¿Quieres recibir notificaciones de nuestro sitio web?

Efecto Doppler: una crónica del 1 de julio

Imagen: Freddy Campos

El aire en Tlalpan estaba al mismo tiempo tranquilo y electrificado, como el aire que antecede a la lluvia o, como era también el caso, al anuncio de los resultados de una elección. Esperábamos a que Lorenzo Córdova anunciara al ganador de la contienda y el rumor de los periodistas a mi lado crecía como el efecto Doppler que anuncia la llegada del metro: un evento sorpresivo y al mismo tiempo anticipado.

Por primera vez la tarde en el INE se llenaba de algo cercano al nerviosismo. La tranquilidad previa había sido desconcertante, muy lejos de los jaloneos que había presenciado dos horas antes en una casilla especial de Coyoacán, donde decenas de personas se negaban a admitir lo irrebatible: no podrían votar por un hecho aritmético: no había más boletas que repartir.

Imagen: Plumas Atómicas

Para muchos, este era el momento más anhelado por el obradorismo, el final de un recorrido que atravesaba 3 contiendas electorales. Si AMLO hubiera perdido, se le hubiera tachado nuevamente como un necio; ahora estaba a punto de ser calificado como un líder perseverante. Aún así yo tenía mis dudas:

Semanas antes, un joven líder de Morena abandonó una charla francamente ofendido cuando le recordé una obviedad: la izquierda en México tiene experiencia gestionando la derrota, pero aún no conoce la posible tragedia que viene con el triunfo. Nadie lo dijo mejor que Oscar Wilde: “cuando los dioses nos quieren castigar, escuchan nuestras plegarias”.

Imagen: Plumas Atómicas

No había mala leche en mi comentario pero sí algo de experiencia: cualquiera que haya militado así sea medio CCH en la izquierda nacional sabe que hemos elevado indebidamente a la derrota a la categoría de valor moral.

Todos sabíamos perfectamente qué podía decir o hacer Obrador si perdía; todos los participantes conocíamos el guión repasado con anterioridad. En cambio el triunfo que aún no era confirmado parecía no tener directrices ni acotaciones al margen; si el mundo es un teatro, esta noche se optaba por la improvisación.

Cuando Córdova apareció en la pantalla no me quedó más remedio que admitir que el temblor en mi mano le añadía dramatismo a la transmisión que hice desde mi celular, que ese temblor sincero era lo que distinguía a nuestra cobertura de aquellos que usaban trípodes de metal, incapaces de transmitir la emoción de los presentes. Sí, a veces en la redacción de un medio se suelen elevar las carencias a la categoría de valor moral; y ese es otro rasgo arquetípico de la izquierda.

Esa tensión, que muchos aminoraron con un suspiro cuando se anunció el 53% de AMLO, se liberó en el aplauso final. Entre tantas manos chocando entre sí por el fin de la contienda podía notar que mis pulgares eran de los pocos que no votaron en unas elecciones que impusieron varios récords.

No solo eran las elecciones más grandes en la historia del país; también incluían, desde ya, el resultado más favorecedor para el ganador desde que hubo alternancia en México.

La última vez que un candidato tuvo un triunfo tan rotundo ocurrió en el 82 cuando Miguel de la Madrid se llevó el 70% de los votos; y eso que eran tiempos en que una sola persona podía votar 200 veces en la misma casilla o las urnas fúnebres se fusionaban con las urnas electorales, siempre y cuando los votos fueran para el PRI.

Ahora en 2018, un funcionario del INE repasó brevemente en una charla de café los crímenes electorales que presenció en los comicios del 88, mucho antes de que él llegara a lo que sería el IFE.

Difícilmente me hubiera imaginado que en las instalaciones del INE habría un ánimo casi festivo en la noche del 1 de julio; anticipé tensión, pelitos, posibles protestas, no abrazos fraternos, sonrisas, anécdotas de elecciones más ríspidas.

La mentada “fiesta de la democracia”, palabra clave que los ebrios usaron como pretexto para empinar amplios shots sin escrúpulos, era una graduación de escolares; o al menos me tocó estar un buen rato en la celebración de los padres y los maestros.

Nada que ver con el mundo que esperaba allá afuera; mientras los familiares y amigos se lamentaban en Facebook o preguntaban qué hacer en WhatsApp, el tránsito hacia el Zócalo y el Ángel crecía como si Morena hubiera ganado el Mundial. De pronto los acostumbrados a la derrota debían ponerle palabras a su júbilo (y por supuesto eligieron las más cursis) y aquellos que no triunfaron debían condimentar con gestos democráticos su frustración (y por supuesto eligieron las muecas más parcas).

Quienes fuimos al Zócalo desde el INE pudimos apreciar el coro de televisores prendidos iluminando las ventanas de todo Tlalpan como un modesto anticipo del barullo que nos esperaba al llegar al Centro Histórico. Al recorrer 20 de Noviembre en sentido inverso a los que dejaban la plancha del Zócalo, las risas y las consignas del triunfo llegaban en efecto Doppler.

Imagen: Freddy Campos

Para mí, que nací bajo el indeciso signo de libra, era difícil saber a quién ponerle más atención, si a los apocalípticos que comparten su temor en Facebook o a los apóstoles que agitan banderas en la calle; los que temen el nacionalismo, como yo, o los que temen que el país nunca cambie, como yo; no sé cuál de los dos grupos exagera más el presunto poder de un presidente. Nuestros temores y nuestros anhelos son desmedidos, pero no podía esperarse menos del país de la salsa habanera y el mariachi: a este país le fascina la exageración.

Solamente me convencí de que era válido celebrar el fin de mi jornada laboral cuando un símbolo no electoral pero sí político me abofeteó al final de 20 de Noviembre: una pareja besándose en la plancha semi vacía del Zócalo. Supe al instante que, en lo sucesivo, esas dos chicas narrarían aquella noche en copretérito (“estábamos, caminábamos, nos abrazábamos”), el tiempo verbal que usamos para contar los sueños.

Imagen: Freddy Campos

Para cuando me preguntaba dónde estaba mi taxi o dónde habían estado los festejos por Peña Nieto hace 6 años, tan tímidos a comparación de estos, ya muchos dormían pensando en el trabajo o en el partido de la selección. Escribo esto antes de que amanezca, sin saber cómo quedará el partido ante Brasil. Sin embargo sé que aquellos que ahora duermen esperaban algo sorpresivo y al mismo tiempo anticipado, la clase de cosas que usan el efecto Doppler para anunciarse.

Por @edegortari