Trump v. town hall: la batalla que se ganó a partir de hacerse oír

En México, acostumbramos decir que no tenemos forma de exigirle a nuestros representantes que defiendan nuestros intereses, y, en buena medida es cierto. En otros países, la reelección, líneas telefónicas y reuniones con sus votantes ponen frente a frente a senadores, congresistas y representantes con quienes los pusieron en esos mismos asientos. En Estados Unidos, los “town hall” (reuniones distritales entre votantes y representantes generalmente en edificios públicos, de ahí el nombre) son un espacio en el que el rechazo generalizado a ciertas leyes, a ciertos personajes o a ciertas votaciones es más visible.

En 2009, varias decenas de grupos comenzaron a organizar un movimiento de visibilización de demandas: reducir impuestos y el tamaño del gobierno, exigir el cese del espionaje interno por parte de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y detener lo que desde diversos círculos conservadores llaman una “guerra cultural”. Lo empezaron desde comités vecinales, “town hall”s, juntas distritales… el “Tea Party” fue, a lo largo de la administración Obama, un recordatorio constante de que había un sector importante de estadounidenses conservadores que buscaban regresar a 1950. (Vía: New York Times)

El “Tea Party” fue abrazado pronto por el partido republicano (aún cuando muchos de quienes lo conformaban eran abiertamente racistas, misóginos y xenófobos) pues servía  para sus propósitos, además de que mucho del dinero que hacía exitosas las operaciones del “Tea Party” venían de los mismos donantes, de los mismos lobbies, que pagaban las elecciones republicanas. El movimiento fue tan exitoso que logró colocar a representantes y senadores en las cámaras estatales y federales, le arrebató gubernaturas “seguras” a los demócratas; logró que el partido republicano completo adoptar el discurso radical y negacionista de sus miembros, y naturalizó un discurso de odio que le dio en 2016 la presidencia a Donald Trump.

Para 2010, cuando Barack Obama y su administración presentaron el Acta para la Protección de Pacientes y de Cuidados Asequibles (ACA, por sus siglas en inglés u “Obamacare”, para el grueso de la población), y a lo largo de cuatro años conforme la reforma fue discutida, enmendada, bloqueada y, finalmente, votada y aprobada, el Tea Party fue un opositor constante, pues se temía que el “Obamacare” fuera una imposición del gobierno, que se bloqueara la “libertad” de elegir y que una red de seguridad tan importante como es el servicio médico garantizado para buena parte de la población, fuera a llevar al país completo a la bancarrota.

 

Tres años después de ser aprobada, y con un partido republicano que, por siete años, no dejó de buscar “derogar y remplazar” la ACA, la administración de Donald Trump preparó, junto con el líder republicano en el Congreso, Paul Ryan, su propuesta: la American Health Care Act, una reforma tan mal construida que, más que garantizar la seguridad médica de los estadounidenses, se la quitaba a más de 24 millones, subía los costos de seguros médicos y se convertiría en (otro) mecanismo para reducir el pago de impuestos de la población más rica del país.

Pasaron tres años y la ACA se ha sumado a la red de seguridad social estadounidense: tocar, cambiar o alterar esa red llevaría a afectar la vida cotidiana de millones, por lo que cualquier cambio que la reduzca sería, inevitablemente, respondido con enojo, organización comunitaria y con la exigencia de respuestas de parte de esos mismos millones que podrían verse afectados. (Vía: Vox)

 

La semana pasada, Paul Ryan (y, al guardar silencio alrededor de todo el asunto, la administración Trump también) retiró la propuesta de reforma, pues, aunque los republicanos controlan las dos cámaras con una mayoría simple, la Casa Blanca y dos tercios de las gubernaturas del país, cada vez más y más congresistas hacían público que votarían por el NO.

De haber seguido la votación en el pleno y de haber perdido por una mayoría aplastante (como se esperaba), el gobierno de Donald Trump hubiera recibido otro golpe más a sus “promesas” de campaña, uno del que le hubiera sido casi imposible reponerse. (Vía: The Hill)

Algunos medios y analistas argumentan que el grupo que aseguró que la propuesta de Ryan no fuera votada fue el ala de derecha más radical del partido republicano, sin embargo, la presión ejercida en los “town hall” a lo largo y ancho de todo el país, incluso en estados republicanos, las protestas en las calles y la oleada de llamadas al Congreso y a los representantes generaron la presión suficiente (por miedo a perder su asiento en las elecciones siguientes o a generar un efecto dominó en distritos electorales vecinos, por ejemplo) para que la propuesta fuera retirada.

Si bien los movimientos de resistencia a la administración Trump han sido efectivos para llamar la atención de lo peor de sus guiños totalitaristas (desde el “bloqueo musulmán” hasta este último intento) y, aunque quizá lo nieguen, aprendieron de los mecanismos de protesta del “Tea Party”, hay un último eslabón en la cadena que sigue faltando: votos. El “Tea Party” funcionó y ganó no sólo por las protestas y la presión a los representantes, sino, también, porque inundaron las urnas de votación, porque se presentaron a cada una de las votaciones: concejales, alcaldes, gobernadores y presidente, plebiscitos y referéndums, en cada una votaron. (Vía: Vox)

 

La resistencia contra Trump ¿aprenderá también eso?, ¿el partido demócrata abrazará el movimiento y le proveerá con candidatos para elegir?, ¿nosotros aprenderemos algo de todo esto?

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