El rostro de Julio César Mondragón Fontes

En Iguala, Guerrero hay una cruz de metal sobre una calle que se llama “Camino del Andariego” que tiene grabadas estas palabras:

Yo desde mi estrella los puedo mirar
dénme sonrisas para descansar

Julio César Mondragón tenía 22 años la noche en que fue asesinado. Estudiaba en la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa. Quería ser maestro normalista porque acababa de tener una hija y necesitaba ofrecerle un futuro mejor. Su cuerpo apareció visiblemente torturado la mañana del 27 de septiembre de 2014. A Julio le arrancaron la piel y los músculos del rostro. Lo dejaron tirado a un lado del “Camino del Andariego”. Alguien le tomó una fotografía a su cuerpo sin cara y lo subió a las redes sociales. Así fue como la familia del normalista se enteró de lo que le había sucedido.

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La fotografía de Julio se multiplicó a una velocidad impresionante. Su cuerpo torturado se convirtió en un mensaje de terror, especialmente dirigido a los jóvenes, a los estudiantes, a los normalistas, a los disidentes: “Esto hubiera podido pasarte a ti”.

La versión oficial de los hechos indica que Julio murió de un golpe en la cabeza y fue fauna del lugar la que le arrancó el rostro. De acuerdo con el informe presentado por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), la autopsia en la que se declara esa causa de muerte no tiene elementos suficientes para probar la versión, por lo que es necesario exhumar del cuerpo de Julio para realizar un nuevo peritaje.

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Entre las deficiencias de la primera autopsia realizada por la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero, está la omisión de las marcas de tortura en el cadáver. Los familiares que fueron a reconocer el cuerpo de Julio firmaron un acta de defunción escueta que no detallaba el grado de violencia que había sufrido antes de morir. Lo hicieron por miedo a que les robaran el cuerpo de su ser amado. En ningún momento del reconocimiento recibieron apoyo psicológico o legal. Fueron enfrentados a una situación espeluznante sin ser prevenidos para ello y quisieron rescatar lo antes posible la prueba más efectiva de los crímenes perpetrados contra su familia: el cuerpo de Julio.

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El modo de actuar de las autoridades, en el momento del reconocimiento y aún después, muestra una indiferencia brutal ante el sufrimiento ajeno o una intención de desarticular cualquier posible respuesta ante la violencia. La falta de capacidad se suma a la falta de voluntad para buscar justicia y verdad.

A un año del asesinato de Julio César Mondragón su familia no ha parado de luchar. En su apoyo se formó un colectivo multidisciplinario para ayudarlos a encontrar respuestas dignas. “El rostro de Julio” está compuesto por una abogada, varios especialistas en seguridad, escritores y artistas plásticos, entre otros más, que han trabajado para poner en regla el expediente legal, acompañar a la familia en el proceso de duelo y de lucha, organizar jornadas culturales y hacer una memoria escrita y visual de esta búsqueda.

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A lo largo del camino, tanto la familia como el colectivo han tenido que sortear muchas trabas burocráticas para allanar el terreno necesario para sus exigencias. La última de ellas, y la más importante para comprender qué pasó aquella noche de septiembre y quiénes fueron los responsables, tiene que ver con el proceso legal previo a la exhumación. Según el análisis hecho de la primera autopsia por Francisco Etzeberría, profesor de medicina legal de la Universidad del País Vasco, el cuerpo de Julio presentaba diversas marcas de golpes, costillas rotas en ambos lados del pecho, moretones en la zona del abdomen, hemorragias internas y varias fracturas en el cráneo sin rostro. Para determinar si el desollamiento fue causa de la muerte o se hizo ya sobre el cadáver y cuáles fueron los instrumentos empleados para ello, es necesaria una segunda autopsia.

La familia de Julio exige que este segundo análisis sea realizado por miembros del Equipo Argentino de Antropología Forense y observado por miembros del GIEI y por una Comisión Especial creada en la Cámara de Diputados para dar seguimiento al caso de Ayotzinapa. Así mismo, exigen la incorporación al expediente de 13 fotografías tomadas tras el levantamiento del cuerpo por Vicente Díaz Román, perito de la Fiscalía de Iguala.

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Otra exigencia fundamental es que los resultados de la segunda autopsia sean entregados directamente a la familia de Julio César Mondragón antes que a los medios de comunicación. Este acuerdo fue firmado por Enrique Peña Nieto y ha sido violado en cada oportunidad. Por último, el Estado mexicano tiene la responsabilidad de cubrir los gastos del nuevo funeral que se realizará una vez concluida la exhumación. Memoria, verdad, justicia y reparación de los daños son los cuatro pilares de la familia de Julio que espera una nueva fecha para la segunda autopsia (se había acordado que fuera el 30 de septiembre pero la burocracia no lo permitió).

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Cada día la familia de Julio encuentra fuerzas para seguir amando la vida. El motor de su lucha es lo que Julio dejó en ellos. En un comunicado reciente escribieron:

Julio no es el joven desollado. Es el estudiante normalista, el trabajador incansable, el esposo cariñoso, el padre comprometido, el hijo alegre, el sobrino fortachón, el amigo rebelde, el nieto brillante y el hermano cómplice. A un año de su tortura y asesinato, sus familiares y amigos no lo olvidamos, seguimos buscando justicia. La seguiremos buscando hasta alcanzarla.

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Encontrar la verdad sobre lo que le pasó a Julio es un derecho que tenemos todos los mexicanos. Hasta el momento en que sepamos exactamente quiénes y por qué lo torturaron y lo asesinaron, no habrá reparación del daño. La muerte de Julio César Mondragón Fontes es un acto de violencia perpetrado contra la sociedad civil y seguirá perpetrándose infinitamente mientras no haya respuesta a todas las preguntas que generó.

Nayeli G.

@nayegasa