La noche de ayer, en la Manchester Arena, en la ciudad inglesa del mismo nombre, ocurrió una explosión a las 10:30 pm (hora local) que, según las autoridades, ha costado la vida de 22 personas e hirió a 59.

Un ataque suicida en el recibidor del auditorio, cuando ya había terminado el concierto y miles (según números de la Manchester Arena, 21 mil) iban ya de salida. Hasta el momento, se han nombrado a dos de las 22 víctimas mortales: una joven de 18 años, Georgina Callander, y una niña de 8, Saffie Rose Rousso. Así mismo, la policía de Manchester ha logrado identificar al atacante, que murió en la explosión, pero no liberó su nombre. (Vía: The Guardian)

Desde Londres y frente a la sede del gobierno en el número 10 de Downing Street, la primer ministra Theresa May ha nombrado el ataque como un atentado terrorista, y los alcaldes de Manchester y Londres han hecho avisos de cierres, incremento de número de policías para investigar la zona y prevenir otros ataques.

Pareciera tan “normal” ya que ocurran atentados como estos, que son de esperar dos tipos de reacciones: la islamofobia y las acusaciones de islamofobia, ambas hacen de lado a las víctimas, a lxs miles de niñxs y adolescentes, a los miles de padres, hermanxs y familiares que, aún en estas horas, siguen buscando a sus seres queridos: de los 59 heridos, dicen los servicios de emergencia que alrededor de 12 eran menores de 16 años. (Vía: Independent)

Manchester es una ciudad “extraña” dentro de Inglaterra, contrario al estereotipo que tenemos en México de los ingleses como cerrados, fríos y alejados, los “mancs” tienden a ser cálidos, amables y de fácil conversación. No fue sorpresa para nadie dentro de la ciudad norteña que, a los pocos minutos de ocurrido el ataque, miles estuvieran abriendo sus casas a desconocidos, preparando café, té y extensiones eléctricas para quienes pasaran (la Manchester Arena está en el centro de la ciudad, una zona no residencial, cuyo único medio de transporte público, la estación de trenes Victoria, vecina al auditorio, fue cerrada), para quienes necesitaran un lugar donde descansar, desde donde buscar a sus seres queridos o desde donde procesar el trauma que habían pasado; taxis y autos particulares se pusieron a disposición y, gracias a esa respuesta solidaria de la misma gente, la peor parte de atentados como éstos, ha sido más “amable” de lo podría esperarse. (Vía: The Guardian)

Éste es el atentado más sangriento perpetrado contra el Reino Unido desde el bombardeo del 7 de julio de 2005, cuando un ataque coordinado detonó bombas en tres estaciones y dos camiones en el centro de Londres. Como ha ocurrido desde hace un par de años, el Estado Islámico se adjudicó el ataque, aunque varios expertos, autoridades y medios han reportado que es poco probable que en realidad haya sido el responsable, pues adjudicaciones como ésta tienen más que ver con “relaciones públicas” que con organización real. (Vía: Daily Telegraph)

En momentos así, es necesario y urgente colocar la atención en las víctimas, en la ciudad que acogió y abrazó a quienes con más urgencia lo necesitaban, más que los políticos, más que los grupos extremistas, más que el racismo y la violencia.