Mary y Percy B. Shelley: amor, monstruos y tragedia

Percy Byshee Shelley y Mary Wollstonecraft, después renombrada Shelley, se conocieron entre las charlas que tenían el escritor y su madre, también llamada Mary Wollstonecfrat, reconocida escritora feminista de la época. En ese momento ella solamente tenía 16 años, y ante el rechazo de la relación por parte de la familia Wollstonecraft, terminaron huyendo a Europa continental, emprendiendo un viaje que comenzó con tormentas y terminó entre olas.

Percy iba construyendo su nombre como poeta y escritor, llevando su nombre a ser comparado, incluso, con su amigo Lord Byron. Por su parte, Mary estaba al margen de la vida literaria, como muchas otras mujeres de la época, pero su entorno le ayudó a que, aún sin ningún tipo de instrucción académica, construyera Frankenstein, una de las piezas más representativas de la literatura gótica y de las más referenciadas (muchas veces erróneamente) en la cultura popular.

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Toda la producción de ambos Shelley estuvo llena de cicatrices y tragedias, que los marcaron a ambos y que forjaron un vínculo que constituyó una dupla de escritores que eran más bien una sombra y un manto guardián en la espalda del otro. Mientras Percy era un romántico renombrado, en busca de un idilio y un terreno que desvanece en el aire, Shelley se encontraba en la línea divisoria entre el suicidio y el sufrimiento.

Las constantes muertes que la llevaron a pasar gran parte de su vida visitando las tumbas de sus tres hijos, su madre, hermana e incluso el de la ex esposa de Percy, construyeron en ella un relato que se expresó con tintes oscuros, llevando el sufrimiento de ella y muchos otros a la mostruosidad, que no era otra cosa sino otra representación de lo humano, como conjunto y complemento de sus despojos

Ambos, como parte fundamental de ese binomio, buscaron resaltar la obra del otro, pero Mary se negaba a ser el centro de atención y se dedicó más a difundir el trabajo de sus padres y el de Percy, mientras su esposo intentaba por todos los medios hacer que su obra recorriera más espacios, aún con el descrédito de los círculos académicos que rechazaban sus posturas políticas.

“Juro ser cuerdo, justo y libre mientras pueda. Juro no hacerme cómplice, ni siquiera con mi silencio, de los egoístas y los poderosos. Juro consagrar mi vida a la belleza”. – Percy B. Shelley (Vía: El Espectador)

Hablar de su relación, de su amor, es más bien tratar de reconocer, tal como lo hizo su esposo, que el trabajo de Mary estaba en la cima, aunque jamás pudo mostrarse como merecía. Su capacidad creadora no se impuso a su necesidad de difundir el trabajo de los que ella consideraba eran los dignos de recibir las flores del reconocimiento de la historia.

Mary y Percy B. Shelley: el amor, los monstruos y la tragedia

El compromiso de la obra de ambos, como un recurso para el desarrollo del conocimiento y la exploración de la personalidad de una época, así como su forma de ver al ser humano como un ente en busca de los medios para conseguir su libertad, fue notorio. Sin embargo, ni todo el cariño o amor, pudo salvar a estos dos de una separación que confirmó la constante de la vida mortuoria de Mary. Percy B. Shelley murió en un naufragio y su cuerpo fue recuperado para su incineración.

Antes de que las llamas consumieran a quien fuera la otra cara de sus monstruos y la tormenta interna que libraba, se dice que extirpó su corazón y lo guardó entre pañuelos de seda en su escritorio junto a una nota que decía:

Yo nunca fui el atardecer de ningún Paraíso, sino la criatura humana bendecida por la compañía y el amor de un espíritu elemental, un ángel quien prisionero en su carne, no pudo adaptarse a su vasija de barro y así ha volado y la ha dejado”. (Vía: Flavor Wire)

Percy no vió su estatua derruída como el Rey Ozymandias, porque su esposa dedicó su vida a mantener en pie el esplendor de lo que ella consideraba bello, consagrando una frase que Borges escribió muchos años después en El Aleph:

Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno

Por: Redacción PA.