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Don Julio: el defensor del oasis de Durango

Este hombre asegura que 'no se cuida lo que no se ama'; él es el guardián de este oasis
Don Julio, el defensor del oasis en el desierto de Durango. Fotografías: Alejandro Echevarría / Plumas Atómicas

Cada que sale el Sol, Julio Limones se para en la puerta de su casa para llenarse los ojos de cerros vivientes y los oídos del trinar de los pájaros. Se sabe privilegiado por no verse envuelto en una capa de smog. El caserío es Nuevo Graseros, en medio del desierto de Durango.

Don Julio acomoda el morral lleno de pastura, se pone el sombrero y se monta en su bicicleta para ir a su corral de chivas. Cuando termina de alimentarlas, en la misma bicicleta recorre tres kilómetros respirando el aire seco del desierto que lentamente se va humedeciendo hasta adentrarse en un bosque de ahuehuetes. Sí, en medio del desierto.

Es una cosa increíble que en pleno desierto, el desierto chihuahuense en el que nos encontramos, sea único el que le está dando vida a la laguna: el río Nazas, dice asombrado don Julio, quien a sus 84 años sigue maravillado del lugar que habita.

Desierto de Durango. Imagen: Alejandro Echevarría / Plumas Atómicas

El Cañón de Fernández es un polígono de 17 mil hectáreas en la cuenca baja del río Nazas, la fuente que riega la comarca lagunera. Dentro de esta Área Natural Protegida, dos paredes rocosas abrazan al río por varios kilómetros, un capricho topográfico que propicia la misteriosa coexistencia de dos ecosistemas: el desierto y el humedal.

“Todo esto que estamos viendo aquí son gavias, y ya como eso son mezquites”, señala don Julio en medio del calor abrasante del medio día. -Luego camina 50 pasos y se detiene bajo la refrescante sombra de un ahuehuete y sigue su explicación-: “esto es un sabino, el ahuehuete. Es de la familia del árbol de la Noche Triste donde lloró Hernán Cortés”.

Don Julio, el defensor del oasis en el desierto de Durango.Fotografías: Alejandro Echevarría / Plumas Atómicas

Don Julio tiene presentes dos recuerdos de su infancia: a su padre repitiendo “esto que ves, es lo único que tienes; cuídalo”; y al Cañón de Fernández con más flora y fauna.

El gobierno de Durango reconoce que el ser humano históricamente ha dañado al Cañón de Fernández de tres maneras: la cacería, la extracción de mármol y el depósito de escombro. Desde adolescente, don Julio carga en la bolsa de su camisa un papel con los números telefónicos de protección civil, SEMARNAT e incluso del ejército, a quienes les llama para denunciar las cosas que afectan al Cañón.

Desierto de Durango del que cuida Don Julio. Fotografías: Alejandro Echevarría / Plumas Atómicas

Según medios locales, 100 mil personas visitan el Cañón de Fernández cada año. Don Julio no enemista con ellos, porque el turismo es la principal actividad económica de Nuevo Graseros y de algo tiene que comer la población.

Ante la inminente oleada de personas que vienen principalmente de Torreón, Coahuila; y de Gómez Palacio y Lerdo, Durango, don Julio dice que la estrategia que debe implementar es una sola: la educación. No se cuida lo que no se ama y no se ama lo que no se conoce.

“No es lo mismo ver a conocer. Mira uno cosas, ‘qué bonito río’ porque lo vemos, pero no lo conocemos. ‘Qué bonitos cerros’, pues sí, porque los estamos viendo, pero no los estamos conociendo. Y yo para eso estoy aquí”, aclara.

Así es como el defensor del oasis que es el desierto de Durango, resguarda las tierras que ve como legado, como uno de sus tesoros más preciados.