Danny Nedelko: los días de la Caravana Migrante en Tijuana

Imagen: Esteban González de León

“¿Cuándo ha funcionado construir un muro? Nunca. Mira el Muro de Berlín”, me explica Juan Carlos afuera de la Unidad Deportiva Benito Juárez, donde se resguardan 2,400 migrantes, en su mayoría provenientes de Honduras. A escasos cincuenta metros de nosotros se levanta la sucesión de vallas metálicas y alambrada que compone el muro entre Tijuana y San Diego, la frontera más transitada del mundo.

No podría menospreciar la opinión de Juan Carlos; sus conocimientos de albañilería y sus lecturas de Historia se unen a los días que ha caminado desde Honduras hasta Tijuana; y todo este cúmulo de experiencias apunta a un mismo alegato: “Dios hizo la Tierra para todos”, me dice, aun si los humanos suelen canjear meros pedazos de papel que representan la posesión de un terreno o permiten el ingreso a un país. A Juan Carlos no se le escapa que estos canjes usualmente abren paso a ironías insólitas: la isla de Nueva York fue comprada a los canarsie por el equivalente a 24 dólares; y cuando lo explica no sabe si este hecho juega a su favor o en su contra.

Juan Carlos hablando de historia. Imagen: Esteban González de León

Ambos llevamos un par de días en Tijuana, platicamos afuera de un zaguán donde una pareja de mexicoamericanos, Sirce y Christian, ambos hijos de migrantes, acomodan la camioneta en la que trajeron más de 300 sandwiches e idéntico número de botellas de agua. El joven matrimonio vio por la tele a los migrantes centroamericanos pernoctar en la playa y decidieron en el momento hacer el viaje desde Los Ángeles para llevarles comida.

Sirce, quien convenció a su marido y a sus amigos de que la ayudaran a preparar y entregar los alimentos, nació en la Ciudad de México, pero casi no queda rastro del español chilango en su acento. Era inevitable que viera en los niños migrantes un reflejo de sí misma cuando cruzó la frontera junto con su madre.

Sirce, Christian y sus amigos viajaron desde Los Ángeles. Imagen: Esteban González de León

“La esperanza es un junco esbelto, un castillo en el aire, una compañera agradable pero mala guía, buena salsa pero comida escasa”. Esta áspera definición de Terry Eagleton dibuja con tino el sentimiento predominante en el deportivo Benito Juárez. Son días de esperanza sin optimismo, donde la mayoría de los involucrados en la Caravana Migrante ven Tijuana como una antesala incierta, la clase de salas de espera donde parece que olvidas tu objetivo o tu meta con el paso del tiempo. Tan cerca y tan lejos, es imposible ignorar el muro construido por la administración Clinton que se separa a México de Estados Unidos.

Ese primer muro construido en los noventa, que ya no escandaliza a casi nadie, ha sido reforzado hasta el absurdo por todos los medios posibles. Una noche contamos 8 helicópteros sobrevolando simultáneamente la frontera. ¿A quién esperaban? ¿Qué clase de amenaza imaginaban? El oficial que nos atendió en la garita de San Ysidro mientras cruzábamos nos preguntó “¿Han visto a los migrantes?” Se trataba de una pregunta retórica, apenas la apertura de un monólogo:

“Se la pasan drogándose. Los han visto picándose los brazos en la calle. Con heroína”.

Tanto mi compañero reportero Esteban como yo no vimos una escena semejante ni en Chiapas ni en CDMX ni en Tijuana, los lugares donde ambos cubrimos el éxodo migratorio. Pero las falsedades elaboradas viajan mucho más rápido que las verdades simples como una piedra.

San Diego cerca de la frontera con Tijuana. Imagen: Esteban González de León

Donde muchos ven amplias conspiraciones, se encuentran atrocidades menos complicadas pero mucho más contundentes: “los actores detrás de esto son el hambre, la violencia, la miseria”, explicó un hondureño a Esteban en Tapachula.

