Del secuestro de un presidente en Caracas al asesinato del líder supremo en Teherán. Un análisis sobre cómo el gobierno estadounidense sepultó el derecho internacional para instaurar la doctrina del robo a mano armada.
Hay momentos en la historia donde el velo de la diplomacia se desgarra por completo y deja ver el rostro putrefacto del poder real. El inicio del 2026 es uno de esos momentos. Si durante décadas la política exterior de Estados Unidos se escudó bajo la retórica vacía de “llevar la democracia”, “proteger los derechos humanos” o “preservar el orden basado en reglas”, la administración de Donald Trump ha decidido que el teatro ya no es necesario. Hoy, hemos regresado a la era del imperialismo más crudo y salvaje: el de los cañonazos, los secuestros de Estado y el pillaje corporativo.
Para entender la situación geopolítica actual, debemos observar dos epicentros de la tragedia humana y la voracidad occidental: Venezuela e Irán. Dos naciones separadas por océanos, culturas y sistemas políticos, pero unidas por una desgracia común: poseer las reservas energéticas que el Norte Global necesita para mantener su hegemonía, y tener la osadía de desafiar los dictados de Washington.
Lo que presenciamos no es un conflicto diplomático; es la defunción oficial del derecho internacional. La ONU ha quedado reducida a un club de debate para jubilados, mientras el Pentágono y la CIA redibujan el mapa global a sangre y fuego. Analicemos, paso a paso, cómo el humanismo fue aplastado por los intereses petroleros y la arrogancia bélica en este distópico 2026.
I. Operación “Resolución Absoluta”: El Secuestro de una Nación
Comencemos por nuestro propio hemisferio, donde la Doctrina Monroe ha sido inyectada con esteroides. La madrugada del 3 de enero de 2026 quedará grabada en los libros de historia de América Latina como el día en que Estados Unidos cruzó una línea que no se atrevía a cruzar desde la invasión a Panamá en 1989. Bajo el cínico nombre de “Operación Resolución Absoluta” (“Absolute Resolve”), el ejército estadounidense lanzó ataques militares a gran escala sobre Caracas y sus alrededores.
Pero no se detuvieron en bombardear infraestructuras. En un acto que pulveriza cualquier noción de soberanía nacional, tropas de operaciones especiales de la Delta Force, apoyadas por inteligencia de la CIA, irrumpieron en territorio venezolano y capturaron al presidente en funciones, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores.
Desde una perspectiva de izquierda crítica, es fundamental separar las cosas. Uno puede tener (y debe tener) críticas severas hacia el autoritarismo, la represión interna y la crisis económica estructural del gobierno de Maduro, especialmente tras las controvertidas elecciones de 2024 donde se denunció un fraude electoral generalizado. Sin embargo, la intervención militar extranjera para deponer y secuestrar a un Jefe de Estado soberano no es “justicia”; es un acto de guerra y piratería internacional.
La hipocresía estadounidense quedó al descubierto inmediatamente. Mientras la maquinaria de propaganda de la Casa Blanca vendía la intervención como una victoria contra el “narco-terrorismo”, el verdadero motivo no tardó ni 72 horas en salir a la luz: el petróleo. El presidente Trump dejó claro que el objetivo central de la acción era que las empresas estadounidenses pudieran desarrollar las vastas reservas petroleras de Venezuela.
Fue un botín de guerra puro y duro. Apenas se disipó el humo en Caracas, el Departamento del Tesoro de EE. UU. (a través de la OFAC) comenzó a emitir una cascada de Licencias Generales (GL 46A, GL 47, GL 48, GL 49 y GL 50A) que levantaban las sanciones petroleras. ¿El objetivo? Permitir que gigantes energéticos occidentales como Chevron, BP, Eni, Repsol y Shell entraran a rapiñar el crudo venezolano, entregando el control de la producción y venta de petróleo a entidades privadas.
Mientras tanto, en Caracas, la vicepresidenta Delcy Rodríguez —quien fue juramentada como presidenta interina por la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo el 5 de enero— calificó el acto como lo que legal y humanamente es: un secuestro, advirtiendo que Venezuela “nunca más será colonia de ningún imperio”. Pero en la práctica, la intervención en Venezuela ha convertido al país en una finca de extracción administrada desde Washington.
II. Medio Oriente en Llamas: El Magnicidio en Irán
Si la intervención en Sudamérica fue motivada por el saqueo corporativo, el conflicto entre Irán y Estados Unidos responde a una obsesión imperial histórica. Para entender el horror de la escalada en este 2026, es imperativo tener memoria histórica. El resentimiento occidental contra Teherán no comenzó con el programa nuclear ni con la Revolución de 1979; comenzó en 1953.
