Una vez que el cine dejó de ser pequeñas grabaciones de trenes en movimiento, de gente paseando por la Alameda o de animales corriendo, empezó a contar historias, y empezó a hacerlo de la única forma que se sabía cómo hacerlo: a través del teatro. Y el cine, cada cierto tiempo, regresa al teatro para hacer un examen de su mismo medio, de sus mismos mecanismos de narración, de sus diálogos y de la forma como ambos construyen historias.
Directores como Jean Luc Godard y Quentin Tarantino insisten en que la base de todo buen cine tienen que ser los diálogos: conversaciones que son centrales para la explicar, desarrollar y ampliar la trama, pero que también nos permiten conocer más profundamente a los personajes, lo que aman, lo que odian, cómo se enfrentan al mundo. Incluso diálogos “inútiles”, en los que “no pasa nada”, delinean a quienes se relacionan a través de ellos, definen la forma como, nosotros espectadores, vamos a reaccionar cuando algo ocurra. Piensa, por ejemplo, en los diálogos emblemáticos de Pulp Fiction (Tarantino, 1994).
El cine independiente angloparlante tiene una relación profunda con el teatro: constantemente se adapta Shakespeare en producciones nuevas y arriesgadas que juegan con la estética y contexto sin alterar el texto del bardo inglés (o que hacen todo lo contrario); Beckett reaparece cada tanto para que no llegue Godot, y actores, productores y directores de cierto cine han construido un lenguaje que borra las líneas entre la acción dramática y la cinematográfica, ahora intencionalmente, no como antes, a la vuelta del siglo XX, cuando no había otra forma de imaginar lo representado.
Almacenados (Jack Zagha, 2015) se une, justamente, a ese tipo de cine al que en México no estamos tan “acostumbrados”. La trama, en cierta medida, es sencilla: Después de 30 años en su trabajo, la empresa para la don Lino (José Carlos Ruiz) labora lo jubilará y busca reemplazarlo por un joven, Nin (Hoze Meléndez), quien, sin mucho respeto por lo que para Lino es una institución casi sagrada, pondrá en crisis la forma como los dos ven y entienden su papel dentro de esa maquinaria que es “el trabajo”.
La película es una adaptación de la obra de teatro del mismo nombre, del dramaturgo español David Desola. La representación de la piezaen 2012, en la que participó la familia Bonilla (el primer actor Héctor, como don Lino, y sus hijos Fernando, como director, y Sergio, como Nin) recibió múltiples celebraciones. El trabajo de traslado al cine de Zagha es impecable en cuanto la intervención mínima de “lo exterior”: tal como en la obra de teatro, la “puesta en escena” (aquí literalmente un almacén y no el espacio “vacío” del escenario) es el mismo espacio de conflicto: por un lado la obsesiva perfección de Lino, el “llamado” a su puesto, que podría ser de cualquiera, y por el otro el cinismo de Nin, la mirada desencantada de quien ya no encuentra gusto, placer ni intención en nada.
Los últimos años, en México se ha visto un crecimiento exponencial de producción de películas: como nunca, ni en los “mejores momentos” de los años 50 y 60, se producen cientos de filmes (en 2016, 160), pero chocan de frente con una distribución sesgada hacia los nombres “de siempre”, las productoras “de siempre” y el cine “de siempre”: tan sólo se estrenaron 78 (de un universo de casi 400 filmes, contando producciones internacionales). Dentro de este universo que no encuentra la forma de ser visto, la aparición de una propuesta diferente y arriesgada como es Almacenados sin duda es bienvenida.
El diálogo es necesario en el cine, como es para los personajes de Almacenados no para aprender de sí mismos, sino para reconocerse minúsculos: hormigas dentro de un almacén, ignoradas y borradas por lo cotidiano. El diálogo es urgente entre quienes hacen cine y quienes van al cine, con quienes buscamos formas de interpretar el mundo, nuestra realidad y las posibles salidas a través del arte.
Almacenados se estrena este 12 de mayo en salas seleccionadas del país.


