Fidel y los claroscuros

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“Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.”

George Orwell, La rebelión en la granja.

El pasado viernes falleció Fidel Castro, uno de los grandes referentes de un mundo pasado casi desvanecido, con él, se va uno de los últimos resquicios del ya extinto siglo XX definido por ser la máxima expresión de las “pasiones políticas”, del enfrentamiento entre ideologías políticas, en otras palabras, el siglo XX representó la lucha de la utopía contra el liberalismo burgués imperante. Comunismo y fascismo aunque pueden ser entendidas como ideologías políticas contrarias y enemigas entre sí, ambas surgen como enemigas del liberalismo democrático, de ahí que se hayan acercado tanto en términos del totalitarismo como forma de gobierno.

La Segunda Guerra Mundial puede ser visualizada como  el enfrentamiento armado entre las distintas ideologías políticas imperantes en ese momento, que no es otra cosa que la lucha entre diversas construcciones sobre el “deber ser” de la sociedad. Pero, en ese periodo el fascismo representaba la mayor amenaza, de ahí que comunismo y liberalismo se aliaran momentáneamente para derrotar a ese enemigo común; posteriormente, al vencer la amenaza fascista, las ideologías triunfantes se vuelven a enemistar generando un mundo bipolar y por tanto una distribución geopolítica basada en esas dos opciones sociales, políticas y económicas.

En ese sentido, si vamos a hablar de Fidel Castro habría que hacerlo, primeramente, visualizándolo desde su contexto, es decir, hay que pensarlo como un hombre de su tiempo, como producto de la sociedad en la que estaba inserto. Tomar en cuenta todo esto, nos permite dar el primer paso para generar observaciones mucho más distanciadas y mesuradas, evitando caer en la polarización propia de las observaciones veladas por la ideología que o bien lo enaltece como un héroe, o bien lo sataniza como el peor de los villanos; de nada nos sirve, analíticamente hablando, tomar alguna de estas posiciones de manera radical, ya que como podemos elogiar algunos de los logros de la revolución cubana, también podemos condenar categóricamente sus grandes errores.

En su tiempo, la revolución cubana se visualizó como un enfrentamiento directo contra Estados Unidos y su abierto intervencionismo en América Latina durante la parte más encarnizada de la Guerra Fría, fue en su momento como una blasfemia contra el imperio que una pequeña isla a 90 millas instaurara un sistema comunista en sus propias narices, cuestionando su hegemonía e influencia política y económica en la región. El mito de Castro deriva de la materialización de esa rebelión, de ese discurso desafiante que planteaba una alternativa que en su momento generaba sentido y era tomada como una posibilidad viable ante el capitalismo, sostenido en la región por regímenes dictatoriales sumamente autoritarios.

Pero el mito siguió alimentándose no solo por el culto a la personalidad del propio Castro, sino también por acciones concretas del régimen que pueden ser vistas como logros innegables. La erradicación del analfabetismo en tan poco tiempo, la cobertura de salud universal por lo menos en sus condiciones más básicas, la ampliación universal del sistema educativo y el mejoramiento de variables demográficas como la desnutrición, la esperanza de vida  y las muertes infantiles, con sus debidos límites son cosas que deben de ser tomadas en cuenta y vistas como conquistas de ese modelo.

Pero no todo es miel sobre hojuelas, al más puro estilo orweliano Castro también puede ser visto como un autócrata y un dictador despiadado, se volvió una parodia de sí mismo, reprodujo todo lo que un día criticó, derrocó a un dictador para convertirse en otro igual o mucho más despiadado. Sabemos que en nombre de la democracia y la libertad se han cometido muchos crímenes, pero eso no significa que los regímenes comunistas estén eximidos de las críticas sobre sus propias contradicciones, sobre los crímenes perpetrados en nombre del pueblo, entendido en la doctrina marxista como el “proletariado”.

 

En ese sentido, los cuestionamientos formulados contra la dictadura castrista tienen sentido y muchas de ellas son acertadas, hay que decir que el régimen persiguió, al mero estilo estalinista, a grupos de disidentes, religiosos, e incluso a su población homosexual, violando de manera brutal sus derechos humanos. Gran parte de los aspectos de la vida cotidiana en Cuba fueron absorbidos por el estado, no existen garantías mínimas para expresarse o para asociarse libremente, pensar distinto puede ser motivo de encarcelamiento ya que es considerada como una traición a la revolución.

Pero, también es posible cuestionar los logros de la revolución, pensemos en el tema de la educación, de la que tanto se vanagloria el régimen ¿pero qué tipo de educación es aquella enfocada principalmente en el adoctrinamiento ideológico de estado más que en la capacidad de pensar de manera mucho más autónoma? Esta no es una pregunta ingenua, sabemos que la educación en cualquier parte del mundo funciona como forma de internalizar ciertos valores, pero, en las sociedades comunistas la educación tiene paralelismos con el adoctrinamiento religioso que busca establecer y generar un pensamiento único, formando a los sujetos dentro de dogmas y principios incuestionables, que en este caso son dogmas políticos, de ahí que se encuentren prohibidos libros que no son aprobados por el régimen.

Lo mismo ocurre con el tema de la salud, en donde se ha sobredimensionado al sistema de salud debido a las cifras oficiales del gobierno cubano que no han sido corroboradas por ninguna organización independiente o por alguna institución internacional. Además de que existe una escisión, entre el servicio ofrecido para el pueblo y el servicio para las élites del buró político y sus clientes extranjeros, nada distinto a las que se pueden encontrar en el mejor hospital de Houston. (Vía: El Nuevo Herald)

Sin duda hay claroscuros, pero estos no deben llevarnos a tomar posiciones extremas, hay que entender que el hecho de aceptar algunos logros de la revolución no quiere decir que justifiquemos la brutalidad del régimen como quieren hacernos creer los sectores más radicales del liberalismo, quienes se asumen a sí mismos como completamente libres, como si tal cosa existiera. No, no hay dictadura benéfica, por lo que también creemos que resulta contradictorio que en varios sectores de la izquierda exista la incapacidad de pensar de manera compleja y autocrítica, ya que por un lado luchan y condenan toda práctica autoritaria, se rasgan las vestiduras criticando regímenes dictatoriales como el de Pinochet, se dicen defensores a ultranza de los derechos humanos y, por el otro lado aplauden, enaltecen y adulan modelos autoritarios que son coincidentes con su ideología política, como si todo lo que viniera de la izquierda estuviera permitido porque es automáticamente bueno.

La libertad es un valor, por tanto no existe empíricamente en el mundo, no es una cosa, es algo que se ejerce y que regula los límites de nuestra conducta y de nuestras acciones. En efecto, es innegable que las sociedades democráticas son más libres que las comunistas, pero tampoco nos engañemos, las sociedades liberales también tienen sus propias ataduras y sus propias limitaciones, la libertad es un derecho, pero ese derecho no implica que exista su ejercicio pleno y obligatorio, para decirlo de otra forma, hay distintos tipos de libertad que responden a la posición social que se tenga dentro del sistema. En conclusión podemos seguir el razonamiento de Orwell cuando señalaba que para los animales de la granja les resultaba imposible distinguir entre cerdos y humanos, tal vez la única diferencia radicaría en el tipo de dominación que ejercen.

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