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Gentrificación, la crisis que afecta a toda la ciudad (no sólo a la Condesa)

La Ciudad de México es un monstruo, y como tal, devora recursos, espacio, aire y tiempo. Consume, también, los recursos económicos de los millones que, necios, siguen queriendo vivir en ella, y, quienes guían los caminos de este monstruo, devoran, a su vez, barrios enteros en pos de estos nuevos colonizadores.

La gentrificación es un proceso complejo, que no depende solamente de desarrolladores inmobiliarios y autoridades que, a modo, alteran las leyes de vivienda. Para que un barrio sea gentrificado (para que una ciudad completa, como Nueva York, Londres o San Francisco)  se necesita, también, una historia de conflictos de clase que se vean reflejados en el trazo de la ciudad -o sea, se necesita, simplemente, una ciudad moderna.

 

La Ciudad de México, desde mediados de la década del 2000, se ha enfrentado al proceso de gentrificación: no sólo son los barrios (convertidos en “colonias”) de siempre: la Roma-Condesa, Coyoacán, el Centro… Más allá de la “sobrepoblación” de la ciudad, son las políticas de vivienda y urbanización de la ciudad las que alimentan un mercado mobiliario que se alimenta a sí mismo, que se agranda y “monstrifica” a sí mismo. (Vía: Invi)

De la mano con la gentrificación (que acapara espacios habitables para unos cuantos), está la crisis de vivienda: millones de personas se convierten en “nómadas” que se ven forzados -por el alto costo de las rentas y de los bienes inmuebles- a vivir en la periferia de la ciudad: “cerca de 15 millones de personas comen en la Ciudad, tan sólo 9 cenan.” (Vía: El País)

 

Para quienes, neciamente, se quedan a vivir en la ciudad, la situación no es menos complicada: las rentas suben alrededor de 4% más que los salarios, por lo que miles se ven forzados a compartir departamentos. Sin embargo, la oferta no alcanza a cubrir una demanda que crece constantemente: de cada cuarto “disponible”, hay por lo menos seis personas buscando quedarse con él.

Al problema de la vivienda en la Ciudad de México se le suma la falta de regulación (o, como se apunta en el Informe de Coyuntura Inmobiliaria, las leyes que existen están ya tan obsoletas que generan más problemas que soluciones), que permite a los grandes desarrolladores “posicionarse” como una solución válida y viable para una ciudad que está en un punto de quiebre. Desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, pero particularmente durante la administración de Miguel Ángel Mancera, megaproyectos privados (como los que actualmente se desarrollan en el pueblo de Xoco) han sido la “solución” de mercado frente a una crisis que ha nacido desde el mercado mismo, como apunta Víctor Delgadillo:

Las ininterrumpidas políticas de desarrollo urbano centrifugo llaman la atención por dos causas adicionales: uno es la relativa continuidad en las políticas públicas, a pesar de los cambios de gobierno; la otra, es que estas políticas públicas se presentan como de “izquierda”, cuando abiertamente favorecen los negocios privados, el lucro y la ciudad es concebida como una máquina que produce ganancias. Las nuevas formas de gestión urbana y la creación de agencias de desarrollo urbano son un elocuente ejemplo del urbanismo pro empresarial. (Vía: Invi)

Con proyectos gentrificadores cancelados por protestas, movilizaciones y el voto, como el Corredor Cultural Chapultepec, ¿qué formas tenemos de resistir una idea de ciudad que se nos impone, que nos expulsa y, de paso, nos cobra a la salida?