón del sándwich. Las protestas que ya se ven en Paseo de la Reforma son apenas el inicio de nuestra jaqueca. México está en una posición diplomática imposible, atrapado entre su tradición de no intervención (la sacrosanta Doctrina Estrada) y la realidad de su integración económica con el invasor a través del T-MEC.
El escenario para Palacio Nacional es de pesadilla:
- El Dilema Diplomático: Si el gobierno mexicano condena la invasión con firmeza, nos arriesgamos a la ira de Washington. Y con la revisión del tratado comercial a la vuelta de la esquina y un Trump envalentonado, eso significa aranceles, cierre de fronteras y asfixia económica inmediata.
- El Costo de la Sumisión: Si aplaudimos o callamos, perdemos el liderazgo moral en América Latina y traicionamos principios históricos, quedando como un simple satélite servil ante los ojos del Sur Global.
- La Bomba Migratoria: Pero lo peor viene caminando. Si Venezuela implosiona en una guerra civil prolongada, porque las milicias chavistas y los colectivos armados no desaparecerán solo porque se llevaron a la cabeza, prepárense para ver una ola migratoria que hará ver a las caravanas anteriores como un paseo dominical.
Millones de personas podrían intentar huir del caos post-intervención y del ajuste de cuentas interno. ¿Y adivinen quién va a tener que gestionar esa crisis humanitaria, servir de muro de contención y alimentar a esas almas con presupuesto de austeridad? Exacto: nosotros. México corre el riesgo de convertirse en el campo de refugiados de facto de una guerra que no provocó.
VI. La Resaca Económica: ¿Quién paga la cuenta?
Hay un aspecto que pocos están mencionando entre la euforia de la caída del régimen: la deuda soberana. Venezuela tiene una deuda externa colosal, estimada en más de 150 mil millones de dólares. Los bonistas de Wall Street, que llevan años con sus “papeles basura” sin cobrar debido a las sanciones, hoy están descorchando champaña. La intervención garantiza que el nuevo gobierno de transición instaurado priorizará el pago de esa deuda y la reestructuración de la industria petrolera bajo condiciones leoninas.
Es la clásica “Doctrina del Shock” descrita por Naomi Klein. Aprovechar el trauma de la intervención y el colapso para imponer reformas económicas que en tiempos de paz serían inaceptables socialmente. Privatización acelerada de PDVSA, entrega de concesiones mineras en el Arco Minero y desregulación laboral masiva. Venezuela será “reconstruida”, sí, pero probablemente como una maquila energética eficiente para el mercado global, no como un país soberano que use sus recursos para su gente.
La Entropía como Forma de Gobierno
El 3 de enero de 2026 no ganaron los buenos. Nadie ganó, realmente. Solo se movieron las fichas de forma violenta en un tablero que ya estaba manchado de sangre. La intervención estadounidense es el recordatorio perpetuo de que en la geopolítica del siglo XXI no hay amigos, no hay aliados, y ciertamente no hay principios éticos inamovibles: solo hay intereses y vectores de fuerza.
Al mirar hacia el sur, hacia esa Caracas ahora patrullada por drones, la imagen que resume este fenómeno no es la estatua de la libertad iluminando al mundo, ni tampoco el puño revolucionario resistiendo. La metáfora perfecta es la de la Termodinámica de Sistemas Cerrados. Estados Unidos ha inyectado una cantidad brutal de energía cinética en un sistema que ya estaba en decadencia entrópica. El resultado físico inevitable no es el orden instantáneo, es el aumento del caos temporal.
Lo que veremos en los próximos meses no es la construcción mágica de una democracia suiza en el Caribe, sino la dispersión de la violencia, la fragmentación del territorio y la sedimentación de la ruina. La justicia en este continente no tiene rostro humano; es un proceso ciego de transferencia de calor y recursos, donde las naciones débiles se consumen para mantener la temperatura de las fuertes. Y hoy, Venezuela arde para que Texas no pase frío
