Ortografía: cuando ser troll es, también, cosa de clase

Es bien fácil ser un “grammar nazi”: lo único que se necesita es un buen ojo, tener algo de entrenamiento en lectura y conocer las reglas básicas de ortografía y gramática del idioma, y una mente lo suficientemente cerrada como para pensar que la ortografía y la gramática son más importantes que aquello de lo que se esté hablando, pensar, también, que “las reglas” son entes ajenos a la sociedad y a la cultura en la que nacen y que, por tanto, no es uno quien está reforzándolas violentamente.

La ortografía, quizá junto con la semántica, es de las “reglas” de la lengua que es menos estable, más viva y siempre cambia: tal como nos cuesta seguir la conversación de alguien 60 años mayor, de alguna otra parte del país (o de algún otro país que hable español), o como cuando, sorprendidos, vemos las conjunciones acentuadas (“ó”, “á”), “gentes” o, incluso, “comistes” en libros editados apenas en 1950. Decir que cualquiera de ellos “habla” o “escribe” mal, primero, es negarse a entender que las normas cambian, que las sociedades que las producen y refuerzan son otros, y, segundo, es fijarse en lo menos importante.

 

Burlarse de aquellos que “no escriben bien” es un ejercicio de poder complejo (por todos los niveles de privilegio que se niega a ver quien lo haga): no sólo nos reímos de quien ignora las reglas ortográficas por el mero hecho de ignorarlas, sino de las condiciones socioeconómicas, de clase y, en un país como México, de raza que están embebidas en esa misma “ignorancia”.

Conocer cómo se escribe “bien” implica haber tenido una educación “de calidad”, implica, también, haber crecido en un ambiente con un alto capital cultural: los libros que teníamos a disposición o las oportunidades de conseguirlos, la cercanía con la palabra escrita (con cine, teatro, ¡incluso anuncios publicitarios!)… es decir, significa -las más de las veces- haber crecido en la ciudad, ser clase media y haber tenido la posibilidad de concluir, por lo menos, estudios medio superiores.

 

En un sistema educativo centrado en la entrega de números y estadísticas, de respuestas “correctas”, de formas “intactas”, es hasta natural que nos burlemos de quienes no escriben “bien”, sin que reconozcamos siquiera que eso que calificamos como “bien” es una imposición de clase. Como escribió Tamara de Anda a partir del plagio de tesis de Enrique Peña Nieto:

El video de Peña diciendo “infrestrocchor” es chistoso porque él pertenece a la élite que volvió aspiracional dominar ese idioma, pero que no ha movido un dedo para hacerlo accesible a la mayoría del país. Ahí está el subtexto que lo vuelve absurdo y por lo tanto divertido. El humor está extrañamente emparentado con el chairismo: está chido reírte del opresor, pero no del oprimido (sobre todo cuando el oprimido no eres tú y lo haces desde el privilegio). Y “la risa es la mejor medicina”, pero si viene de un clasismo virulento, mejor nos quedamos enfermos. (Vía: El Universal)

Otro tema, con sus propias implicaciones que no cabrán en esta nota, es la defensa de “no soy yo quien lo dice, es la norma”, pero para eso, ya habrá otra nota.

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