Tres revolucionarios que casi no se recuerdan

Te presentamos a continuación a tres grandes revolucionarios: Felipe Ángeles, Eugenio Aguirre Benavidey Otilio Montaño, que si bien no merecieron el mote de “caudillo”, acaso más por convicción o traición que por salvedad, son sin duda esenciales hombres de la historia mexicana. Cada uno de ellos guarda importante relación con alguno de los tres principales personajes del mayor movimiento armado del México del siglo pasado: Villa, Madero y Zapata.

General Felipe Ángeles

Felipe Angeles EPPL

El 13 de junio de 1868 nacía en Zacualtipán, Hidalgo, Felipe Ángeles, uno de los estrategas militares más brillantes que pasaron por las filas revolucionarias. Aunque su nombre es quizá bastante conocido, no necesariamente lo es la trágica historia de su muerte.

A los 21 años fue distinguido como profesor de Mecánica Analítica del Colegio Militar. En su discurso, al recibir máximos honores por su desempeño académico, afirmó:

“Hay soldados de perfil rufianesco, arbitrario y brutal, y debe elogiarse al hombre dedicado al servicio de las armas sólo si es apto para someterse al principio de legalidad y si es consciente de sus obligaciones para establecer el imperio de la vida institucional”.

Algunos oficiales, sintiéndose aludidos, exigieron a Porfirio Díaz castigo por la imprudencia. Sin embargo, el general espetó: “Fíjense que no hay nada que hacer, porque el joven tiene razón.”

Fue precisamente contra la arbitrariedad y brutalidad de Díaz que Ángeles reaccionó, uniéndose a las filas de Madero, quien le envió a custodiar las acciones del ejército zapatista. Durante la administración de Carranza, para quien Ángeles representaba un problema, fue enviado a marchar con las huestes villistas. Pensaba el presidente que Felipe entraría en conflicto con el Centauro del Norte dada la diferencia entre sus formaciones y que éste se desharía de él. Ángeles y Villa, no obstante, lograron una fuerte amistad, pero se separaron cuando el caudillo desatendió las recomendaciones tácticas que el estratega diera para la batalla de Celaya.

Ángeles partió entonces a El Paso, Texas, donde estudió y abrazó la doctrina marxista. Regresó tan sólo para reafirmar sus diferencias frente a Villa, con quien lograra en otro tiempo la toma de Zacatecas. Se cuenta, sin embargo, que Villa lloró al ver partir a uno de los pocos hombres rectos que conoció en su vida.

Félix Salas fue el traidor que lo entregó a las armas oficiales de Carranza, esperando recibir alguna recompensa. Ángeles mereció un juicio de antemano perdido y usó el tiempo de su declaración pública no en defenderse, sino en dar un discurso tan catedrático como inspirador en el que defendió abiertamente el comunismo, tachando al liberalismo de insuficiente; extrañó la constitución de 1857, por encarnar mejor los valores de la revolución que la más tímida del 17; advirtió sobre los peligros del expansionismo estadounidense y condenó al caudillismo revolucionario, “otro de los peligros que reducen al pueblo, porque siguen al caudillo y no a los ideales y principios verdaderos.”

Antes de presentarse frente al fusil, el general Felipe Ángeles redactó una carta para su esposa que así decía:

“Adorada Clarita: estoy acostado descansando dulcemente. Oigo murmurar la voz piadosa de algunos amigos que me acompañan en mis últimas horas. Mi espíritu se encuentra en sí mismo y pienso con afecto intensísimo en ti. Hago votos fervientes porque conserves tu salud. Tengo la más firme esperanza de que mis hijos serán amantísimos para ti y para su patria. Diles que los últimos instantes de mi vida los dedicaré al recuerdo de ustedes y les enviaré un ardientísimo beso. Felipe Ángeles.”

No obstante, Clara Klaus, Clarita, su compañera de toda la vida, se encontraba gravemente enferma en el momento en que estas líneas se escribían. Para proteger su salud, sus parientes decidieron ocultarle el fusilamiento de Felipe y sus palabras finales. Días después, yaciendo en su lecho de muerte, Clara redactó también una última carta para su esposo. En esas letras le confiaba la seguridad de sus hijos, le llamaba hombre íntegro, amado suyo y le repetía “te quiero mucho.”

Las cartas se cruzaron en la ausencia de sus amantes autores, y en México la revolución se disolvía.

En un panteón en la ciudad de Pachuca se encuentra la tumba de Felipe Ángeles, en cuya lápida el epitafio reza:

“Aquí donde la eternidad empieza, es polvo y nada la mundana grandeza…”

General Eugenio Aguirre Benavides

revolución

Aguirre nació en Parras de la Fuente, Coahuila, el 6 de septiembre de 1884. Fue partícipe del movimiento maderista. En 1912 luchó a lado de las fuerzas de Fransisco I. Madero en contra de la sublevación de Pascual Orozco.

