Parte I: Sobrevivir México, el muro de La Bestia

Es fácil olvidar que la migración, además de un fenómeno social, es una tragedia personal. Es fácil porque cuando se habla de quienes cruzan la frontera se mencionan números, deportados, leyes, muros, cámaras, vigilancia… Es fácil olvidarlo, porque, también, estamos dolorosamente conscientes de ello: se nos ha repetido tantas veces los horrores que viven quienes cruzan la frontera, los terrores a los que deben sobrevivir y que los persiguen a lo largo de “La bestia”, los miles de cuerpos sin nombre que han aparecido en cientos de fosas comunes por todo el país, que hemos perdido ya cualquier marca de empatía, esa tragedia se ha vuelto cotidiana.

Sin embargo, tras la posesión de Donald Trump, “el migrante” se ha convertido en un tipo, un personaje que encarna o todas las esperanzas o todos los miedos que trae consigo la migración: ha sido la labor de ambos “bandos” en el debate reducir la figura de quien cruza la frontera como un “elemento necesario para la economía o para la cultura”, o una “amenaza para la Nación”. En México, irónicamente, estamos en medio de un juego contradictorio: cuando vemos hacia lo que ocurre pasando la frontera militarizada de los Estados Unidos, condenamos y alzamos la voz frente a las amenazas de deportaciones masivas, frente al abuso y violencia a la que se enfrentan nuestros paisanos; mientras que en lo profundo de la frontera sur y a lo largo de todo el camino que recorre “La bestia”, el migrante es una amenaza, un sospechoso constante al que los grupos delictivos, los agentes de migración y buena parte de la población les ha  negado la mera categoría de “humano”.

Si estos migrantes (muchos de ellos entran más claramente en la categoría de “exiliados”, pero no tienen los documentos para probar que huyen de la violencia y la muerte) no son considerados “humanos”, aprovecharse de su vulnerabilidad económica y legal sólo es “sentido común”: porque “la crisis está muy dura”, porque “de algo se tiene que vivir”, porque “mejor ellos que nosotros”. Como apunta Francisco Goldman en su prólogo a La Bestia, de Óscar Martínez:

Aparentemente, este campo [la selva veracruzana y los pastizales tamaulipecos] remoto no estuvieron siempre llenos de asesinos, ladrones y violadores. Lo que pasó fue que cuando los mexicanos que vivían ahí se dieron cuenta de que los migrantes que cruzaban sus tierras eran tan vulnerables, estaban tan aterrados de denunciar cualquier crimen del que fueran víctimas por miedo a ser deportados, estaban tan determinados a llegar a su destino, que sus instintos de caza se despertaron y se adaptaron a la situación que se les presentaba. […] Ahí, los migrantes son considerados por los cárteles como una molestia, y son forzados a buscar y cruzar por regiones más remotas, menos vigiladas y más peligrosas; ahí también se enfrentan a secuestros, violaciones, asaltos, traiciones… (Vía: Martínez, The Beast)

En la región de Tierra Blanca, Ver.,  los migrantes centroamericanos aprovechaban la presencia de varios albergues administrados, principalmente, por las diócesis locales. En ellos, podían comer comida caliente y  descansar un par de horas sin temor de ser arrestados o agredidos para, luego, continuar su camino: abordar “La bestia” y seguir.

La empresa que administra ese tren (esa vía férrea, y buena parte del sistema ferroviario mexicano) forma parte del megaconglomerado transnacional Grupo México. Su filial, Ferrocarriles del Sureste (Ferrosur) comenzó, desde 2013, a construir un muro de hasta cinco metros de alto en ciertas secciones, coronado con alambre de púas, para bloquear el acceso a “su” vía: territorio federal del que el conglomerado ganó, en 1998, la licencia para administrarlo por los siguientes 100 años. Argumentando que lo hacen “por medidas de seguridad” (como siempre se ha justificado el autoritarismo), pues se habían registrado robos de los clavos que aseguran la vía y los durmientes al terraplén en la zona, y para “evita que los migrantes se suban al ferrocarril poniendo en riesgo su integridad física y la operación ferroviaria”. (Vía: Milenio)

Construido sobre terreno federal, el muro y otras inversiones millonarias por parte de Grupo México y el mismo gobierno federal, forman parte del “Programa Frontera Sur”, un plan desarrollado por la anterior administración estadounidense y la de Peña Nieto para “limitar” el cruce de migrantes centroamericanos y, al mismo tiempo, proteger sus derechos humanos, sin una forma clara para explicar cómo es que ambas oraciones podrían no contradecirse. La función de amenaza del muro ha sido evidente no sólo por su altura y las púas que lo coronan, sino porque hace prácticamente imposible que quienes cruzan por Tierra Blanca puedan llegar a los albergues, pues los muros les han cortado el camino, y, frente a la amenaza constante de un operativo por parte de los agentes del Instituto Nacional de Migración, miles han decidido arriesgarse a cruzar por rancherías, selva y ríos, zonas con nula vigilancia, pero con la presencia siempre amenazante de los Zetas o cualquier otro grupo delictivo (desde asaltantes armados con machetes, hasta comandos fuertemente armados). (Vía: Sin Embargo)

Este muro no sólo afecta a los miles de centroamericanos que buscan huir de sus países de origen, sino también a los vecinos de la región, pues, hecho de hormigón y sin ningún cuidado urbanístico, separa la ciudad en dos, dificultando el libre tránsito de los vecinos, bloqueando, también, las rachas de aire en una región que, en sus días más calurosos, puede llegar a una temperatura de 50˚C. En últimos días, un grupo de vecinos de Tierra Blanca se han enfrentado con obreros de Ferrosur e, incluso, han roto y desarmado los tejidos de varilla que serían el esqueleto del muro. Con ya varios kilómetros construidos y sin una justificación válida (si es que hay una) para la construcción de esta barrera tan semejante a la que el mismo gobierno ha criticado una y otra vez, no ha quedado más que el rechazo de parte de los vecinos y el miedo de los migrantes que se han enfrentado a él, como evidencia de que, en nuestro país migrante, quienes huyen, quienes buscan “una vida mejor” no tienen derecho, siquiera, a ser considerados seres humanos.

Hay ejemplos claros, sin embargo, de grupos, colectivos y organizaciones que luchan cuesta arriba por ayudarlos en su camino, por caminar junto con ellos y darles la mano para que recuperen su dignidad y su humanidad robada. Quienes han decidido una y otra vez arriesgar su vida por los que han dejado en su país; quienes han decidido abandonar todo para salvar la vida y se han topado con los campos veracruzanos y las fosas tamaulipecas, con la indiferencia y la xenofobia de todos, sin aviso alguno (o a pesar de que estar plenamente conscientes de lo que están por experimentar, porque ya cruzaron ese camino varias veces), merecen mucho más que ser recibidos por púas, cemento y muros.

Por: Redacción PA.