Parte III: Sobrevivir México, las redes de discriminación

Si hay un elemento que una esta serie de entradas sobre migración es la insistencia de que lo que pensamos cuando decimos “migrante” es una imagen que reduce a una caricatura la realidad de los miles de personas que, huyendo de  la muerte o buscando una mejor vida, cruzan el país para llegar a los Estados Unidos. Cada migrante centroamericano que entra al país (sea un ex-pandillero, un niño de 12 años, una niña de 10, una mujer embarazada o un hombre de 46 en su quinto intento), se topa de frente con una compleja red de discriminación que resulta amenazante para su propia superviviencia.

La imagen con la que nuestros mismos lectores de Plumas Atómicas representan a miles de migrantes es evidencia de lo efectivo de una generalización: gente pobre que resulta una amenaza, que no trabaja y pide dinero, que “sólo está de pasada”… Le asignamos caricaturas, bocetos a rostros que, más que pedir ayuda o exigir justicia (que tendrían todo el derecho de hacerlo, de llevar al país completo a una corte internacional por lo que hemos dejado que pase con ellos en nuestro país), están queriendo pasar desapercibidos, cruzar el país lo más pronto y enfrentarse a otra red de discriminaciones, a otra lucha por la supervivencia fuera de la “red” estatal que podría deportarlos de vuelta a la muerte.

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Las fosas clandestinas que, a cada momento, aparecen cerca de las rutas migrantes en Guerrero, Veracruz y Tamaulipas (pero también en Morelos, Jalisco, Oaxaca, Chiapas, Estado de México…) son el resultado extremo de un proceso de deshumanización complejo, tal como se construyen, siempre, los estereotipos raciales que justifican, en parte, los tratos inhumanos y la falta absoluta de empatía: sin un nombre, sin un rostro, sin una familia ni una historia, es fácil dejar de pensar en ellos como personas, dejar de pensar que los crímenes que se cometen contra ellos son, en realidad, crímenes, dejar de pensar en el trauma que cruzar el país les está dejando. Sin nada que sostenga su humanidad -porque se los hemos arrancado-, los 72 cuerpos de la fosa de San Fernando, Tam., los 111 de Allende, Coah., los 240 de Santa Fe, Ver., quedan como eso: cuerpos. (Vía: Sin Embargo)

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Uno de los constantes argumentos contra la migración es la crisis en la que vive el país: sin trabajos para los connacionales, sin seguridad laboral para nadie, sin seguridad ni tranquilidad ni nada para los que son ciudadanos, ¿cómo podríamos recibirlos?, ¿cómo podríamos abrir las puertas para dar qué a quienes vienen a este país? Y esa ha sido una pregunta que se repite incesantemente, sin importar la época o el momento político o económico: ocurrió en los 30 con los exiliados españoles, en los 70 con los exiliados argentinos, brasileños, uruguayos y colombianos, está ocurriendo hoy. Quizá la constante sea, también, que la situación económica del país es siempre una crisis, y que el extranjero es, siempre, una amenaza en un ambiente precarizado.

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Cuando un periodista hace una nota sobre los crímenes que enfrentan los migrantes centroamericanos en su camino por México, una y otra vez aparecen en sus historias de cruce las anécdotas del abuso: no sólo las autoridades migratorias o los grupos delincuenciales, sino, también, de personal médico que se niega a atender a heridos o trabajadores que, en vista de la invisibilidad de sus víctimas, las extorsionan o engañan.

Cuando hablamos de discriminación, hablamos de algo que no sólo es difícil de centrar, sino, también, de algo difícil de delimitar: discriminación es el peligro constante de las mujeres a ser atacadas sexualmente; discriminación es que sea casi imposible para un indígena quiché guatemalteco encontrar alguien con quien comunicarse (o que lo defienda en caso de necesitar asesoría legal), discriminación es ser rechazados en un hospital o un hotel aún cuando tengan el dinero para pagarlo; discriminación es pensar que todos los migrantes son limosneros y ladrones; discriminación es juzgar desde nuestros privilegios, desde nuestros puntos ciegos, la vida y la experiencia de otros que tienen que atravesar el país para sobrevivir, para poder dar “una mejor vida” a quienes dejaron atrás o porque ya no tienen a nadie, porque se han quedado solos.

Es difícil enfrentar los crímenes, maltratos y abusos que sufren los migrantes en su supervivencia por México si no desarticulamos la forma como todos pensamos a los migrantes: devolverles el rostro que nuestra discriminación les ha quitado, reconocer y entender el dolor y el viaje del otro porque es nosotros, porque el mismo proceso por el que lo hemos hecho pasar lo hemos sufrido, y lo ejercemos, y volteamos el rostro ante su desaparición, su dolor y su muerte. (vía: Butler, Precarious Life)

No es odio, tampoco ignorancia ni cosa de “desalmados”, esta red de discriminación es tan natural, tan normal, que ya no la vemos, y tenemos que volver a verla, si queremos evitar que México siga siendo un cementerio.

Por: Redacción PA.