La noche del domingo 29 de abril, Una mujer fantástica arrasó en en los premios Platino con cinco estatuillas, incluida una para su protagonista, Daniela Vega. La película de Sebastián Lelio, que habla las humillaciones que recibe una mujer trans tras morir su pareja, ha sido premiada por su calidad, no por su militancia LGBT.
"Yo me he caído muchas veces en la vida y me he parado todas esas veces; y los invito a ustedes a caerse, a experimentar la humanidad. Y a levantarse, una y otra vez; por las mujeres, por los derechos humanos". Daniela Vega en los Premios Platino. pic.twitter.com/MFhneclMKQ
— Alicia Contreras L. (@AliciaContreras) May 1, 2018
Lo que sí es cierto es que esta película ha encumbrado a su actriz principal, Daniela Vega, como una de las más prominentes figuras trans en Latinoamérica. Ella parece consciente del papel súbito que ahora juega en el discurso público; mientras su película ayudó a que volviera el debate legal sobre la ley de género en Chile, Vega ha aprovechado cada premiación para abordar su agenda feminista.
Antes de la premiación, un grupo fascista chileno colgó unas mantas en Las Condes, uno de las zonas más adineradas de Santiago, donde afirmaban lo siguiente:
Daniel Vega es hombre
La verdad antes que la paz
No es la primera vez que Daniela sufre un ataque semejante. Toda la derecha reaccionaria de Chile se le fue encima cuando Una mujer fantástica ganó el Oscar a mejor película extranjera. El reclamo fue idéntico: a su parecer, Daniela Vega es hombre.
La discusión es simple: no se trata de sus genitales sino de su género. No se trata de presunta biología, sino de sociología. Si vive como mujer y se le premia como mujer, no importan sus genitales ni lo que diga su acta de nacimiento. Sería ridículo y peligroso exigirle a Vega entrar al baño de hombres.
La verdadera mujer fantástica es mujer y fue la madre de Cristo. Una vez más, los #Oscars se dedican a hacer política en vez de cine. No más imposición de la ideología de género ? en Latinoamérica #DanielaVega #UnaMujerFantastica #IdeologiaDeGenero #BuenLunes pic.twitter.com/iYX2RixfFx
— Henry Boys Loeb (@realHenryBoys) March 5, 2018
La discusión alrededor de las personas trans nunca se ha tratado de cromosomas, pero es el simplismo que la derecha quiere meter con calzador para sentir que están en la discusión. La derecha, sea chilena o mexicana, no puede lidiar con el hecho de que vivamos en sociedades complejas. Tampoco pueden lidiar con que vivamos en sociedades donde cada individuo busque ser libre de determinar con quién quiere estar y cómo quiere vivir.
Recién denunciamos a la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) esta violenta campaña del neonazi Movimiento Social Patriota contra la actriz Daniela Vega y las personas trans. ¡No más discursos de odio!. Basta de abusos. pic.twitter.com/oHSr1Ri1fr
— Movilh Chile (@Movilh) April 30, 2018
Estos ataques son claras muestras de lenguaje de odio, pero queda la duda sobre qué acciones tomar ante ellos. Cada legislación tiene una visión distinta sobre cómo enfrentar la violencia verbal. Mientras el derecho estadounidense privilegia la libertad de expresión, el derecho alemán privilegia a dignidad del agraviado.
¿Se deben censurar estas mantas o estos tuits transfóbicos? No. O más precisamente, depende del mensaje y su contexto. En teoría, se debería responder con información y argumentos. Pero un hecho fatídico del lenguaje de odio es que la descalificación y los ataques anulan el diálogo; sus perpetradores no buscan diálogo alguno. Tampoco buscan cambiar. Buscan que el mundo sea como ellos dictan.
