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¿Para qué usar fotos de gatitos por el atentado de Barcelona?

¿Cómo comunicar la sangre sin ser sangriento?, ¿cómo demostrar apoyo sin sonar condescendiente o, peor aún, fingido? Las víctimas de un atentado terrorista ponen de relieve un aparente problema: los protagonistas incidentales merecen respeto, pero las historias deben ser contadas. ¿Se contraponen ambos mandamientos?

El ataque terrorista cometido en Barcelona obtuvo una respuesta atípica por parte de Twitter; ante el deseo de obtener información y el deber de respetar a la víctimas, muchos tuiteros compartieron mensajes de apoyo e información relevante sin exponer las fotos de lo sucedido.

En su lugar, optaron por compartir fotos y gifs de gatitos. Lejos de ser un señuelo o una distracción, los felinos de pixeles son acaso el mayor símbolo de compromiso atípico con los heridos y los fallecidos.

La respuesta tiene como antecedente los atentados terroristas en Bélgica donde se honró a las víctimas de forma idéntica: la consigna era no compartir fotos de ningún herido ni del atentado y colocar, en cambio, el contenido favorito del internet: gatos.

Las muestras de afecto y gatitos en respuesta a los atentados podrían ser interpretados como un pequeño gesto de madurez y decoro ante la comunicación en línea.

Por años, los internautas navegaron con una inocencia irresponsable ante las desgracias. Resabio de los tiempos en que la televisión hablaba pero no escuchaba, estábamos acostumbrados a solamente recibir la información, no a producirla.

Esa actitud permitió que, ante cada tragedia fotografiada, las imágenes sensibles o explícitas, que los periódicos serios preferían guardarse, corrieran en internet con una rapidez comparable a la del plomo.

Como muestran está la Guerra contra el Narco: de nada sirvió que los medios acordaran matizar sucesos y ya no mostrar cadáveres; el internet se encargaba de exhibir la información explícita, sin digerir, sin explicar, sin respetar.

¿De verdad conocíamos mejor el clima psicótico de las masacres sólo porque vimos las fotografías de los cuerpos agujereados y las cabezas sin torso?

El internet: un espejo oscuro

Dentro de Watchmen, el cómic de super héroes que mejor resumió los avatares del siglo XX hacia el final de la Guerra Fría, los personajes no dudan en subrayar a la menor provocación que las señales de catástrofe mueven a la desconfianza clínica: “¿Es que el mundo se volvió loco?”, se preguntan cada dos o tres páginas.

Sin embargo, encontraban algo de razón en el espanto: “Sí aún pueden sentir escalofríos, no teman: es que aún están cuerdos.

Compartir fotos de gatitos ante una masacre es nuestra forma de mantener a salvo esos escalofríos que nos identifican como seres empáticos, capaces de percibir la dimensión humana de una noticia: los hechos le ocurren a alguien; cuando uno de los dos elementos subrayados desaparece, la noticia queda coja.

Los bots de inteligencia artificial que se lanzan a Twitter suelen ser retirados a los pocos días: el internet es un espejo oscuro en el que da terror reflejarse con precisión.

Lanzados a aprender a comunicarse a partir de sus interacciones con humanos, esos bots pronto aprenden a replicar lo peor de nosotros: se vuelven racistas, xenófobos, misóginos. ¿Eso es lo mejor que podemos enseñarle a una máquina que busca parecerse a sus creadores?

En un tiempo donde parece que todos somos responsables de contar las noticias, lo menos que podemos hacer por el prójimo afectado, es hacernos responsables de la información que compartimos y, por ende, del conocimiento que producimos.

Como conjunto, nos comportamos como un mismo bot que está aprendiendo parecer un ser humano en la red. En Internet no somos humanos a priori; siempre debemos demostrar que los somos; el raciocinio sin empatía sólo demuestra que somos máquinas.

Mostrémonos lo mejor de nosotros mismos. Sí: mostrémonos gatitos.