Trump, Steve Bannon, los medios y lo que debemos de aprender sobre sus pleitos

Hay una relación siempre tensa entre el poder y los medios, pues éstos pueden ser su megáfono, pueden ser el medio a través del cual los fallos, los errores y los atropellos del poder son justificados, legitimados y vistos como algo “necesario” para la supervivencia de “la democracia”, o “nuestro estilo de vida” , o “el país”; los medios también pueden cometer errores, envueltos en un momento de tensión o de crisis institucionales e ideológicas (como ocurriera con The New York Times cuando, en 2003, apoyó la falacia del gobierno de Bush sobre las armas de destrucción masiva de Irak). Sin embargo, una marca de un sistema político en constante revisión de sí mismo es la existencia, aún tangencial, aún como resistencia, de un periodismo crítico, que incomoda a quienes, desde el poder, tienen (o dicen tener) la obligación de hacer discurso y, al hacerlo, perfilan una forma de leer “la realidad”.

Hablar de la administración Trump y hacer la relación con los regímenes totalitarios fascistas europeos de la primera mitad del siglo XX ya es un lugar común, pero es un lugar común al que, inevitablemente, hay que regresar cada que en un discurso o un tuit, el  actual presidente de los Estados Unidos llama a la prensa crítica de su administración “mentirosa”, “perdedora” o, en un ataque directo a la misma idea de “prensa libre”, “enemiga del pueblo estadounidense”. Uno de los primeros impulsos de cualquier régimen autoritario es, justamente, forzar a la prensa a dar sólo su versión de la información, sólo su lectura e interpretación de la sociedad que están dirigiendo, y, cuando ésta no cede, encontrar los caminos para silenciarla, reducirla o bloquearla: monopolizar la distribución de papel o de la señal radioeléctrica o bloquear el acceso de esos mismos medios a la información.


Durante su campaña presidencial, Donald Trump tenía una relación amable con las encuestas y los medios siempre y cuando estos fueran “amables” (favorables) con él, en el momento en el que se fueron desencadenando un escándalo tras otro sobre sus manejos empresariales o el video donde se le escucha presumir sobre haber atacado sexualmente a una mujer o las críticas que desde ciertos sectores de su mismo partido fueron apareciendo por su racismo, misoginia y xenofobia, esos mismos medios a los que una semana atrás admiraba, ahora mentían y “siempre fueron un vehículo” del stablishment y de la campaña de Clinton.

Desde el 20 de enero, cuando Trump tomó posesión de la Casa Blanca, su secretario de prensa, Sean Spicer, ha sido el vocero de una administración que se niega a aceptar datos, crítica o cualquier voz que se atreva a oponerse a su versión de la “situación” del país: las marchas contra la inauguración, las protestas en los “Town halls” (sesiones en las que los senadores y representantes van a las comunidades por las que votan en Washington a dar resultados y escuchar propuestas), incluso las mismas palabras dichas -o tuiteadas- por Trump han sido negadas una y otra vez en términos cada vez más hostiles.

La semana pasada ocurrió la primera conferencia de prensa en la que Trump no estuvo con ningún jefe de Estado ni frente a un público de admiradores, ni frente a otras cámaras que no fueran las de los medios que, constantemente, han enfrentado a la Casa Blanca con sus propios testimonios falsos. Incómodo y sin un hilo conductor a la vista, los comentarios no fueron más que una versión reciclada de sus discursos de campaña y, sin un público que aplaudiera, parecían aún más desarticulados y aleatorios. Ataques racistas e insinuantemente antisemitas aparte, nadie, ni en los medios ni en el círculo de analistas, tenían una respuesta coherente ante lo que había ocurrido.

A lo largo de esta semana,  la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC, por sus siglas en inglés) tuvo su reunión anual. Esta conferencia reúne a los principales grupos conservadores del país: buena parte del partido Republicano y asociaciones religiosas, de libre mercado y lobbies políticos se reúnen para establecer una agenda política para el año que comienza. Trump y su más cercano colaborador, Steve Bannon, habían sido tratados con desdén por el CPAC, al grado de negarle el acceso a Bannon y su periódico digital, Breitbart, y de sacar con abucheos a Donald del podio central en 2011. Ahora, quien es visto como el verdadero detentor del poder en la Casa Blanca, y Trump, regresaron con ovaciones y festejos. (Vía: The Guardian)

En un espacio que Bannon consideró “seguro”, dejó claro que el conflicto entre la administración y “el partido opositor”, no los demócratas sino la prensa, será constante y del diario y cada vez será más intenso y más sangriento, pues Trump “está obsesionado maniacamente por cumplir sus promesas”, pues “los medios siempre se equivocaron”. (Vía: New York Times)

El poder que reúne un personaje como Steve Bannon -con un lugar en el Consejo de Seguridad, como principal asesor del Presidente y sin ningún cuerpo político que le ponga freno- y la tremenda influencia que ejerce sobre Trump, su presencia sobre la Casa Blanca completa una visión de confrontación que podría llevar a límites a los que nunca se ha enfrentado el sistema democrático estadounidense. Pareciera que hay una frontera entre los “hechos” y lo que la administración Trump produce como “verdades”, y está en esa diferencia una apertura a una confrontación constante no sólo con los medios, sino con alguna potencia con la que Trump ha desarrollado una tensión constante, como China.

Tres años antes de que empiece la campaña presidencial del 2020 y ni siquiera con un mes en la presidencia, Trump estaba ya en un rally en Florida dos semanas atrás. Sin ningún resultado más que la constante protesta en las calles y con la oposición abierta de algunos medios (y de algunos periodistas dentro de medios favorables a Trump), el presidente sigue descansando los fines de semana en su hotel de Mar-a-Lago, en Florida; mientras que su principal asesor, a quien han bautizado como “Presidente Bannon”, alimenta un conflicto constante con los principales medios, mientras varias alcaldías están presionando a sus representantes para impulsar un juicio de impeachment y por todo el país, incluso en los condados más republicanos, senadores y representantes se enfrentan a sus votantes, Estados Unidos se acerca a un punto de quiebre. (Vía: The Atlantic)

Aunque no vivamos en Estados Unidos, aunque sepamos que los conflictos que hay dentro de nuestro país son el primer obstáculo y el impacto más directo que tenemos en nuestras vidas cotidianas, tenemos que mantenernos informados sobre el uso y el abuso de poder en Estados Unidos, no sólo por lo que nuestra clase política podría aprender sobre el uso de los medios digitales y los datos electrónicos, sino sobre la utilización de la narrativa: si algo dejó claro la Noche de Iguala y el derrumbamiento de “la verdad histórica” es que no estamos dispuestos, ya, a aceptar la narrativa oficial, pero ¿si aparece un Steve Bannon en la política mexicana?