Cerca del muro del lado de Tijuana hay fiesta permanente, casas con vista a la playa, bares con precios seductores. Cerca del muro de lado de San Diego hay una silenciosa reserva ecológica, una carretera bien asfaltada pero angosta y un rancho que oferta equinoterapia. Una caminata de 20 minutos hacia la valla desemboca en una solitaria loma coronada con unas bancas y parrillas para carne asada. Ese parque adyacente al muro y a la playa se llama Friendship Park.

Friendship Park, San Diego. Imagen: Esteban González de León

Nuestro amigo Carlos, un médico gringo que vive en San Ysidro, nos asegura que hace poco más de 30 años Friendship Park no era un nombre irónico: cada sábado los mariachis mexicanos cruzaban la línea, que en ese entonces era solo imaginaria, y tocaban para los norteamericanos que acudían al parque a embriagarse. En esta esquina del mundo la borrachera es un noble promotor de las relaciones bilaterales, pero ahora los norteamericanos deben internarse en Tijuana y beber en el Dandy del Sur y demás bares de la Sexta si desean cultivar la versión con hipo de la diplomacia.

Es difícil imaginar a alguien más californiano que Carlos. Nacido en Nueva Jersey, pasó sus primeros años del lado del continente donde el sol sale por el mar al amanecer. Tras recibirse como médico en el Atlántico, viajó a California en plan huida: “solo volví una vez a Nueva Jersey: por mi madre”, confiesa entre risas. Desde entonces, para Carlos el sol se mete en el mar cuando atardece, nunca sale de él.

Carlos, el californiano. Imagen: Esteban González de León

Instalado en California, probó el LSD al mismo tiempo que Ken Kesey. Tras acumular diez viajes de ácido auténtico y no las imitaciones que venden ahora, los sesenta terminaron de súbito cuando fue enviado a Vietnam. Al volver, dividió su años entre California y México. Ahora, a veces cruza a Tijuana para labores diplomáticas y todos los días corre hasta Friendship Park, decepcionado de que ese punto de California haya pasado de ser un salón de fiestas binacional a un símbolo de la discordia promovida en la era Trump, al que acuden supremacistas blancos para tomarse fotografías con la border patrol.

Mientras Carlos vive el atardecer de su vida decepcionado de la política y de muchos de sus compatriotas, los reporteros norteamericanos que cubren la Caravana se dividen en dos clases: los que reportan sin moverse de San Diego, en su mayoría medios pro Trump, y los que reportan del otro lado, desde el albergue.

Sam Slovick, por ejemplo, es un veterano periodista y activista de Los Ángeles que acompañó a la Caravana en autobús por todo México y que niega con la cabeza cuando le explico que prefiero pensar en los Estados Unidos como el país de Whitman, Ginsberg y Aretha Franklin; ¿a quién no le reconforta tener una opinión favorable del vecino, aun si es discutible? “Ellos no remedian el imperialismo”, me dice antes de despedirse con una consigna que usa como reemplazo directo del común y nada rebelde “adiós”: “Let’s radicalize!”

Albergue Benito Juárez. Imagen: Esteban González de León

Peter Kronish, por su parte, compagina el fotoperiodismo con las labores de bartender en Los Ángeles. Tijuana lo ha confrontado con muchas nociones que tenía de su propio país. Hace pocos años, Peter era un fanático de las armas que trabajaba en un campo de tiro, incluso aspiró a un puesto en el equipo olímpico. Aunque aún conserva sus armas deportivas, está muy lejos de ser un partidario de la NRA y desencantarse de las armas lo ha llevado a enfrentarse con muchos otros elementos incómodos de la cultura norteamericana.

Una tarde, Peter nos acompañó con inicial escepticismo a un local de birria ubicado en la calle Tercera. No lo culpo: es difícil esperar que la ambrosía se venda como una sopa de carne. Esa birria no solo había sido según él la mejor cena de su vida, sino que ingresó a la lista de momentos en que lo han ayudado a deconstruir su identidad estadounidense. Y Baja California se prestó para no pocos momentos de ese tipo.

