Pareja lesbiana escapó de Rusia a Canadá en bote

¿Hasta dónde irías por tu pareja? A la hora del enamoramiento, cualquiera accede a promesas imposibles: “te quiero de aquí a la Luna”, “te quiero de aquí al oxxo en el que asaltan”. El problema aparece cuando tus promesas chocan con la realidad y tu amor no cruza ya no digamos países sino códigos postales. De nuevo: ¿hasta dónde llegarías por tu pareja? Elena y Meg literalmente cruzaron los mares: huyeron de Rusia a Canadá en bote.

Para nadie es secreto que Rusia desprecia a la comunidad LGBT. A los crímenes de odio se debe sumar una ley autoritaria y moralina que prohibe la “propaganda gay”. Estar fuera del clóset en Rusia implica riesgos enormes, como lo demuestra el trato criminal que reciben los homosexuales en Chechenia.

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Elena

Rusia no es amigable, pero el Pacífico tampoco. ¿Qué tuvo que pasar para que Elena y su novia Meg se embarcaran en un viaje de esa magnitud? De entrada, enamorarse. Ovidio, quien básicamente inventó nuestro concepto de amor, comparaba el enamoramiento con una lucha. Su sentencia se cumple a cabalidad con esta pareja. 

Elena nació en Ivánovo, una ciudad famosa por su industria textil, a 250 kilómetros de Moscú. Ella siempre supo que le gustaban las mujeres, pero también sabía que su ciudad y su familia serían un obstáculo. Su plan de vida fue trazado por terceros antes de que ella pudiera recorrerlo: conocer un hombre, casarse, tener hijos.

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Elena y Meg en 2006.

Como muchas historias actuales de cariño proscrito, Elena y Meg se conocieron en Internet. Intercambiaban palabras en chats mientras Elena salía con un hombre que simplemente no le atraía. En ese momento Meg era apenas un montón de bytes procesados por una computadora, meras palabras recorriendo una pantalla, pero eran mucho más atractivas que cualquier persona que hubiera conocido Elena en su vida:

“Meg puede hacerlo todo: es música, toca el piano, vuela aviones, conduce barcos. (…) Por supuesto me enamoré de ella al instante”, relató Elena a la revista rusa Prospekt.

De entre todos los ligues en la red que se jactan de aptitudes y cualidades inverosímiles, Elena encontró a alguien que no solo prometía maravillas: decía la verdad. Tras seis meses de chats más intensos que la vida fuera de las pantallas, Meg y Elena acordaron encontrarse en Kiev, Ucrania.

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Elena en Turquía.

Elena avisó que iría a Ucrania solo de vacaciones, pero ya había decidido no volver a Rusia; no había comunicado esa decisión ni siquiera a su novia. Cuando mucho, Meg creía que tras su encuentro, Elena podría eventualmente emigrar con ella. Pero ninguna de la dos sabía que literalmente tendrían que huir.

Al paso de los días en Ucrania, el teléfono de Elena comenzó a timbrar: sus padres y su novio esperaban su regreso. En una de esas llamadas, ella confesó su relación con Meg. Por supuesto, al principio le exigieron volver a Rusia de inmediato y terminar con Meg. Finalmente acordaron que la pareja se encontraría con la madre de Elena en una estación del tren.

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Meg en el Mediterráneo.

Sin embargo, junto con la madre apareció el padre de Elena, quien exigía el regreso de su hija:

“Mi padre azotó tres tickets contra la mesa y dijo ‘tú vienes con nosotros a Ivánovo’. Eso fue un ultimátum para mí; y esa fue la primera vez que estuvo en desacuerdo con ellos en mi vida”.

Esto provocó un pleito que ameritó la intervención de la policía, que le dio la razón a la joven pareja. Los padres tuvieron que volver a Ivánovo solos.

Sin embargo, Elena descubrió tras la despedida que sus padres habían robado su pasaporte, dejándola varada en el extranjero, obligada a volver. Acudieron a las autoridades consulares, pero no pudieron ayudarlas; la única opción que les ofreció el consulado de Canadá para que Elena fuera bienvenida como refugiada, implicaba separarse de Meg y quedarse varada en Ucrania.

Una amiga de Elena, providencia mediante, consiguió regresarle el pasaporte en Odessa. “Ella fue la única persona que dijo estar feliz por mí”. De ahí, la pareja viajó a Turquía donde por dos meses Elena tomó clases de navegación.

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Cuando cruzaron el Canal de Panamá.

Desde Turquía emprendieron un viaje que duró insólitos 10 meses. Además del combustible intangible que es la esperanza, una previsora Meg llenó el barco con toda la comida y agua que pudiera hacerles falta para un año. A diferencia de los canadienses, los rusos requieren visa para entrar a muchos países, por lo que contemplaron un viaje sin escalas.

Su itinerario fue digno de una novela de Salgari o Melville: recorrieron el Mediterráneo, enfrentaron huracanes en el Atlántico y luego de atravesar el Caribe llegaron al Pacífico por el Canal de Panamá. Pero ninguna de sus penurias náuticas se comparó a lo que enfrentaron en el norte del Pacífico:

“Nunca había visto a la naturaleza como algo cruel o amenazante. En mar abierto, a cientos de millas de la costa de Norteamérica, encontramos las peores condiciones marítimas que jamás hubiéramos experimentado. Muchas veces creímos que no íbamos a lograrlo.(Vía: Advocate)

La pareja llegó a Vancouver, Canadá, en abril del 2007. Arribaron a las dos de la mañana en una noche tranquila y sin gente. Simplemente atracaron en un club de yates donde no había nadie: “Había algo irónico al respecto; habíamos terminado una travesía enorme por amor, pero no había nadie para recibirnos”. 

Han pasado más de diez años desde la noche en que atracaron en Vancouver. Ahora viven en el muelle, en un pequeño bote desde el cual Meg trabaja como programadora, mientras que Elena se dedica a escribir; ya publicó un libro en ruso donde cuenta su historia.

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Elena en el Caribe.

Gastaron tanto dinero en el viaje, que Meg tuvo que vender su casa en Victoria, pero no parecen inconformes. Muy por el contrario, acaso descubrieron que el concepto de “hogar” no se refiere a un inmueble sino a un vínculo menos tangible pero más sólido. No importa que su casa sea itinerante mientras el lazo sea firme, como tierra.

Por: Redacción PA.