De ahí que no sorprenda su amenaza: la verdad antes que la paz. Más precisamente debería decir “su moral” donde dice “la verdad”. Los presuntos argumentos científicos y psicológicos contra la transexualidad siempre se caen y dejan ver que detrás solo hay moral y miedo. Buscan sin éxito travestir sus juicios morales de alegatos biológicos; y por eso sus opiniones son transfóbicas: ellos no ofrecen hechos, reparten prejuicios: no son dictámenes científicos son miedos irracionales. La moral y la razón no van de la mano; por eso tenemos leyes.
Aún así, no necesariamente se deben censurar estas opiniones, por terribles que nos parezcan, a menos que sean un llamado a la violencia física o una apología directa del crimen, como ocurre muchísimas veces con el lenguaje de odio hacia las personas trans: medios que no saben poner el género correcto de una mujer asesinada, público que aplaude que se asesine a los “desadaptados”. Pero corresponde a los tribunales pintar la línea adecuada para cada caso.
Ganadora en los Premios Platino como Mejor Actriz por su actuación en la película chilena "Una Mujer fantástica", #DanielaVega parece fortalecerse como activista por los derechos de las mujeres y las poblaciones vulnerables.
— AJ+Español (@ajplusespanol) April 30, 2018
Si no la conoces, te la presentamos: pic.twitter.com/oDAt5pDvR9
En la arena verbal, el lenguaje de odio se debe combatir con discurso. Textos científicos y académicos que demuestren lo equivocados que están. ¿No quieren diálogo? Genial: para eso están los tribunales. Pero no para coartar su libertad de expresión, sino que para no coartar las libertades de Daniela Vega.
La arena más importante de estas discusiones es jurídica, de ahí derivan las luchas económicas (porque las personas trans tienen derecho a no ser marginalizadas económicamente) y sociales: ¿les afecta que Daniela Vega sea premiada? No. ¿El derecho de alguien queda coartado porque Daniela Vega vive como desea? Tampoco. Pero el derecho de Daniela Vega sí queda coartado cuando estos mismos grupos que la atacan buscan que ella no pueda vivir como ella lo ha dictaminado. Es ahí donde el lenguaje de odio cruza líneas.
¿Les parece “una mentira” tratar a Daniela como la mujer que es? Más bien, ellos viven engañados u ofuscados, pues no saben distinguir o no quieren reconocer la diferencia entre género y sexo. ¿O acaso preguntan por los genitales de una persona para saber qué pronombre usar?
Lo que esta clase de agresiones demuestran es que quienes abogan porque el mundo sea binario, moral y cerrado, se sienten arrinconados. Ya no pueden poner en el estrado a alguien por ser homosexual, ya no pueden obligar a alguien a permanecer en el clóset por presión social, ya no pueden impedir que dos hombres se casen o que Daniela Vega sea premiada como mejor actriz y no como mejor actor. ¿Qué les queda? Su moral y nada más, porque nunca tuvieron la razón como lo demuestra Niklas Luhmann:
“Todo esto, sin embargo, ha vuelto cuestionable la interconexión tradicional de moralidad y razón que presuponía la integración moral de la sociedad. Esto fue una posibilidad bajo circunstancias en que existió “vigilancia santa” por los vecinos y bajo las condiciones de aldeas tradicionales y vida pueblerina, lo mismo que en la expansión territorial de regímenes aristocráticos.
Las abstracciones del concepto ilustrado de razón señalaron el final de esta forma de vida y llevaron finalmente a su propia desintegración. Ahora, los individuos en particular pueden sentirse aliviados al darse cuenta de que hoy en día nadie que mantenga un punto de vista moral puede pretender que habla por toda la sociedad.” (Vía: Nexos)
Nos debe preocupar enormemente que el lenguaje de odio derive en crímenes de odio. Y estos se deben combatir. Arrinconados, los intolerantes se vuelven más violentos aún. Nos debe preocupar que la transfobia tenga repercusiones sociales; y esta se debe combatir. Pero sus alegatos jurídicos son nulos, porque se basan en la moral, no en la razón. Ellos no pueden hablar por todos.