Tecate, Baja California. Imagen: Esteban González de León

En Tecate, por ejemplo, conocimos un tramo de la barda fronteriza con apenas medio de altura. La medidas excesivas de San Diego se vuelven de risa 50 kilómetros hacia el oeste. No muy lejos de ese punto ridículamente chaparro de la frontera estarían los túneles por donde han cruzado algunas decenas de migrantes. Caminar juntos fue indispensable para que la Caravana llegara a salvo a Tijuana desde Tegucigalpa; su cruce, en cambio, acaso depende de la dispersión estratégica.

Por supuesto, el cruce representa un dilema. Muchos aspiran a ingresar a Estados Unidos como refugiados pero, gracias a Trump, al cruzar de forma ilegal se anularía esa posibilidad. La información que les dan autoridades y ONGs es confusa y con frecuencia contradictoria. Además, los integrantes del éxodo carecen de un liderazgo que pueda encauzar voluntades hacia un objetivo preciso. Todos quieren cruzar, pero no hay acuerdo sobre el método a seguir.

La línea fronteriza en Tecate. Imagen: Esteban González de León

Y es que no hay día en el albergue en que no se escuche un grito, “¡Vamos a la garita!”, que es secundado por varias voces. El griterío nunca cruza las puertas del albergue. Mucho menos después de que los manifestantes anti migración quisieron confrontar a la Caravana y la claustrofobia y el pesimismo se recrudecieron al interior de la unidad deportiva.

¿Solicitar refugio legal? ¿Cruzar de forma clandestina? ¿Plantarse en la garita? Ninguna opción parece acertada y ningún plan convence a la mayoría. Sobre todo si se toma en cuenta el abanico de vicisitudes que deben enfrentar afuera del deportivo Benito Juárez. Los actos de solidaridad son amplios, pero seguido parecen contrastados por muestras de desprecio y de rechazo que no son numerosas pero sí causan ruido, como ciertos cohetes que no hacen daño pero sí ensordecen.

Una noche, un resignado equipo de futbol llevaba comida y fiesta con reguetón a los migrantes que duermen en la cancha donde ellos entrenaban; al día siguiente, trescientas personas desfilaban desde la glorieta a Cuauhtémoc hacia el albergue con el fin de “expulsar” a la Caravana.

El muro entre Tijuana y San Diego. Imagen: Esteban González de León

La olla exprés en que se ha ido convirtiendo el albergue liberó presión de forma brusca el domingo 25 de noviembre cuando varios migrantes fueron repelidos con gas lacrimógeno en la línea fronteriza.

En medio de esa incertidumbre, ante un gobierno de Estados Unidos que se comporta como el agente de la garita que enceguecía con sus propias fabulaciones, buscar trabajo en Tijuana ha resultado ser opción viable, aun si se corre el peligro de caer en una rutina que posponga definitivamente el objetivo: cruzar al otro lado.

Un día alguien te cuenta que ya consiguió trabajo en un taller donde pintan carrocerías y al día siguiente alguien más confiesa que ya se empleó en un local cercano al albergue. Abundan también aquellos que venden cigarros al interior del deportivo; los más aventurados, venden una improvisada adaptación de la comida hondureña.

Wilmer, quien lidió con paradojas kafkianas. Imagen: Esteban González de León

Wilmer era guardaespaldas en Honduras, de ese oficio conserva el porte discreto y el andar sigiloso, aun cuando rebasa los cien kilos y el metro ochenta y cinco. Cuando encontró una oferta como ayudante en una veterinaria, topó de frente con un requisito kafkiano: debía llevar una referencia. ¿Quién podría recomendarlo en el filo de un país extranjero al que apenas llegó? A estas alturas del mapamundi, los únicos conocidos que tiene en México ajenos a la Caravana son los reporteros que lo han seguido desde Tapachula. Uno de ellos acudió a la veterinaria a dar fe de que Wilmer era un hombre confiable.

De milagro, nos dijo al aire, no le solicitaron más papeles que su carnet de identidad. Como bien sabemos en México, los gobiernos latinoamericanos suelen parchar la corrupción con burocracia y algunos hondureños portan incluso una santaannesca licencia, según explican, para andar a caballo. No importa cuántos kilómetros caminen hacia el norte, todo gira alrededor de papeles, de “la comprobación incesante de que tú sí eres tú”, como se quejaba José Emilio Pacheco.