Madero organizó un grupo de revolucionarios que, junto con otros grupos del lugar, formó el ejército de la División del Norte de Pancho Villa. Aguirre fue entonces nombrado Comandante de la Brigada Zaragoza, la cual participó en la toma de diferentes localidades.
A mediados de 1914, Álvaro Obregón (quien comandaba la División del Noroeste) viajo a Chihuahua para entrevistarse con Villa quien tenía noticias de que aquél era un posible traidor, así que lo mandó a fusilar. No obstante, Aguirre actuó como intermediario y le salvó la vida a Obregón y él y José Isabel Robles lo acompañaron a Sonora para asegurarse que llegara vivo.
Entonces llegó el momento de la separación. Aguirre se alejó del villismo y se dirigió a Estados Unidos, fue capturado por carrancistas y fusilado el 2 de junio de 1915 por órdenes de Emiliano Nafarrete, quien ignoró el salvoconducto que llevaba Aguirre consigo y que había sido firmado por el mismísimo Carranza.

Según el investigador Francisco Ramos, en «La Batalla del Ébano» Aguirre estuvo a punto de romprer la línea que protegía a Tampico. De haberlo hecho las tropas villistas hubieran tomado el puerto y tal vez el villismo hubiese ganado, pues habría tenido acceso a las compañías petroleras y al dinero que se generaba en la aduana. La ley, como vemos, se confirma: la historia es escrita por los ganadores.

Otilio Edmundo Montaño Sánchez

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Emiliano Zapata es el mítico héroe revolucionario conocido por el Plan de Ayala, sin embargo, no estuvo solo. El maestro Otilio Montaño fue quién escribió el famoso plan que pedía el reparto agrario. Montaño es el auténtico ideólogo del movimiento zapatista y es tiempo de conocerlo.

Otilio Montaño nació en Villa de Ayala, Morelos, el 13 de diciembre de 1877, (dos años antes que Zapata). Toda su familia se dedicaba a las labores del campo, excepto Otilio, quien les decía: “Sólo a ustedes les gusta andar siempre cagados de vaca.”

Montaño optó por ir a la escuela y dedicarse a la docencia. El profesor se volvió revolucionario el 11 de marzo de 1911, cuando los vecinos de su pueblo se amotinaron y levantaron en armas en contra del gobierno de Porfirio Díaz. Desde el quiosco de la plaza de Villa de Ayala, Pablo Torres Burgos leyó el Plan de San Luis, y la tradición indica que Montaño lanzó el grito de guerra: “Abajo las haciendas y vivan los pueblos”.

Para Montaño y los zapatistas, Madero era el menos indicado para regir a la nación. El zapatismo rompió con Madero después de que éste diera a conocer su negativa a la restitución de las tierras a sus “primitivos” propietarios. Montaño le endilgó duros juicios, como por ejemplo, llamarle un hombre “flaco de ideas”, un “cero social y político”; aunque la acusación más grave era que había violado los compromisos contraídos con los suyos. Era un traidor.

La mayoría de los autores coinciden en que el general Zapata aportó ciertas ideas de el Plan de Ayala también conocido como Plan libertador de los hijos del Estado de Morelos y que el profesor Otilio Montaño les dio forma, por lo que es considerado el ideólogo del movimiento zapatista.

Después de que se expidió el Plan de Ayala, Montaño recibió el grado de general que sumado a su cercanía personal con Zapata (era su compadre, pues le había bautizado a uno de sus hijos), lo convirtió en uno de sus hombres de confianza.

En mayo de 1917, un grupo de zapatistas del poblado de Buenavista de Cuéllar, Guerrero, desconoció la autoridad del Cuartel General de Tlaltizapán. La revuelta fue sofocada y se concluyó que el general Lorenzo Vázquez y el profesor Otilio Montaño eran los instigadores del movimiento. El primero acabó sus días en la horca, mientras que Montaño fue llevado ante un Consejo de Guerra compuesto por Ángel Barrios, Gregorio Zúñiga, Arnulfo Santos, Manuel Palafox y Antonio Díaz Soto y Gama. Al acusado se le “comprobaron” todos los cargos y fue condenado al paredón por traición.

El mismo Emiliano le había dado la espalda a su compadre, convencido de que éste lo había traicionado. Montaño, escribió antes de ser fusilado que:

“Moría para satisfacer venganzas mezquinas y ambiciones miserables.” Acusó al jurado de traidores “a la justicia, a la Patria, al pueblo, a la revolución y a la causa zapatista”

Por: Redacción PA.