Parte II: Sobrevivir México, la dignidad desde el silencio

Por entre toda la tragedia que es atravesar México para llegar a la frontera con Estados Unidos, por entre cada una de las tragedias de los miles de migrantes que cruzan el país esperando sobrevivirlo, es fácil perder de vista que cada uno de esos migrantes, cada una de esas personas es, en efecto, una persona, que tiene sueños y esperanzas y que cruzar este cementerio de país es sólo un paso para algo más: a veces sólo es sobrevivir, a veces es darle esperanza, vía dólares, a sus familias en Guatemala, en El Salvador, en Honduras, en Nigeria, en Haití, en Corea (porque sí, también esos ciudadanos cruzan México); a veces es regresar al país que consideran su país, porque han vivido en él veinte, treinta años y fueron deportados a una tierra que ya no (re)conocen. (Vía: Martínez, The Beast)

Según un informe de 2012 de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), cada año 20 mil migrantes son secuestrados. Cada año. Veinte mil. Son estos mismos números los que no dejan a nadie entender el tamaño de la tragedia, son esos mismos números los que hacen que, quienes escribimos notas sobre los migrantes, nos alejemos, pongamos un muro de distancia para que no nos arrastre la tragedia, como a ellos tampoco puede llevárselos. Del número de muertos nadie sabe, no hay datos oficiales, ni forma de dar una cifra aproximada.

Alberto Nájar escribe en Desde las cenizas, que las razones por las que la migración (que podríamos llamarle “exilio”,”búsqueda de asilo”, “huída”… muchas cosas más que meramente “migración”, como si el viaje estuviera libre de toda carga política) centroamericana se ha incrementado desde 1997 por la suma de una serie de huracanes que han impactado cada vez más fuerte la región completa; la violencia desatada entre pandillas rivales (Mara Salvatrucha y Mara 18, principalmente), y la herencia de confrontación política que dejó las guerras civiles después de las dictaduras militares de los años 80 y 90, fortalecidas, y en ocasiones impuestas, por el mismo Estados Unidos. Ese es el contexto desde el que cientos de miles de personas huyen: muerte por hambre o bala. Como escribe Óscar Martínez, en La Bestia:

La muerte no es simple en El Salvador [o en toda Centroamérica]. Es como un mar: está sujeto a sus profundidades, sus criaturas, su oscuridad. ¿Fue el frío, las olas o un tiburón lo que la mató? ¿Un borracho, un pandillero, una bruja? No tienen ni una pista. (Vía: Martínez, The Beast)

Sobrevivir este viaje es cosa que no puede hacerse solo y que no puede hacerse sin saber, sin reconocer guiños de la gente, un espacio en la sombra, montar el tren y desmontarlo, confiar en algunas personas (y desconfiar de la mayoría). Más que víctimas de una larga serie de villanos, los migrantes son supervivientes desde el mismo momento en el que decidieron -¿y sí lo decidieron libre, voluntariamente?- salir de sus países, y victimizarlos no sólo reduce sus propias luchas de supervivencia, sino, también, la crueldad del trato, del delito y de la tortura que muchos enfrentan (y confrontan).

Un viaje como el que realizan, riesgoso, largo y cansado -dormirse sobre La Bestia podría significar caer y, peor que morir, perder una mano, una pierna o un brazo y saber que cualquier esfuerzo por cruzas es, ya, imposible- sería imposible sin albergues, sin el apoyo de desconocidos que, a lado de las vías, les ofrecen comida, agua y, a veces, ropa. Las Patronas y la red de albergues que unas cuantas órdenes religiosas católicas administran son esos raros y necesarios puntos de descanso y de cuidado, de reconocimiento del dolor propio y ajeno; los albergues son espacios donde pueden compartir historias y aprender de la experiencia de los que ya van en el quinto intento, donde pueden compartir lo que han vivido y, aunque sean encuentros que no durarán más que un par de horas en lo que reponen el cansancio o vuelve a pasar el tren, pueden reconocerse y otorgarse, de nuevo, humanidad y dignidad. (Vía: Nájar, en Entre las cenizas)

El casi medio millón de centroamericanos que entran al país sólo para cruzarlo, tienen que quedarse en silencio, tienen que mantener la mirada baja y no llamar la atención, aunque su acento siempre los delate (o la forma de vestir en medio de la sierra oaxaqueña, o los tatuajes o la forma de caminar). Quienes huyen de la muerte no pueden tener un momento para relajarse, porque están siempre a la espera de que, ahora sí, esté a la vuelta y tenga el rostro de un miembro de los Zeta, del Instituto Nacional de Migración, de soldado del ejército. Un viaje de varias semanas, un miedo de varias semanas cala y pesa y se queda por debajo de la piel de quienes logren cruzar el río Bravo o los muros -que mandara construir Bill Clinton y ampliar George W. Bush y Barack Obama-, algo se queda dentro y no sabemos qué sea, y no reconocemos que sea, porque, para muchos ojos mexicanos, estos migrantes, estas personas no son personas: son crimen, son una mano pidiendo dinero, es una mirada que evade la nuestra como gato callejero, que no quiere ser visto para aprovechar la oscuridad y huir, o regresar de vuelta con su familia.

La poeta Sara Uribe, en “Así que esto es la guerra”, hace, en verso, una imagen común: un retén y una mujer centroamericana a la que le exigen bajar y, obedeciendo, sabe que la muerte la ha alcanzado, pero sólo (“sólo”) era una extorsión. Sube al autobús, aterrada pero viva:

el autobús avanza y esto es lo que pienso /
pienso que voy sentada al lado de una mujer
que ha viajado 22 días por territorio ajeno /
una mujer que ha padecido hambre / extor-
ción / violencia / frío

esto es lo que pienso / pienso que esa mujer
que ahora está sentada a mi derecha / esta
misma noche / al llegar a Reynosa / puede ser
secuestrada por el narco / que esa mujer de
mi misma edad puede terminar muerta en un
baldío / en una fosa / en una bolsa negra

esto es lo que pienso / pienso en cómo mi
vida y la de Sulima se intersectan en el ahora /
en este autobús / dos mujeres sentadas una al
lado de la otra / dos mujeres que nunca más
volverán a verse

esto es lo que hago / le doy el efectivo que
llevo conmigo / por si te topas otro retén

esto es lo que Sulima hace / me mira incrédu-
la y se guarda el dinero en el bolsillo

esto es lo que Sulima hace / al llegar a Ciudad
Victoria / cuando estoy a punto de bajarme
me mira desde sus 22 días de viaje

esto es lo que hacemos / nos damos un largo
abrazo  (Vía: Uribe, en Con/Dolerse)

Por: Redacción PA.