Mientras los migrantes sueñan con llegar a Estados Unidos como refugiados, muchos tijuanenses cruzan todos los días para trabajar en San Diego sin una visa de trabajo. Hay quien dice por la mañana que va de compras al outlet de Las Américas y por la tarde regresa con dólares. “El primer migra en interrogarme fue mi madre”, dice un célebre poema del tijuanense Omar Pimienta sobre los preparativos para cruzar con éxito la garita. “Mucho antes de saber leer y escribir / aprendí a mentir mirándote a los ojos”, precisa.

Marcha antimigrante frente al albergue Benito Juárez. Imagen: Esteban González de León

La economía de dos ciudades gira en torno a la red de embudos que las conecta. “La regla es sencilla, lo que sea que lleves al otro lado cuesta diez veces más; puede ser droga, pueden ser cosméticos, pero también aplica para las personas”, me explica un chilango que lleva cinco años vendiendo productos para el pelo en San Diego.

Sin quererlo, toca una fibra fundamental detrás de las cuestiones migratorias: en un mundo global, un aguacate acaso viajará en su corta vida muchos más kilómetros que las manos que lo cosecharon. Pero también el precio de la mano de obra se multiplica cuando cruza esa línea imaginaria marcada con cemento y acero. Eso lo sabe Javier, quien cruzó hace unos años de forma clandestina hacia Estados Unidos. Tras haber sido deportado hacia Honduras en una ocasión, vive la Caravana como una revancha discreta.

Como muchos otros migrantes, Javier se ha convertido de la mano de su celular en un reportero constante que transmite sin interrupción y de forma exclusiva para su familia, el público fiel que le sigue el rastro por redes sociales desde que dejó la frontera entre Honduras y Guatemala. Javier se ha convertido para su esposa y sus dos hijas en una reunión de pixeles sobre una pantalla de cuatro pulgadas. Su voz es un flujo de bytes que viajan por satélite entre dos puntos del hemisferio norte.

Javier, un conjunto de pixeles sobre una pantalla. Imagen: Esteban González de León

En Tijuana los sentimientos se presentan casi siempre como un oxímoron: el júbilo puede ser desesperado, las carcajadas suelen ser amargas y la nostalgia por el terruño, la casa, la cena recién hecha, se mezcla con el alivio de no haber sido deportado.

Estas emociones contradictorias se comprenden al platicar con Escobar. En Honduras su familia se dedicaba con éxito a la ganadería. En una foto de Facebook, Escobar sonríe mientras ordeña la leche bronca que, asegura, enseguida será la base de un café. Detrás de él se levanta una colina que parece salida de Photoshop. Al parecer, en el rancho familiar no hace falta manipular el paisaje por computadora para que parezca una postal.

De poca estatura pero andar recto, de rasgos finos pero mirada dura, Escobar habla como si nuestra conversación en la banqueta del albergue Benito Juárez fuera una clase universitaria de política hondureña, donde el principal ejemplo es la expulsión de su familia debido a su disidencia política.

Los roces con gobernantes, unidos a la inseguridad, motivaron a varios integrantes de su familia a volar hacia Estados Unidos por la vía legal. Sin embargo, el punto crítico llegó cuando dos familiares murieron no por la delincuencia sino por sus enfrentamientos contra el gobierno. Para cuando Escobar decidió que debía huir, la vía diplomática había desaparecido. Huyó a pie aprovechando la seguridad que ofrece pertenecer a la Caravana.

Unidad Deportiva Benito Juárez. Imagen: Esteban González de León

Ignora qué es mejor para su futuro, si cruzar ilegalmente y perder sus derechos migratorios para siempre o conformarse con acudir a la garita de San Ysidro y pedir una ficha para un juicio de asilo político. Los solicitantes pueden pasar de meses a años a la deriva en la frontera esperando su turno para hablar ante un juez, en un cruel trámite que hermana a muchos refugiados con algunos enfermos del sistema de salud mexicano que mueren aguardando una consulta.