En aquel entonces, Gran Bretaña controlaba la industria petrolera iraní. Cuando el primer ministro democráticamente electo, Mohammad Mosaddegh, tuvo la audacia de nacionalizar el petróleo de su país, los británicos pidieron ayuda a Washington. ¿El resultado? Una campaña orquestada por la CIA que derrocó a Mosaddegh, lo encarceló e instaló al brutal dictador Mohammad Reza Pahlavi (el Sha), quien gobernó como un títere estadounidense durante 25 años. El pecado de Irán siempre ha sido el mismo: querer ser dueño de sus propios recursos.
Avancemos rápidamente al primer trimestre de 2026. La tensión, que ya venía hirviendo tras las protestas de 2025 y los enfrentamientos previos, se desbordó por diseño. El 13 de enero de 2026, Trump hizo un llamado público a los iraníes para “seguir protestando” y “tomar sus instituciones”, prometiendo que “la ayuda estaba en camino”. Era la preparación narrativa para la matanza.
Esa “ayuda” no llegó en forma de diplomacia, sino de bombas bunker-busters. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel cruzaron el Rubicón del derecho internacional: lanzaron un ataque militar conjunto contra Irán, asesinando al Líder Supremo, el Ayatolá Alí Jamenei.
Asesinar al jefe de Estado (y máxima autoridad religiosa) de una nación soberana de 88 millones de habitantes no es una “operación táctica”; es una declaración de guerra total. Irán, como era de esperarse, tomó represalias inmediatas lanzando ataques con misiles y drones contra Israel y los activos militares estadounidenses en toda la región.
El Medio Oriente se encuentra hoy tambaleándose en el borde de un abismo de inestabilidad. Y como siempre ocurre en los juegos de guerra diseñados en el Norte Global, quienes pagan el precio con su sangre no son los políticos en Washington o Tel Aviv, sino las clases trabajadoras. En la provincia sureña de Hormozgan, los ataques destruyeron una escuela primaria de niñas en Minab, dejando un saldo atroz de más de 40 civiles asesinados. Imágenes de rescatistas y residentes locales intentando sacar a los heridos de los escombros son la verdadera cara de la “libertad” que exporta el imperialismo estadounidense.
III. El Eje de las Sanciones y la Piratería de Estado
¿Qué une a Caracas y a Teherán en la visión distorsionada del Pentágono? Que ambos son nudos de resistencia (por razones y contextos muy distintos) a la unipolaridad de Washington. Ambos países, estrangulados por décadas de sanciones ilegales, habían formado redes de cooperación para evadir el bloqueo financiero y poder exportar su petróleo. Esta supervivencia desafiaba directamente el poder punitivo de Estados Unidos.
En este escenario de guerra no declarada, Estados Unidos ha decidido que las aguas internacionales le pertenecen. A finales de febrero de 2026, el Departamento de Justicia de EE. UU. presentó una demanda para tomar posesión legal del Skipper, un buque petrolero incautado frente a las costas de Venezuela, cargado con casi 2 millones de barriles de petróleo.
La justificación de la Fiscal General de EE. UU., Pam Bondi, es escalofriante por su arrogancia. Acusó al barco de mover petróleo de Irán y Venezuela para financiar a la Guardia Revolucionaria Iraní, y declaró que “el Departamento de Justicia desplegará toda autoridad legal a su disposición para desmantelar completamente y cerrar permanentemente cualquier operación que desafíe nuestras leyes y alimente el caos en todo el mundo”.
Detengámonos a analizar esto: una funcionaria estadounidense afirma que “sus leyes” rigen el comercio global entre dos naciones soberanas. Es la legalización de la piratería de Estado. Estados Unidos decomisa el petróleo, se queda con él (o lo vende para su beneficio) y lo llama “justicia”. Mientras acusan a otros de “alimentar el caos”, son ellos quienes bombardean capitales, secuestran presidentes y bloquean el comercio internacional mediante la fuerza naval.
IV. La Falacia del “Orden Basado en Reglas”
Desde una perspectiva humanista y de izquierda, el 2026 representa el colapso definitivo del mito liberal occidental. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y Europa construyeron una arquitectura institucional (la ONU, la Corte Penal Internacional, los Convenios de Ginebra) bajo la promesa de que la humanidad no volvería a someterse a la ley del más fuerte.
Todo fue una farsa. El “orden basado en reglas” resultó ser simplemente: “Nosotros ponemos las reglas, nosotros damos las órdenes”.
- Nulo respeto a la soberanía: Si un gobierno en América Latina posee las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo pero se niega a arrodillarse ante el FMI o ExxonMobil, Washington siente que tiene el derecho divino de enviar a la Fuerza Delta a secuestrar a su liderazgo político.
