¿Quieres recibir notificaciones de nuestro sitio web?

El primer rockstar de la música no fue Elvis Presley, fue Franz Liszt

Cada 22 de noviembre se celebra el Día del Músico y lo conmemoramos explicando que es la Lisztomanía
(Imagen: Getty Images)

Cada 22 de noviembre es celebra el Día Mundial de la Música ─o simplemente Día del Músico─ en honor a Santa Cecilia, a quien el Papa Gregorio XIII la declaró Patrona de los Músicos, en 1584. Aprovechamos esta ocasión para hablar de un fenómeno particular: la Lisztomanía. Porque antes de BTS, las boybands, The Beatles y hasta de Elvis Presley existió Franz Liszt, el primer rockstar de la música.

También te recomendamos: El Día del Músico fue inspirado en una mujer: Santa Cecilia

Franz Liszt

Franz Liszt. Probablemente al escuchar ese nombre, se les venga algunas de sus composiciones a la cabeza como Liebestraum (Sueño de Amor), La Campanella o Rapsodia Húngara No. 2, que tal vez recuerden por esta interpretación:

Cuando pensamos en música clásica, de inmediato nos remitimos a una sala de conciertos con una orquesta, un público en respetuoso silencio, que sólo aplaude cuando los músicos han terminado su ejecución. Un ambiente solemne en el que la falta de decoro no tiene lugar.

Por otra parte en la actualidad, no es extraño ver imágenes de fanáticos gritando enfervorizados, al borde del llanto o del éxtasis, en el concierto de algún cantante de pop o grupo de rock. Miles de personas desbordadas por la emoción. Un estado de frenesí, de casi histeria masiva, al estar ante sus ídolos, capaces de cualquier sacrificio por estar más cerca de ellos, aunque sea sólo por un breve instante.

Tomando en cuenta lo anterior, si preguntamos quiénes creemos que fueron los primeros en tener semejante efecto, una gran mayoría responderá que los Beatles. Las imágenes de las fanáticas enardecidas, emocionadas hasta el punto del llanto son muy conocidas. No es de extrañar que la creencia es que fueron John, Paul, Ringo y George los próceres en tener semejante efecto en sus fans.

Pero están equivocados.

Porque el primero en provocar reacciones de esta naturaleza no fue otro que Franz Liszt. Sí, un pianista fue el primero en enardecer a los asistentes a sus recitales hasta el punto del fanatismo. Y para conocer mejor el fenómeno conocido como la Lisztomanía, tenemos que remontarnos hasta siglo XIX.

(Imagen: Getty Images)

Desde muy joven, el virtuoso húngaro, mostró dotes de su genialidad. En 1820, con apenas 9 años, Franz Ferenc Liszt dio su primer recital público. Su talento y capacidad interpretativa dejó maravillada a la audiencia al punto de ser comparado nada más y nada menos que con Mozart. Un prodigio comparado con otro prodigio.

Lisztomanía

Antes de Liszt, no se creía que un pianista pudiera atrapar la atención de la audiencia, mucho menos de cautivarlos. Así que, en 1839, con la consigna de cambiar esta opinión, Franz Liszt se embarcó en un viaje por Europa con esta misión, tomando la radical decisión de nunca llevar las partituras al escenario. Algo que era considerado de mal gusto, dado que daba la impresión de arrogancia y que la pieza había sido compuesta por el intérprete. No obstante, Liszt entendió que tocar el piano frente al público era un evento casi teatral que necesitaba algo más que la música. Necesitaba de un extra de actuación en el escenario.

Lo que Liszt concibió fue lo siguiente: colocó el piano de perfil, para que de esta manera la audiencia pudiera ver su cara. Entonces movería la cabeza para que sus largos rizos se movieran mientras tocaba, las gotas de sudor volando por el escenario y cayendo en el público. Además, fue el primero en ingresar desde uno de los costados de la sala para tomar su asiento frente al piano. Todos los elementos del recital de piano. Incluso el término recital se lo debemos a él.

(Imagen: deutsche-liszt-gesellschaft)

¿El resultado? Liszt, con su talento y grandilocuencia interpretativa seducía a los presentes, al punto de la euforia. Había gritos, desmayos, llanto… Las mujeres trataban, de cualquier manera, obtener algo de él. Intentaban arrancarle el cabello o la ropa. Se peleaban por las cuerdas de piano rota para hacerse brazaletes o pulseras. Almacenaban las colillas de cigarros fumados por él en su escote o guardaban los restos de té que bebía en botellas de perfume.

La popularidad de Liszt llegó al punto que no podía salir a pie a pasear por las ciudades que visitaba para dar recitales. Pero, cuando se daban cuenta que en el carruaje iba él, quitaban los caballos para ellos empujar el carruaje. Incluso, logró crear una base de fanáticos que lo seguían en las diversas ciudades en las que daría un recital. Es a esta reacción de fanatismo a la que el poeta alemán Heinrich Heine se referiría como Lisztomanía.

El impacto de la Lisztomanía

No deja de ser impresionante, en una época en la que los medios de comunicación no estaban tan masificados y no existían las maquinarias de publicidad con las que contamos hoy en día, Liszt haya podido provocar un fenómeno de semejante naturaleza. Su fama llegó al punto que las autoridades austriacas le dieron un pasaporte en el que simplemente se leía: Celebritate sua sat notus. Es decir, “Su fama lo precede.”

(Imagen: weimar-lese)

Sin embargo, y a pesar de la inmensa fama y adoración, Liszt se retiró como concertista en 1847, a casi una década de dar recitales sin parar. El resto de su vida lo enfocó en composiciones y en la conducción de orquesta. Sus trabajos influenciarían a compositores como Wagner, Bartok, Kodaly, Debussy, Ravel…

Probablemente la música clásica esté marginalizada del público en general y cuesta trabajo que un artista actual rompa la escena como lo hizo Franz Liszt en su día. Porque Liszt, a pesar de los años, sigue siendo una súper estrella. La película de Lizstomania o la canción homónima de la banda Phoenix, nos muestran la vigencia del virtuoso húngaro.

Así que, cuando alguien diga que Elvis o los Beatles fueron los primeros rockstars, habrá que recordarles que el rockstar original no fue otro que Franz Ferenc Liszt, que tocaba el piano, y que dejó un legado que perdura hasta nuestros días.