El término “histérica” hasta el día de hoy todavía se utiliza para llamar a la mujer loca. Pero, ¿de dónde viene y por qué se utiliza? Mejor aún, ¿qué fue lo que nos regaló este término misógino? Te contamos lo que escribe Rachel P. Maines en su libro The Technology of Orgasm.

El nombre viene del griego hystera que significa útero. En esa época se creía que el útero viajaba a través del cuerpo de la mujer hasta llegar a su pecho y causar enfermedades.
Desde el siglo XVII y a lo largo de la época victoriana, el tratamiento para la enfermedad crónica de la histeria era un masaje en la zona pélvica. Se solicitaba a una matrona dar mensajes con aceites hasta que la mujer tuviera un “paroxismo histérico”. Claro, en esa época la sexualidad de la mujer estaba tan negada que era imposible llamarlo o que era: un orgasmo.
Posteriormente, la medicina fue monopolizada por los hombres médicos, y las mujeres que la practicaban recibieron una categoría inferior, “curanderas”, y se les negó la entrada a las escuelas de medicina. Fue entonces que los doctores se dedicaron a realizar masajes pélvicos para tratar la histeria.
Por cierto, la histeria podía presentarse en más de 75 posibles síntomas como nerviosismo, ansiedad, insomnio, fantasías sexuales, dolor abdominal y hasta lubricación vaginal. Prácticamente todas las mujeres victorianas fueron en algún punto diagnosticadas de histeria. Por lo menos tres cuartos de la población femenina en Estados Unidos debía ir a tratamientos regulares, pues aunque la enfermedad no era mortal, sí era crónica.

Las mujeres casadas también eran diagnosticadas, pues no tenían “paroxismos histéricos” con sus parejas. Es importante notar que más del 70% de las mujeres no puede alcanzar el orgasmo mediante el coito y requiere de otro tipo de estimulación. Sin embargo, en la época victoriana, era impensable que la vida sexual de la mujer no girara alrededor del falo.
Los “paroxismos histéricos” se describían en manuales médicos como “sonrojo de la piel y pérdida de control durante aproximadamente un minuto a la que seguía confusión y hasta vergüenza”. Contrario a los epilépticos, las histéricas se sentían mucho mejor después de sus ataques.

Algunas mujeres diagnosticadas de histeria sufrían también otras enfermedades que fueron constantemente descartadas. El término “histérica”, entonces, funcionaba como término paraguas para todos los síntomas que los médicos no pudieran diagnosticar. Sin embargo, sí hubo algunas mujeres que se beneficiaron de los “paroxismos histéricos” médicamente diagnosticados pues podían obtener placer sexual sin ser juzgadas por tener relaciones sexuales.
No se promovía que la mujer realizara sus propios masajes pélvicos pero los médicos no disfrutaban del proceso por considerarlo “tedioso” y distinto para cada paciente. Fue entonces que en 1880 surgió el primer vibrador electromecánico. Al principio eran tan grandes que debían ser utilizados en el consultorio médico.
Posteriormente se empezaron a comercializar masajeadores que ofrecían vibraciones con presión de aire, turbinas de agua, motores de gas y corriente eléctrica. Fue hasta 1905 que surgió el primer modelo portátil de vibrador que permitía consultas médicas en el domicilio.
Durante las dos décadas siguientes, los vibradores empezaron a promocionarse entre los elementos básicos de las mujeres, como agujas, elementos de costura y vestimenta. Los anuncios mostraban elementos vibradores que servían para rejuvenecer a las usuarias y hacer brillar su piel.

Fue hasta 1920 que los vibradores comenzaron a desaparecer, posiblemente debido a un mayor entendimiento de la sexualidad femenina. Cuando resurgieron en 1960 no fue como tratamiento de la histeria, sino ya como instrumentos de placer. Le debemos al mal diagnóstico realizado por los médicos victorianos la posibilidad de masturbarnos con vibrador.