- Asesinatos selectivos como política exterior: Si una potencia regional en Medio Oriente (Irán) se opone a la hegemonía de Estados Unidos e Israel, la solución diplomática es enviar bombarderos y eliminar físicamente a sus líderes, sin importar si la onda expansiva incinera a niños en una escuela primaria en Minab.
- Armatoste financiero como arma de destrucción masiva: La OFAC y el Tesoro de EE. UU. utilizan el sistema financiero global no para facilitar el comercio, sino para asfixiar a poblaciones enteras. Y cuando les conviene, emiten Licencias Generales a sus propias empresas (como Chevron y Shell) para que puedan beneficiarse de la miseria que ellos mismos crearon.
La violación al derecho internacional ya no se hace en las sombras; se transmite en vivo por televisión y se celebra en discursos presidenciales. Cuando el presidente de la nación más poderosa del mundo admite sin tapujos que el objetivo de una acción militar en Venezuela es apoderarse del petróleo y restaurar la seguridad hemisférica para los intereses norteamericanos, estamos retrocediendo al colonialismo del siglo XIX.
V. El Costo Humano: Las Víctimas Olvidadas del Imperialismo
En los pasillos del poder en Washington, Bruselas o Tel Aviv, los países del Sur Global son vistos como simples fichas en un tablero de ajedrez. Se habla de “cambio de régimen”, “sanciones secundarias” o “daño colateral”. Pero nosotros, desde la trinchera del periodismo social, debemos ponerle rostro a estas abstracciones.
¿Quién sufre las consecuencias de que la Casa Blanca quiera controlar los precios del crudo y mantener su hegemonía? Lo sufren los trabajadores de los barrios populares de Caracas, que además de soportar las carencias económicas de un gobierno fallido, ahora tienen que ver el cielo iluminado por los misiles de la “Resolución Absoluta”. Lo sufren las madres en Teherán y Minab, llorando sobre los escombros de una guerra que no pidieron, provocada por el asesinato de sus líderes desde drones operados a miles de kilómetros de distancia.
El capitalismo del desastre opera con una eficiencia perturbadora. Destruyen la infraestructura de un país, asfixian su economía con bloqueos comerciales, derrocan a su liderazgo, y al día siguiente, llegan las multinacionales occidentales con contratos de “reconstrucción” y “desarrollo energético”. Es el ciclo perfecto de la acumulación de capital a través de la violencia militar.
La Resistencia en Tiempos de Oscuridad
Este es el panorama que nos deja el inicio de 2026. Hemos presenciado, atónitos, cómo Estados Unidos y sus aliados han decidido que el mundo entero es su patio trasero. La Doctrina Monroe se ha expandido hasta el Golfo Pérsico.
Frente a esta barbarie sistemática, el silencio no es una opción; es complicidad. La historia nos enseña que los imperios, cuando entran en su fase más decadente y desesperada, se vuelven también los más violentos. La brutalidad en Venezuela y en Irán no son signos de un poder incuestionable, sino los estertores de una hegemonía que sabe que el mundo multipolar (con actores como China y Rusia consolidando alianzas alternativas) amenaza su control absoluto.
Como latinoamericanos, la intervención en Caracas debe encendernos todas las alarmas. Hoy secuestran a un presidente en Miraflores porque tiene petróleo; mañana, si normalizamos esta atrocidad, lo harán en cualquier capital de nuestro continente si deciden que nuestro litio, nuestra agua o nuestros minerales estratégicos les pertenecen.
La lucha por la autodeterminación de los pueblos, la condena irrestricta a la intervención extranjera y la defensa de la vida frente a la maquinaria bélica del capital corporativo nunca habían sido tan urgentes. En 2026, el Imperio se quitó la máscara; es nuestro deber no desviar la mirada de la monstruosidad que ha quedado al descubierto.
Fuentes y Documentación del Análisis
La información presentada en este ensayo se sustenta en el monitoreo geopolítico global a marzo de 2026.
- Sobre Venezuela: Detalles de la “Operación Absolute Resolve”, la captura de Nicolás Maduro, las declaraciones de Delcy Rodríguez y el control de reservas petroleras documentados en reportes de inteligencia y medios globales. Información sobre las Licencias Generales de la OFAC (GL 46A a 50A) y operaciones de empresas extranjeras emitidas por el Departamento del Tesoro de EE. UU.. El decomiso del buque petrolero Skipper por el Departamento de Justicia.
- Sobre Irán y Medio Oriente: Historial del golpe de Estado de 1953 (Operación Ajax) contra Mosaddegh. Declaraciones del presidente Trump en enero de 2026 incitando protestas. Detalles del ataque militar conjunto de EE. UU. e Israel del 28 de febrero de 2026, el asesinato del Ayatolá Alí Jamenei, las represalias iraníes y la crisis humanitaria (incluyendo los bombardeos en Minab) respaldados por agencias internacionales y corresponsales de guerra.
