Con Fidel no puede morir el diálogo entre latinoamericanos

La muerte de Fidel Castro la noche de ayer es noticia mundial porque, esta vez, sí ocurrió: después de decenas de atentados, de rumores, de “muertes confirmadas”, anoche, el presidente de Cuba y hermano del líder revolucionario, Raúl Castro Ruz, anunció en cadena nacional la muerte de una de las figuras centrales de la política y el diálogo  latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX.

Desde 2008, que una crisis de salud lo obligara a delegar el poder a su hermano, la figura de Fidel se fue construyendo como la de un patriarca retirado: figuras como Chávez, Lula, Evo o los Kirshner se reunían constantemente con él y las fotografías de esas reuniones servían, al mismo tiempo, como una herramienta de legitimación de sus presidencias dentro de la izquierda latinoamericana, y evidencia de que el revolucionario seguía vivo y fuerte y, aparentemente, los años no pasaban por él, vestido ya no con uniforme militar, sino, siempre, un pants con la bandera cubana. Y es que, todavía hasta ayer, incluso hoy con su muerte, la figura del original de Holguín fue central en el diálogo entre latinoamericanos, en la formación y construcción de una identidad política latinoamericana incluso dentro de la oposición, tanto de izquierda como de derecha.

Cuando Barack Obama anunció, a finales de 2015, que su gobierno comenzaría a negociar un acercamiento diplomático con Cuba, la isla se fue consolidando como un espacio donde y desde el que podría comenzar una negociación entre ese enclave histórico del socialismo, los países “no alineados”, las derechas latinoamericanas que iban resurgiendo y los grupos que, dentro de esos países, luchan contra ellos; en Cuba podrían ocurrir los acuerdos que necesariamente tenían que irse dando entre grupos enfrentados: si Estados Unidos y Cuba podían ser capaces de reiniciar pláticas a más de cincuenta años de la crisis de los misiles del 61, Colombia y las FARC podían dialogar, Maduro y la oposición venezolana, Dilma y Temer…

Si bien es cierto que a Fidel no lo podría caracterizar nadie como alguien dado a dialogar sino, más bien, como una persona con una capacidad única para dar discursos —incluso uno de sus amigos más cercanos, Gabriel García Márquez lo decía en un tono muy mítico: podía hablar por horas, él solo, y quienes lo escuchaban de verdad lo escuchaban— (vía: El País), esa misma teatralidad del líder cubano fue necesaria para consolidar en el régimen que gobernó por más de 47 años, toda una construcción casi mitológica que lo colocó siempre en el centro de las discusiones diplomáticas del continente.

El actual “deshielo” entre Cuba y los Estados Unidos (que fue criticado abiertamente por Fidel) se encuentra, hoy, en un proceso complicado: del lado de los Estados Unidos, la victoria de Donald Trump el pasado 8 de noviembre ha hecho que no haya certezas, ni en la isla ni en Washington, de que siga su curso, principalmente porque el acercamiento se dio a partir de una orden ejecutiva de Obama que podría ser vetada el primer día de la presidencia de Trump; del lado cubano, la muerte del líder podría interpretarse como una pérdida de legitimidad del régimen completo, si bien el sistema político cubano está mucho mejor consolidado que el venezolano (para equiparar, como ya se está haciendo, las muertes de Chávez y Castro), su posición en el diálogo diplomático latinoamericano podría tambalearse. El diálogo por la paz entre las FARC y el gobierno colombiano podría, también, ser afectado por la muerte del líder cubano: el rechazo de las negociaciones anteriores y el constante desgaste que el expresidente colombiano, Álvaro Uribe, ha generado ya habían puesto en peligro cualquier acuerdo. (Vía: El Mundo)

Es imposible negar que, durante casi medio siglo de gobierno, el de Castro cometió errores graves, violaciones sistémicas a los derechos humanos de muchos de sus ciudadanos, un aislacionismo que llevó a la isla a una serie de hambrunas y crisis económicas que, aún hoy, impactan la vida cotidiana de muchos… Pero algo queda del legado de Fidel, aunque pueda ser algo romántico: la capacidad de construir espacios para todos, la posibilidad de soñar y de realizar algo que desafíe y rechace la forma que ha sido considerada “común” y “normal”. La muerte de Fidel no debería de cancelar, en Cuba y en todo el continente, la capacidad de todos de dialogar, de llegar a acuerdos, más ahora en estos tiempos que tanto nos lo exigen. La historia habrá de absolvernos, como el mismo Fidel diría.

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