Freedom University: universidad para migrantes ilegales en Estados Unidos

En México, la educación es una obligación del Estado. Tan lo es, que hay sindicatos que han vivido por décadas de explotar los vacíos legales e institucionales de esas obligaciones; tan lo es, que durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, cuando la Constitución fue enmendada para incluir la frase “educación pública, gratuita y socialista”, las buenas conciencias pegaron un grito en el cielo mientras esperaban la llegada de los bolcheviques.

Es una verdad tan normalizada que hemos llegado a olvidarla: el Estado garantiza la educación desde preescolar hasta la preparatoria. No todos los países tienen eso, y cuando decimos “no todos” no nos referimos ni a un país olvidado en Centroamérica ni a uno perdido de la mano de dios en lo profundo de la selva africana, sino al “vecino del Norte”.

Unx joven con ciudadanía estadounidense estudiará en una escuela “pública” (para la que sus padres pagarán una colegiatura además de sus impuestos): libros, útiles, todo se va sumando a una cuenta que no desaparece, menos si lxs jóvenes quieren estudiar una carrera universitaria; incluso las universidades públicas cuestan (como ocurre en muchos estados de México) y esos costos se convierten en deuda sobre los hombros de unx joven que, recién graduadx, tendrá que hallar la manera de pagar decenas de miles de dólares, sin formar de evadirlo, sin forma de evitarlo.

Pero no sólo los ciudadanos estadounidenses intentan entrar cada año a las universidades de los Estados Unidos: miles de migrantes indocumentados también; hasta el momento, tres estados han legislado en contra de que puedan entrar a partir de un lugar común: las escuelas públicas tienen tan poco dinero que es casi imposible que “les alcance” para los gastos de un par de estudiantes que (asumen) no pagan impuestos estatales ni federales. Carolina del Sur, Alabama y Georgia, todos estados de “Sur profundo” y ultraconservadores han impulsado legislación que impide que cientos de migrantes obtengan educación, que se aprovechen del sistema que sus propios padres han alimentado y mantenido funcionando por décadas. (Vía: LA Times)

Hasta hace algunos años, la frase de Marx, “la historia ocurre primero como tragedia, luego como farsa” servía para colocar distancia, para tratar de encontrar sentido ante quienes, viendo los resultados de esa misma historia insisten con repetir los pasos, seguros de que a ellos no les pasará lo mismo.

En 1954, la Suprema Corte de los Estados Unidos declaró inconstitucional la segregación institucional del sistema educativo: a partir de su dictamen, ninguna escuela pública ni privada podía (legalmente) cancelar el ingreso de unx alumnx por su color de piel, religión o idioma. Como ocurre siempre con una decisión de la corte, el que sea llevada a la práctica puede tomar tiempo… mucho tiempo: las últimas cinco universidades que fueron desegregadas (casi veinte años después de la decisión de Brown v Board of Education) están en los tres estados que han legislado contra los posibles estudiantes indocumentados. (Vía: Marable, Beyond…)

En 1960, en pleno auge de la lucha por los Derechos Civiles, un grupo de profesores universitarios, activistas e intelectuales decidieron organizar clases extramuros para los jóvenes afroamericanos, latinxs y migrantes con menores posibilidades: como apuntaba Malcolm X en un discurso en Detroit, Ill., en 1962, la segregación y el rezago educativo no son algo que se elimine con un mazo de la corte, sino con el trabajo colaborativo y directo de cientos, de miles. En estados desegregados, como Nueva York o California, las escuelas en los barrios mayoritariamente negros recibían menor presupuesto, tenían poblaciones más grandes y no tenían las instalaciones básicas —muchas veces— para proporcionar educación de calidad. Ante esa realidad, en Georgia nació la Freedom University, una asociación casi ilegal que procuró regularizar y dar posibilidades a cientos de acceder a la universidad (en una época donde la educación universitaria en verdad podía marcar la diferencia). (Vía: The New Yorker)

Como un guiño a ésta, como una forma de unir dos luchas que son la misma, que se estructuran de la misma forma y afectan a poblaciones semejantes, igualmente en Georgia apareció la Freedom University (FU) de nuevo, casi 50 años después para recordarnos a nosotrxs que, en realidad la farsa la construimos nosotrxs y no su historia, pues su lucha se ha mantenido constante desde hace más de 300 años.

La victoria de Donald Trump y la corriente de conservadurismo xenófobo a la que este se ha montado (y que, también, ha alimentado y empoderado), ha colocado el trabajo, a los alumnxs y a las familias de FU en un estado de precariedad constante: ante la amenaza diaria de deportación, ante el riesgo cotidiano de ser víctima de un ataque de odio o de ser perfilado racialmente por algún policía racista…

En México estamos tan acostumbrados a la UNAM y sus Prepas, a la educación pública y (relativamente) gratuita que proporciona la Secretaría de Educación Pública, al sistema de Bachilleres, al Politécnico Nacional y sus Vocas que, también, invisibilizamos desde la burbuja de privilegio que vivimos que dentro de este país miles no tienen educación por hambre, por precariedad, por un sistema educativo que los aburre o los quiebra o los ignora; por un sistema educativo que no habla su lengua, que ignora (que quiere borrar, más bien) sus formas de vida.

Frente a esta ansia de homogenización, también, desde los años de la Nueva España, han aparecido formas de resistencia: la tradición oral, legislación, escuelas rurales, universidades multiculturales… Frente a visiones que buscan imponer su mundo, siempre se alzarán voces que se opongan: donde hay poder, hay siempre resistencia.