Para Escobar, el éxodo migrante es solo en parte producto de la delincuencia y el hambre. El movimiento de miles es, ante todo, el claro reflejo de una crisis humanitaria que se cocinó en la arena política. Comúnmente, algunos mexicanos que no ejercitan con éxito la empatía ni la autocrítica nacional preguntan en voz alta por qué los hondureños no recuperan su propio país de manos de la pobreza y la corrupción.

Tras unas elecciones marcadas por la sospecha, Juan Orlando Hernández estrenó la recién aprobada reelección presidencial en Honduras acusado de haber cometido fraude. Durante la crisis post electoral, al menos 16 personas murieron. Pero Hernández, quien fuera duramente criticado por la activista Berta Cáceres antes de ser asesinada, no pareció inmutarse. ¿De qué podría preocuparse cuando la ley le permitió reelegirse pero no permite a la gente protestar por ello?

El Código Penal de Honduras considera que las protestas son equiparables al terrorismo y, a discreción de lo que el juez considere, la protesta se puede castigar hasta con veinte años de prisión. Los medios tampoco están exentos de pagar caro por incomodar al gobierno: la llamada “apología del terrorismo” puede costar a un periodista hasta ocho años de prisión.

“Y si todo falla, a ellos siempre les queda La Montañita”. Eso último lo cuenta Emmanuel, casi como un suspiro. Se incorporó a la Caravana por razones parecidas a las del Escobar y guarda un escepticismo semejante hacia el futuro. Para ambos Tijuana es un limbo, una ciudad amable donde se corre el riesgo de quedar a la deriva. Sin embargo, ambos parecen poner en práctica contínuamente una frase que Antonio Gramsci citó desde la cárcel en una carta:

“Soy un pesimista debido a mi inteligencia, pero un optimista debido a mi voluntad”.

Y el optimismo de Emmanuel radica en estar lejos de La Montañita, el cementerio clandestino donde la gente asegura que tanto criminales como gobierno se deshacen de sus adversarios.

He empezado este texto desde Norteamérica y en cada párrafo me encamino unos cuantos kilómetros más hacia el sur. Elegí esta ruta a contracorriente porque aspiraba a llegar en algún momento a la raíz. Pero es como perseguir el horizonte, porque toda respuesta es circunstancial y toda verdad es transitoria. Con frecuencia, las crónicas también se escriben a la deriva. 

Durante mi estancia en Tijuana, en mis audífonos y en el estéreo del coche ha sonado con demasiada frecuencia “Danny Nedelko” del grupo de punk inglés Idles. Más que una brújula moral, acudo a esta canción como se acude a un horóscopo secular, una guía para resolver acertijos. Esta canción trata sobre la inmigración en Gran Bretaña, una isla cada vez más insular, pero refleja con inusitada precisión el ambiente desesperado y al mismo tiempo solidario del albergue Benito Juárez, donde por momentos todos parecen familia (disfuncional como todo lo que nace en América Latina) pero nadie se conoce realmente, donde se confía en meros desconocidos pero se descree de lo que se ha visto siempre. Tijuana y San Diego forman un oxímoron de belleza atroz y quienes han pasado por ahí viven su cruce por la frontera en términos semejantes. Por una semana, el albergue Benito Juárez se ha convertido en un limbo hospitalario, como la isla Eolo donde Circe buscó convencer a Odiseo de nunca llegar a su destino.

Pero la migración fluye como fluye el agua. Un río puede modificarse, puede entubarse, puede contenerse con una presa, pero nadie puede detenerlo. De la misma forma, la fuerza hidráulica de la Caravana habrá de buscar su paso a través de la frontera, ya sea como un río subterráneo a través de los túneles por donde cruza la droga o por la superficie donde cruzan los privilegiados que cuentan con papeles. Si realmente quisieran detener el flujo migratorio, se tendría que ir al origen, a la Montañita que expulsa a los migrantes como un río en deshielo. Desde el delta súbito formado en esta ciudad, cualquiera puede testificar que el agua que desciende de una montaña es dulce pero indomable.

Por @edegortari